3 marzo, 2026

San José, Costa Rica se convirtió, del 3 al 5 de marzo, en el epicentro de un diálogo crucial sobre la protección de menores y la reparación de daños en el seno de la Iglesia Católica latinoamericana. La capital costarricense acogió el quinto congreso de CEPROME (Centro de Protección de Menores), un evento que congregó a líderes eclesiásticos, especialistas y académicos de diversas latitudes bajo el inspirador lema “Reparar el daño: entre la fe que sostiene, el cuidado que acompaña y la justicia que restaura”. Este encuentro representa un paso significativo en el continuo esfuerzo de la Iglesia por construir entornos más seguros y responder con mayor profundidad a las víctimas de abuso.

El congreso, precedido por una conferencia de prensa el 2 de marzo, fue un espacio diseñado para la reflexión profunda, la formación especializada y el intercambio constructivo. Su objetivo central, según comunicado de la organización, es catalizar una Iglesia más segura, responsable y firmemente comprometida con los principios de justicia y reparación. CEPROME, que nació en México y ha expandido su presencia a múltiples naciones de América Latina, se ha consolidado como un actor clave en la promoción de protocolos de prevención y atención integral. La magnitud del desafío que enfrenta la Iglesia ante la crisis de los abusos la ha impulsado a buscar soluciones multidisciplinarias y a adoptar un enfoque más transparente y proactivo.

Durante la conferencia de prensa inaugural, Monseñor Francisco Javier Acero, Obispo Auxiliar de la Arquidiócesis Primada de México y miembro del consejo latinoamericano de CEPROME, articuló una visión clara sobre la urgencia de la acción. Subrayó con contundencia que “la credibilidad no se recupera con discursos, sino con procesos verificables”. Esta declaración resalta la conciencia creciente dentro de la jerarquía eclesiástica de que las meras palabras ya no son suficientes para restaurar la confianza erosionada. La comunidad católica y la sociedad en general demandan evidencia concreta de cambio, de mecanismos efectivos de rendición de cuentas y de una verdadera transformación cultural que impida la repetición de los dolorosos errores del pasado. La insistencia en la verificación de procesos implica una apuesta por la transparencia, la auditoría externa y la implementación de políticas claras y evaluables.

El prelado también hizo un llamado a la unidad y la colaboración, desmarcándose de polarizaciones estériles. “Todos los aquí presentes estamos en contra de los abusadores y de los encubridores, estamos exactamente del mismo lado”, afirmó Monseñor Acero, invitando a ver a los críticos y a los diversos actores sociales no como adversarios, sino como “aliados, no enemigos”. Esta postura refleja un cambio fundamental en la narrativa eclesial, que busca trascender la defensiva para abrazar una colaboración genuina con las autoridades civiles, las organizaciones de la sociedad civil y, fundamentalmente, las víctimas y sus familias. La construcción de un bien común, enfocado en la protección y el bienestar de los más vulnerables, se erige como el verdadero propósito que debe unir a todos los involucrados.

Enfatizando la orientación humanista de CEPROME, Monseñor Acero destacó que la organización y una parte significativa de la Iglesia “estamos ubicados al lado de los niños, de las mamás, de las familias, de la sociedad civil, y como ustedes periodistas queremos el bien común”. Esta declaración reafirma el compromiso de situar a las víctimas en el centro de toda estrategia y acción. La voz de los afectados, sus necesidades de apoyo y su búsqueda de justicia deben ser la guía principal en el desarrollo de cualquier iniciativa de protección y reparación. Es un reconocimiento explícito de que la Iglesia no solo debe proteger a sus propios miembros, sino también salvaguardar la integridad de la sociedad en general, promoviendo una cultura de respeto y seguridad para todos los menores.

El quinto congreso se estructuró en torno a “tres dimensiones fundamentales” inherentes a su lema: “la fe que sostiene”, “el cuidado que acompaña” y “la justicia que restaura”. Estas dimensiones no son conceptos abstractos, sino pilares de una respuesta integral y holística. La “fe que sostiene” busca ofrecer un marco espiritual de resiliencia y esperanza para las víctimas y para la comunidad eclesial en su conjunto, un ancla en momentos de profunda crisis. El “cuidado que acompaña” se refiere a la provisión de apoyo psicológico, emocional y pastoral a las víctimas, un acompañamiento que debe ser constante, sensible y adaptado a sus necesidades individuales, lejos de ser un gesto superficial. Finalmente, la “justicia que restaura” implica no solo la aplicación de la ley canónica y civil, sino también la búsqueda de procesos que permitan a las víctimas recuperar su dignidad, su voz y, en la medida de lo posible, reparar el daño profundo que han sufrido.

Un aspecto central de las discusiones en San José fue el concepto de reparación. Monseñor Acero fue enfático al señalar que “hablar de reparación implica reconocer que hubo daño. Y la Iglesia no puede sanar lo que no reconoce”. Esta afirmación subraya la necesidad ineludible de la verdad. Sin un reconocimiento honesto y explícito del daño causado, cualquier intento de reparación carecerá de fundamento y credibilidad. La reparación, precisó el obispo, “no es un gesto simbólico. Es un proceso concreto que exige responsabilidad, formación y transformación cultural”. Esto significa que la reparación va más allá de disculpas o compensaciones económicas; es un compromiso a largo plazo que implica asumir responsabilidades, formar a todo el personal eclesiástico en prevención y atención, y promover un cambio estructural en la cultura institucional para erradicar las condiciones que permitieron los abusos.

En la rueda de prensa también participaron otras figuras clave del Consejo Latinoamericano de CEPROME, como la Dra. Ilva Myriam Hoyos, directora de Investigación, y las Dras. Patricia Espinosa y María Angelina Luna Pastore. Su presencia y sus aportes multidisciplinarios reforzaron el enfoque integral del congreso. De manera unánime, los participantes insistieron en que el acompañamiento a las víctimas no es una opción o un gesto accesorio, sino una “responsabilidad pastoral y ética” que debe integrarse de forma estructural en todas las diócesis, congregaciones e instituciones eclesiales. Esto implica destinar recursos, capacitar personal y establecer protocolos permanentes que aseguren que las víctimas encuentren un espacio seguro y un apoyo constante dentro de la Iglesia, y que sus testimonios sean siempre escuchados y validados.

El quinto congreso latinoamericano de CEPROME en San José, Costa Rica, no solo fue un foro de discusión, sino una declaración de intenciones. Representa el compromiso sostenido de la Iglesia Católica en América Latina para enfrentar su pasado, asumir su presente y construir un futuro donde la protección de menores sea una prioridad innegociable. A través de procesos verificables, el reconocimiento honesto del daño y la integración de la justicia y la reparación como pilares fundamentales, la institución busca restaurar la confianza y reafirmar su misión de servicio, especialmente hacia los más vulnerables. El camino es largo y complejo, pero encuentros como este demuestran la voluntad de seguir avanzando hacia una Iglesia más segura, transparente y sanadora.

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