El Cardenal Pietro Parolin, Secretario de Estado del Vaticano, realizó el pasado martes 17 de febrero una significativa visita a la recién inaugurada unidad de diálisis del Hospital Pediátrico Bambino Gesù, una institución de referencia mundial cariñosamente conocida como el “hospital del Papa”. Durante su recorrido y posterior participación en un encuentro de reflexión, el alto prelado vaticano enfatizó con particular vehemencia que la donación de órganos constituye “un acto de amor que supera la muerte”, resaltando así el profundo valor humano y espiritual de este gesto de generosidad.
La jornada, titulada “La cultura del don”, se centró en la trascendencia de la gratuidad en la sociedad contemporánea, invitando a una profunda reflexión sobre cómo los actos desinteresados moldean y enriquecen la existencia humana y cristiana. Según reportó Vatican News, el purpurado italiano articuló su mensaje en un contexto donde, a menudo, prevalece una lógica de cálculo y utilidad.
En su intervención, el Cardenal Parolin desafió la tendencia de medirlo todo “en términos de beneficio, rendimiento y utilidad”. Frente a esta visión predominantemente materialista, recordó a los asistentes que “las realidades más importantes de la vida no se compran ni se venden: se reciben y se dan”. Subrayó que la entrega desinteresada no es solo un ideal, sino el “lenguaje silencioso pero potentísimo con el que hombres y mujeres expresan lo mejor de sí mismos”. Para el Secretario de Estado, la generosidad es la clave para trascender el egoísmo y abrirse genuinamente al prójimo, revelando una profunda verdad sobre la interconexión humana y la fe.
El purpurado hizo hincapié en la importancia de la confianza en la providencia divina, pero recordó que “Él obra a través de los hombres”. En este sentido, destacó cómo la generosidad económica, a menudo subestimada en su valor espiritual, puede “devolver la dignidad” y asegurar que centros como el Bambino Gesù puedan continuar garantizando una atención médica de vanguardia en el futuro. Agradeció efusivamente las financiaciones privadas que sostienen la labor del hospital, no solo por el apoyo material, sino por lo que representan como participación en una auténtica “misión de curación y esperanza, custodiando la vida y la dignidad” de los pacientes más jóvenes.
El Hospital Pediátrico Bambino Gesù, con una historia que incluye la realización de las primeras diálisis pediátricas en 1985, es un pilar fundamental en la atención sanitaria infantil. Parolin, citando el gesto evangélico de la viuda que ofrece unas pocas monedas en el templo, que pese a su aparente insignificancia tenían un valor inmenso, recordó que incluso las contribuciones consideradas “más simples” o “menos espirituales” poseen una trascendencia incalculable cuando nacen de un espíritu de entrega.
Antes de la sesión de reflexión, el Cardenal Parolin bendijo la nueva unidad de diálisis, un espacio crucial para los niños que requieren estos tratamientos vitales. Posteriormente, compartió la Sala Salviati con figuras prominentes como Tiziano Onesti, presidente del hospital; los doctores Francesco Emma e Isabella Guzzo, responsables de nefrología y diálisis pediátrica y de la clínica de trasplantes renales, respectivamente; Paolo Bonassi, en representación de Intesa Sanpaolo, entidad clave en el apoyo a la remodelación; y, de manera muy emotiva, el joven paciente Samuele Galimberti.
El Secretario de Estado profundizó especialmente en la donación de órganos, un acto de suma relevancia en el contexto de una unidad de diálisis. Invocando las palabras de Jesús —”Nadie tiene mayor amor que este: dar la vida por sus amigos”—, el Cardenal Parolin subrayó el inmenso valor de aquellos que, a pesar del dolor extremo de la pérdida de un ser querido, logran transformar esa tragedia en una oportunidad de vida para otros. Afirmó que este acto permite trascender la desesperación y ofrecer a otro niño “la posibilidad de convertirse en adulto”, recalcando que “la vida humana es relación y comunión; en el cuerpo donado late un amor que no se rinde ante la muerte”.
Además de las donaciones materiales y de órganos, el Cardenal Parolin puso en valor el “don del tiempo” como una forma de entrega accesible a todos. “Saber escuchar, acompañar, estar cerca. Decirle a alguien: tú eres importante para mí”, ejemplificó, elogiando la labor silenciosa y vital de los voluntarios que asisten a enfermos y familias, encarnando la parábola del buen samaritano. Extendió su gratitud a médicos, enfermeros y todo el personal sanitario, cuyas profesiones, afirmó, son verdaderas vocaciones que exigen la unión de “técnica y humanidad”. Cada gesto de cuidado, concluyó, es “una respuesta concreta al mandato de Jesús: Estaba enfermo y me visitasteis”.
La calidad de una civilización, sentenció el purpurado, “se mide por la capacidad de cuidar a los más débiles”, un recordatorio poderoso de que la verdadera generosidad nace del reconocimiento de que “también nosotros lo hemos recibido todo como un don”.
El momento cumbre de la jornada fue el testimonio de Samuele Galimberti, un joven de 17 años cuya historia conmovió a todos los presentes. Samuele relató su arduo camino a través de años de diálisis peritoneal y hemodiálisis, tratamientos que marcaron su adolescencia y lo llevaron a momentos de desesperanza. Sin embargo, la anhelada llamada de su familia para un trasplante de riñón transformó su vida. Tras la operación, comenzó una nueva etapa, coronada en agosto pasado cuando se proclamó campeón de los 5.000 metros en los Juegos Mundiales para Trasplantados, celebrados en Alemania. “Cada noche rezo dos veces —confesó con emoción—: primero doy gracias a Dios y luego a mi donante, que es mi ángel de la guarda y me salvó la vida”. Su testimonio fue un recordatorio viviente del poder transformador del don y la esperanza que inspira.




