La Iglesia Católica en Nigeria ha lanzado un llamado desesperado a las autoridades gubernamentales para que implementen medidas inmediatas que pongan fin a la creciente ola de violencia extremista que asola la región del Cinturón Medio del país. Este pronunciamiento llega tras un reciente ataque que cobró la vida de diez aldeanos y se suma a un patrón de atrocidades que ha provocado una severa crisis humanitaria, con miles de desplazados y la destrucción de infraestructura comunitaria y religiosa.
El pasado 10 de febrero, la comunidad de Mchia, ubicada en el estado de Taraba, al noreste de Nigeria, fue escenario de un asalto brutal en el que diez personas fueron asesinadas. Este incidente, lamentablemente, es descrito por líderes eclesiásticos como “solo la última de una larga lista de atrocidades” que han plagado la zona desde el pasado septiembre. La declaración fue difundida a través de la fundación pontificia Ayuda a la Iglesia Necesitada (ACN), y proviene directamente de cuatro sacerdotes de la Diócesis de Wukari.
Los clérigos, identificados como Anthony Bature, James Yaro, Moses Angyian y Augustine Chifu, han pintado un sombrío panorama de la situación. Según sus reportes, más de cien personas han sido asesinadas en los últimos meses, y un número considerable de individuos han resultado heridos con lesiones de diversa gravedad. La destrucción también ha sido masiva, afectando a más de doscientas comunidades y templos religiosos. La consecuencia más devastadora es el desplazamiento forzoso de más de 90,000 católicos, quienes han tenido que abandonar sus hogares en busca de seguridad.
La situación en el sur del estado de Taraba ha escalado rápidamente, transformándose en una “situación de crisis” humanitaria sin precedentes, según los sacerdotes. Han descrito un método de ataque sistemático y alarmante, presuntamente perpetrado por militantes pertenecientes a la comunidad de pastores fulani. Estos asaltantes, según los testimonios, suelen irrumpir en las aldeas durante las primeras horas de la mañana, cuando la mayoría de los residentes aún duermen, asesinando indiscriminadamente a quienes encuentran a su paso y provocando una destrucción generalizada de propiedades.
Un aspecto particularmente preocupante de estos ataques es el objetivo deliberado de las residencias de los sacerdotes y otros edificios eclesiásticos. Esta focalización agrava el clima de temor y vulnerabilidad entre las comunidades cristianas de la región, sugiriendo una dimensión religiosa en la violencia que amenaza la coexistencia pacífica y la libertad de culto.
Frente a esta grave situación, los líderes de la Iglesia han instado al Gobierno de Nigeria a tomar acciones contundentes. Si bien reconocen el trabajo de las agencias de seguridad existentes, enfatizan que sus esfuerzos han sido insuficientes para contener la escala y la brutalidad de la violencia. Han formulado una serie de demandas urgentes para restablecer la paz y proteger a la población en el distrito de Chanchanji y en otras áreas afectadas como Takum, Ussa y Donga.
Entre las peticiones prioritarias se incluye el despliegue inmediato de personal de seguridad en las zonas periféricas, donde los ataques son más frecuentes y las comunidades más vulnerables. Asimismo, exigen el arresto y procesamiento de todos los responsables de estos crímenes, haciendo hincapié en que se debe actuar “independientemente de su afiliación étnica, política o religiosa” para garantizar la justicia y desmantelar las redes criminales.
Además, los sacerdotes han subrayado la necesidad imperiosa de proporcionar ayuda humanitaria urgente. Esto implica la entrega de alimentos, medicinas y refugio a los desplazados internos, con el objetivo de prevenir un desastre humanitario de proporciones aún mayores. Finalmente, han solicitado la organización de un encuentro colaborativo entre líderes tradicionales, religiosos y agencias de seguridad. Este diálogo es considerado fundamental para forjar soluciones estables y duraderas que aborden las raíces del conflicto y promuevan la reconciliación comunitaria.
A pesar de la magnitud de la tragedia y el sufrimiento, los sacerdotes de la Diócesis de Wukari han reafirmado un mensaje de esperanza y resiliencia. Han expresado que ni el obispo, ni los sacerdotes, ni los religiosos, ni los laicos de la diócesis se sienten desanimados. Por el contrario, mantienen la firme convicción de que, con la guía divina, la oración constante y los esfuerzos de colaboración entre la Iglesia y el Estado, es posible alcanzar una paz duradera en la región. Este llamado a la fe y la cooperación subraya la determinación de la Iglesia Católica en Nigeria de ser un faro de esperanza y un agente de cambio en medio de la adversidad.







