2 octubre, 2022

Viernes después de Ceniza

 

Is 58, 1-9

Sal 50

Mt 9, 14-15

 

 

Aquellos que decimos ser seguidores de Jesús, constantemente corremos el peligro de cumplir externamente las normas que la Iglesia nos pide, descuidando lo esencial que esas normas buscan ofrecernos.

 

Para el pueblo judío, cómo bien lo sabemos, una de las normas más importantes que tenían que cumplir era la del ayuno. Eran muchos los hombres que lo practicaban, pero, con mucha frecuencia, se quejaban de Dios, ya que pensaban que Él no se fijaba en su sacrificio. Hoy podemos darnos cuenta de ello en la primera lectura: “¿Para qué ayunar si el Señor no nos hace caso? ¿Para qué nos mortificamos, si Dios no se fija?”.

 

Hay que ir más allá de lo aparental del texto. El Señor, por boca del profeta Isaías, les explica bien su descontento para con ellos. Sí, se percata de su ayuno, pero también les deja ver que van en contra del mandamiento del amor que es, incluso, más importante que el ayuno: “Es que sí ayunan, pero lo hacen para luego reñir y disputar, para dar puñetazos sin piedad. Ese no es un ayuno que haga oír en el cielo la voz de ustedes”.

 

Es cierto, el ayuno es importante como práctica cuaresmal, pero no podemos dejar de lado el amor al hermano. Dios acepta nuestro ayuno como ofrenda agradable, pero también Él quiere que nos amemos los unos a los otros, principalmente a los más necesitados: a los prisioneros, a los oprimidos, a los hambrientos, a los pobres, etc. Es así, entonces, que “surgirá tu luz como la aurora y cicatrizarán de prisa tus heridas; te abrirá camino la justicia y la gloria del Señor cerrará tu marcha. Entonces clamarás al Señor y te responderá; lo llamarás y el te dirá: `Aquí estoy´”.

 

Por otra parte, los fariseos ni entendían la actitud de Jesús al haber elegido a Mateo y comer con los pecadores públicos, ni entendían los discípulos de Juan la libertad con que los discípulos de Jesús y Él mismo tomaban las prácticas penitenciales de su tiempo. Ninguno de ellos ha encontrado el gozo del Esposo.

 

Jesús se proclama como el Esposo, como aquel que se ha estado esperando y deseando desde hace mucho tiempo, el que viene a renovarlo todo. Por ese motivo, no se pueden emplear antiguas formas en la novedad de la Buena Nueva, sino que el Maestro viene a darle una nueva esencia a la práctica del ayuno.

 

Hemos de tener mucho cuidado de no caer en una religiosidad falsa, donde únicamente se busca cumplir las normas desde la apariencia, ni tampoco caer en la religiosidad versátil, aquella que constantemente me priva de vivir la alegría de la novedad evangélica.

 

Aunque el camino hacia la Pascua es acompañado por el sufrimiento, “puesto que el novio les será arrebatado”, no por eso quiere decir que tiene que ser un camino triste. Todo lo contrario: el Novio está con nosotros y nos anima constantemente a vivir con coherencia nuestra fe. Dios quiere que todos sus hijos lo sigan desde la libertad, desde la donación libre de su persona. Por ello, todo aquello que ofrezcas en estos días, hazlo por la alegría de saber que el Novio está presente en tu vida.

 

Que en este tiempo cuaresmal, un tiempo propicio para nuestra conversión, busquemos ayunar de todas aquellas cosas que le quitan su lugar al Señor, para que, al llegar a la celebración de la Pascua, nos encontremos completamente llenos de la gracia de Dios.

 

 

Pbro. José Gerardo Moya Soto

Agregar comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Pbro José Gerardo Moya Soto

"Que la homilía pueda ser «una intensa y feliz experiencia del Espíritu, un reconfortante encuentro con la Palabra, una fuente constante de renovación y de crecimiento» (Evangelii gaudium 135). Cada homileta, haciendo propios los sentimientos del apóstol Pablo, reaviva la convicción de que «en la medida en que Dios nos juzgó aptos para confiarnos el Evangelio, así lo predicamos: no para contentar a los hombres, sino a Dios, que juzga nuestras intenciones» (1Ts 2, 4)". Directorio Homilético 2014 (Decreto)

Nuevos