4 febrero, 2026

Venezuela ha sido escenario, desde principios de enero, de una serie de movimientos que han generado expectativas y esperanzas en la sociedad. En medio de este complejo panorama, la exigencia por la liberación de los presos políticos ha resonado con particular fuerza, uniendo sensibilidades diversas a lo largo y ancho del país. Reportes de organizaciones independientes como el Foro Penal indican que, desde el 8 de enero, se han registrado 344 excarcelaciones, un alivio para muchas familias, aunque la cifra de personas aún detenidas por motivos políticos, que asciende a 687, sigue siendo una preocupante realidad nacional.

Entre los que han recuperado su libertad en las últimas semanas se encuentra Ramón Centeno, un periodista y activista político venezolano cuya historia personal encapsula gran parte del drama humano que se vive en la nación. Centeno pasó casi cuatro años de su vida tras las rejas, una reclusión que él mismo atribuye al ejercicio de su oficio y a su activismo político. A pesar de haber participado en el pasado en corrientes cercanas al oficialismo, su vida dio un giro radical cuando sus posturas y su labor fueron percibidas como incómodas para el poder establecido.

**Un Cautiverio Marcado por la Adversidad y la Fe**

Durante su prolongado cautiverio, Ramón Centeno enfrentó condiciones sumamente precarias, que pusieron a prueba su resistencia física y mental. Su salud ya estaba comprometida antes de su detención, tras haber sufrido un grave accidente de tránsito. La falta de atención médica adecuada durante su tiempo en prisión no solo agravó estas condiciones preexistentes, sino que lo llevó al borde de la muerte en varias ocasiones, dejándole secuelas permanentes. Hoy, Centeno depende de una silla de ruedas y ha experimentado episodios de parálisis facial, testimonio silencioso del calvario vivido.

A pesar de las adversidades, Ramón encuentra en su fe un pilar inquebrantable. En una entrevista, reflexiona sobre su experiencia con una profunda perspectiva espiritual, agradeciendo incluso las cadenas y el encierro. “Hoy le agradezco a las cadenas, le agradezco al encierro, a la cárcel. Porque hoy Ramón, no es que sea otro, es ese mismo Ramón, pero con un alma más dedicada a Papá Dios, a su Hijo, más dedicada a entender al otro”, afirma, destacando una transformación interior que atribuye a su acercamiento a la espiritualidad.

Los procesos judiciales en casos con motivaciones políticas en Venezuela suelen caracterizarse por prolongadas dilaciones, con audiencias que se posponen indefinidamente, minando la esperanza de los detenidos y sus familias. En este contexto, la fe de Centeno en Jesucristo no solo fue un soporte personal en los momentos de mayor flaqueza, sino que también se convirtió en un signo de esperanza y resiliencia para sus compañeros de reclusión. Él rememora vívidamente cómo buscó emular la paciencia y el sufrimiento de su fe para encontrar un propósito, un “milagro de la cárcel” del que hoy siente la misión de dar testimonio.

**El Sacrificio de una Madre, Legado de Lucha Inquebrantable**

Si la fe fue el ancla interna de Ramón, la lucha incansable de su madre, Omaira Navas, fue el motor externo que impulsó su liberación. La historia de Omaira es un conmovedor ejemplo del sacrificio materno en la Venezuela actual. Oriunda de San Juan de los Morros, Omaira dejó su humilde hogar para trasladarse a Caracas y emprender una incesante campaña por la libertad de su hijo. Su peregrinación por tribunales, oficinas y la opinión pública se convirtió en un verdadero “Vía Crucis”, un testimonio del dolor y la determinación que caracteriza a muchas familias de **presos políticos en Venezuela**.

El 14 de enero, una fecha simbólica en Venezuela por la advocación a la Divina Pastora, Ramón Centeno finalmente obtuvo su libertad, aunque bajo medidas cautelares que exigen su presentación regular ante los tribunales. La alegría de este reencuentro, tan largamente anhelado, se vio empañada por una tragedia apenas 13 días después: tras la primera comparecencia de Ramón ante los tribunales, su madre, Omaira, sufrió un accidente cerebrovascular que terminó con su vida. Su deceso, tan poco tiempo después de ver a su hijo libre, subraya el alto precio emocional y físico que estas luchas imponen a los familiares. Ramón recuerda el ejemplo de lucha de su madre, un espíritu que, asegura, debe inspirar a todos los venezolanos. “Fue una mujer que no descansó ni un minuto para verme libre”, subraya, resaltando su voz como una “caja de resonancia” que, aunque no siempre fue escuchada en el plano terrenal, siempre lo fue por Dios.

**Un Eco de Angustia en la Nación**

El caso de Omaira Navas no es un suceso aislado, sino que resuena con otras historias de madres y familiares de detenidos políticos que han padecido la misma angustia, y en algunos casos, han perdido la vida. En enero, la nación ha sido testigo de relatos desgarradores: Carmen Dávila, de 90 años, falleció dos días después de la liberación de su hijo, sin poder reencontrarse con él; Yarelis Salas, de 39 años, sufrió un infarto mientras realizaba una vigilia en las afueras de un centro penitenciario. En Caracas, Fanny Lozada, madre de Ariannys Araujo Lozada, conmovió al país al descompensarse públicamente mientras denunciaba las difíciles condiciones de detención de su hija y nietos, evidenciando el profundo impacto psicológico y físico de esta realidad en la **sociedad venezolana**.

**Un Mensaje de Esperanza y Reconciliación para Venezuela**

A pesar de las inmensas adversidades y la profunda pérdida, Ramón Centeno afirma que su tiempo en prisión no sembró en él semillas de odio o revancha. Por el contrario, la experiencia transformó su perspectiva, otorgándole un mensaje de profunda reflexión para la nación venezolana, trascendiendo divisiones políticas o ideológicas. “Hoy agradezco a mis carceleros, porque me hicieron recordar a los carceleros del Gran Maestro”, expresa, haciendo un paralelismo con la historia de Jesucristo y su resurrección, viendo en su propia liberación un “milagro” personal tras haber “tocado el infierno”.

Centeno visualiza un “inmenso reto social” para el país, un desafío que, según él, debe comenzar en el seno de cada familia. Hace un llamado a superar las divisiones y el “apartheid” que, a su juicio, tanto daño han causado. A sus compañeros que aún permanecen en cautiverio, les envía un mensaje de “fe, esperanza, fuerza”.

Actualmente, el periodista y su familia están impulsando una campaña de recaudación de fondos para financiar una crucial cirugía de cadera y fémur, con la esperanza de que le devuelva la movilidad. Con su salud aún frágil, habiendo experimentado parálisis facial y enfrentado la muerte por infecciones, Ramón se mantiene firme en su propósito. “Aquí estoy, entregado vivo, en el milagro de la vida. Hoy honro a Dios, lo honro con mi vida, porque es de Él, le pertenece y le agradezco a Él porque soy su hechura”, comenta.

Su testimonio invita a la **sociedad venezolana** a una introspección, a agudizar los sentidos para “entender el mensaje que hoy nuestro amado Señor nos está enviando como república, como pueblo, como patria y como nación”. A pocos días de su liberación y de la trágica pérdida de su madre, Ramón Centeno concluye que el pueblo venezolano debe reencontrarse con valores fundamentales y actuar en consecuencia, mirando al otro “de manera diferente, como un espejo, y asumamos al otro, viendo las diferencias desde la unidad”. Su historia se erige como un poderoso recordatorio de la resiliencia humana y la persistente búsqueda de esperanza y **libertad de expresión en Venezuela** en tiempos de profunda crisis.

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