Bogotá, Colombia – Al cumplirse seis décadas del fallecimiento de Camilo Torres Restrepo, figura emblemática del conflicto armado colombiano, el Arzobispo de Bogotá, Cardenal Luis José Rueda Aparicio, ha emitido un sentido llamado a la reconciliación nacional y al “amor fraterno”. Este mensaje de la Iglesia Católica emerge en un momento significativo, coincidiendo con la reciente entrega de los restos del exsacerdote, cuya desaparición y destino han sido un símbolo persistente de las heridas abiertas en la sociedad colombiana.
La conmemoración de los sesenta años desde la muerte de Torres, ocurrida el 15 de febrero de 1966, adquiere una renovada relevancia tras la confirmación de la identidad de sus restos óseos, encontrados en 2024 y verificados por la Unidad de Búsqueda de Personas Desaparecidas (UBPD) a principios de 2026. La figura de Camilo Torres ha sido objeto de diversas interpretaciones a lo largo de los años, desde el reconocimiento como “guerrillero integral” por el Ejército de Liberación Nacional (ELN) –grupo al que se unió–, hasta su reivindicación como “sacerdote y revolucionario” por el presidente Gustavo Petro. Su legado ha sido también custodiado por sacerdotes como el jesuita Javier Giraldo, quien jugó un papel crucial en la búsqueda de sus restos y a quien le fueron entregados simbólicamente. La Universidad Nacional de Colombia, donde Torres fue cofundador de la Facultad de Sociología, ha ofrecido su capilla para el depósito final de sus despojos, un gesto que subraya la complejidad y el alcance de su memoria.
En su comunicado, el Cardenal Rueda Aparicio reflexionó sobre el transcurso de estas seis décadas, subrayando que, a pesar de los profundos cambios experimentados por el país, “Colombia sigue anhelando la paz y la justicia social que dignifique la vida de todos”. El líder de la Iglesia en Bogotá enfatizó que la inhumación de los restos de Torres no es solo un acto de respeto, sino un reconocimiento a la “dignidad inviolable de toda vida humana”, cuya “sangre derramada clama al Creador”. Su memoria, para el Cardenal, resuena con la de “todas las víctimas del conflicto armado en Colombia”, recordando que “la violencia y la guerra son siempre un fracaso humano y una herida abierta en el corazón de la Nación”.
El Arzobispo hizo un llamado a la oración por el descanso eterno de Torres y por el cese definitivo de la violencia en el país. Asimismo, instó a trabajar incansablemente por la justicia social dentro del Estado Social de Derecho, reconociendo que las raíces de la violencia se hallan en “estructuras de pecado” que demandan transformación inspirada en el Evangelio. Concluyó su mensaje con una poderosa afirmación sobre el poder del amor: “Solo el amor fraterno es fundamento verdadero de reconciliación y unidad como nación. Solo el amor hace posible el encuentro y el diálogo. Solo el amor nos dispone a respetar la vida de quien piensa distinto. Solo el amor abre caminos hacia una ‘paz desarmada y desarmante’”. Finalmente, el Cardenal Rueda renovó la esperanza, manifestando que “el amor nos hace pasar de la muerte a la vida”.
Camilo Torres Restrepo, nacido en Bogotá el 3 de febrero de 1929, forjó una trayectoria singular que lo llevaría de los altares a las montañas. Ordenado sacerdote el 29 de agosto de 1954, su vocación académica lo condujo a Bélgica, donde cursó estudios de Sociología en la Universidad Católica de Lovaina. A su retorno a Colombia, se erigió como una figura influyente en el ámbito académico y social, siendo cofundador de la Facultad de Sociología de la Universidad Nacional de Colombia, donde también ejerció como capellán auxiliar.
Sus profundas convicciones políticas y su acercamiento a los postulados de la Teología de la Liberación lo llevaron a chocar con la jerarquía eclesiástica de la época. Sus ideas sobre transformaciones sociales radicales generaron tensiones con el entonces Arzobispo de Bogotá, Cardenal Luis Concha Córdoba. La prensa, como El Colombiano, documentó la correspondencia entre Torres y el purpurado, en la que el sacerdote cuestionaba censuras a sus programas. El Cardenal Concha Córdoba le advirtió sobre las prohibiciones pontificias a la intervención política de clérigos y a ciertas formas de acción social, acusándolo de apartarse de las enseñanzas de la Iglesia al “predicar una revolución violenta”.
Ante esta encrucijada, Camilo Torres tomó la trascendental decisión de solicitar su reducción al estado laical, argumentando que podría servir a la Iglesia y a los colombianos de manera más efectiva como laico. Esta solicitud fue aceptada el 26 de junio de 1965, apenas dos días después de su presentación. Tras celebrar su última misa en Bogotá el 27 de junio, Torres se sumergió en actividades proselitistas con el ELN. En enero de 1966, hizo pública su famosa “Proclama a los colombianos”, anunciando su adhesión formal a la lucha armada. Su vida concluyó trágicamente el 15 de febrero de 1966, durante un enfrentamiento con el Ejército colombiano en San Vicente de Chucurí, Norte de Santander.
Durante sesenta años, la ubicación exacta del cuerpo de Camilo Torres permaneció en el misterio, alimentando tanto el mito como el dolor de la incertidumbre. En 2024, se produjo un hallazgo de restos óseos en Bucaramanga que, tras un riguroso proceso de identificación forense llevado a cabo por la UBPD, fueron confirmados como los del exsacerdote a principios de 2026. Esta confirmación no solo cierra un capítulo de la historia personal de Torres, sino que reaviva el debate sobre su figura y el propósito de la reconciliación en un país marcado por décadas de conflicto. La entrega de sus restos al Padre Giraldo, un firme defensor de su memoria y del reconocimiento a las víctimas, simboliza un paso hacia la sanación de heridas históricas.
El legado de Camilo Torres, un sacerdote que abandonó el púlpito por la guerrilla en aras de sus ideales de justicia social, sigue siendo un potente símbolo y un llamado a la reflexión sobre los caminos que ha transitado Colombia en su búsqueda de la paz. A través del mensaje del Cardenal Rueda, la Iglesia Católica, a sesenta años de su muerte, subraya la imperiosa necesidad de transformar el dolor del pasado en una oportunidad para la unidad nacional, fundamentada en el amor y el respeto por la vida.



