4 marzo, 2026

El Vaticano ha sido testigo de un significativo encuentro que subraya la vitalidad de la Iglesia universal y su intrínseca comunión. Nueve prelados de Puerto Rico concluyeron recientemente su peregrinación oficial a Roma, conocida como visita *ad limina Apostolorum*, culminando con una audiencia privada con el Papa Francisco. Este acontecimiento no solo fortalece los lazos jerárquicos y pastorales, sino que también ofrece una ventana a los desafíos y esperanzas que marcan la vida de las comunidades católicas en distintas latitudes.

La expresión latina *ad limina Apostolorum*, que se traduce como “a los umbrales de los Apóstoles”, encapsula el espíritu de estas peregrinaciones. Se trata de un viaje que todos los obispos del mundo realizan periódicamente a Roma para renovar su fe ante las tumbas de San Pedro y San Pablo, los pilares de la Iglesia primitiva. Además de este acto devocional, la visita implica un reporte detallado al Santo Padre sobre la situación pastoral y administrativa de sus respectivas diócesis, así como reuniones con los diferentes dicasterios de la Curia Romana, los organismos que asisten al Pontífice en el gobierno de la Iglesia Católica global. Es un ejercicio de diálogo y corresponsabilidad que busca fortalecer la unidad y la misión evangelizadora.

Canónicamente, estas visitas deberían efectuarse cada lustro. Sin embargo, en la práctica, diversos factores como el elevado número de obispos, la logística inherente a la organización global y eventos extraordinarios como la pandemia de COVID-19 o los Años Jubilares, suelen espaciarlas, extendiéndose a intervalos de siete u ocho años, o incluso más. A pesar de la dilación, su importancia no disminuye, sino que se recalibra ante las realidades emergentes de cada época.

Detrás de la solemnidad y el rigor teológico de estas visitas, existe una compleja tarea logística que garantiza su fluidez. El Padre Miguel Silvestre, de la Obra de la Iglesia, desempeña un papel crucial en este engranaje. Su misión es acoger a los obispos y facilitar su estancia en la Ciudad Eterna, una labor que describe como un “cometido logístico” vivido con humildad y espíritu de servicio. “Organizamos los horarios de los desplazamientos y acompañamos a los obispos a las diversas basílicas y a los encuentros en los distintos dicasterios”, explica el sacerdote. Para muchos prelados, especialmente aquellos que no están familiarizados con la dinámica de Roma, contar con una guía y transporte seguro es un “gran alivio” que agiliza y conforta su exigente agenda.

La organización de las *ad limina* recae principalmente en el Dicasterio para los Obispos y el Dicasterio para la Evangelización (en su sección para la Evangelización de los Pueblos), en colaboración con el resto de dicasterios. Es un proceso que se gesta con años de antelación, donde los obispos preparan documentos exhaustivos sobre la vida de sus diócesis. Estos informes sirven como base para los diálogos en Roma, permitiendo evaluar la situación de cada Iglesia particular y ofrecer consejos y apoyo para la continuidad de la misión encomendada.

El obispo Mons. Alberto Figueroa, al frente de la Diócesis de Arecibo desde 2022, compartió su experiencia tras su primera visita *ad limina* junto a sus homólogos puertorriqueños el 23 de enero. Describió el periplo como “sorprendentemente bueno y hermoso”, a pesar de los “nervios” inherentes a la visita a la Santa Sede. Destacó la excepcional acogida en los dicasterios, donde encontraron personal “dispuesto a escuchar”. Para él, el encuentro con el Papa Francisco fue “la guinda del pastel”, un momento de profunda conexión pastoral.

Los temas abordados durante las visitas *ad limina* son tan variados como las realidades eclesiales de cada región. Incluyen desde la evangelización y la situación del clero y las vocaciones, hasta cuestiones sociales y políticas que afectan a las comunidades católicas. Los obispos de Puerto Rico, por ejemplo, tuvieron la oportunidad de presentar los desafíos específicos de la Iglesia en la isla. Mons. Figueroa mencionó la disminución de la natalidad, la emigración masiva hacia Estados Unidos y el impacto de la ideología de género como problemáticas significativas. No obstante, subrayó con esperanza la creciente vitalidad de la fe católica entre los fieles, su compromiso con la Iglesia y su interés en los procesos que la orientan hacia una Iglesia sinodal y misionera.

Respecto al encuentro con el Papa Francisco, los prelados puertorriqueños relataron que el Pontífice hizo un fuerte hincapié en la necesidad de “seguir trabajando muy de cerca con los temas de familia”. La preocupación del Santo Padre por la familia, su involucramiento, sus necesidades y la orientación que requiere, fue evidente. Mons. Figueroa describió al Papa como “muy cercano”, atento y discreto en sus comentarios, con una clara comprensión de las realidades expuestas. “Creo que la Iglesia sigue siendo bendecida por el Señor a través del pontificado”, afirmó.

La experiencia del Padre Miguel Silvestre, quien ha acompañado a más de mil obispos en estos años, revela la diversidad de situaciones que afrontan los pastores de la Iglesia. Sus anécdotas incluyen relatos conmovedores de obispos en zonas de misión, desde el Amazonas hasta Papúa Nueva Guinea o algunas regiones de África, donde deben navegar días en lancha o caminar horas a pie para llegar a las comunidades más remotas. También comparte testimonios de la dureza de la vida en zonas de persecución, con obispos que han sufrido el secuestro de sus sacerdotes, asesinatos, guerras, hambrunas e incluso el propio encarcelamiento o secuestro por narcotraficantes.

Ante este panorama, el Padre Miguel reitera su compromiso personal de oración por ellos y por sus diócesis, y un llamado a la conciencia de todos los cristianos: “rezar por nuestros obispos, por todos, porque son los sucesores de los Apóstoles, las columnas de la Iglesia, y también necesitan nuestro apoyo, humano y espiritual”.

En última instancia, la visita *ad limina* trasciende un mero protocolo. Es una manifestación concreta de la comunión eclesial y jerárquica, un espacio para el diálogo sincero y la renovación de la misión. Los obispos, como testigos y pastores, regresan a sus diócesis “muy contentos, renovados, llenos de esperanza y confortados”, listos para afrontar los desafíos con la guía y el aliento del Sucesor de Pedro.

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