En su reciente Audiencia General, el Sumo Pontífice, el Papa Francisco, centró su catequesis en una profunda reflexión sobre la Iglesia, no como una institución cerrada, sino como el “Pueblo de Dios”, un concepto central de la Constitución dogmática *Lumen Gentium* del Concilio Vaticano II. Ante miles de fieles congregados en la Plaza de San Pedro, el Santo Padre desglosó la naturaleza inclusiva y la misión universal de esta congregación, haciendo hincapié en su origen divino y su destino trascendente.
La reflexión papal inició con un recorrido por la historia de la salvación, destacando cómo Dios, desde los albores de la humanidad, ha manifestado su voluntad de relacionarse con un pueblo elegido. Recordó el llamado a Abraham, la promesa de una descendencia innumerable y la formación de un pueblo liberado de la esclavitud, Israel. Este pueblo, forjado por la acción divina y la fe, fue concebido como un faro de esperanza, destinado a atraer y guiar a todas las naciones. La identidad de Israel no residía en atributos meramente humanos como la etnia o la lengua, sino en su vínculo inquebrantable con Dios, una relación de alianza y cuidado paternal.
Francisco explicó que esta preparación histórica culminó en la “alianza nueva y perfecta” establecida a través de Jesucristo. Es en Él, en el don de su Cuerpo y su Sangre, donde la promesa de un pueblo se realiza de manera definitiva y universal. La Iglesia, tal como la define *Lumen Gentium*, no es una mera organización humana, sino una comunidad convocada por Cristo mismo, integrada por individuos de cada nación, lengua y cultura. Su principio unificador ya no es un linaje o una geografía, sino la fe compartida en Cristo y la adhesión a su vida, animada por el Espíritu del Resucitado. De este modo, la Iglesia se configura como el Cuerpo de Cristo, un pueblo singular, congregado por la voluntad divina y enraizado en la vida de su Salvador.
El Pontífice describió a este colectivo como un “pueblo mesiánico”, encabezado por Cristo, el Mesías prometido. La pertenencia a este pueblo, subrayó, no se basa en méritos o títulos personales, sino exclusivamente en el don de ser hijos e hijas de Dios por medio de Cristo. Esta es la verdadera dignidad cristiana: estar injertados en Cristo, recibir incesantemente la vida del Padre y vivir en fraternidad. Consecuentemente, la ley fundamental que rige las interacciones dentro de la Iglesia es el amor, el mismo amor que emana de Jesús. La meta última de este pueblo en camino es la consecución del Reino de Dios, hacia el cual avanza, solidario con toda la humanidad.
La naturaleza de la Iglesia, unificada en Cristo como Señor y Salvador universal, le impide el repliegue sobre sí misma. Al contrario, está fundamentalmente abierta a todos y existe para todos. Francisco enfatizó la “catolicidad” (universalidad) de la Iglesia, recordando que todos los seres humanos están llamados a integrar este nuevo Pueblo de Dios. Su misión es expandirse por todo el mundo y en todas las épocas, cumpliendo el designio divino de reunir a sus hijos dispersos. Incluso aquellos que aún no han abrazado el Evangelio están, de alguna manera, orientados hacia este pueblo, y la Iglesia está llamada a una misión evangelizadora constante, difundiendo el mensaje de Cristo para que cada persona pueda establecer contacto con Él. Esto implica que la Iglesia debe ser un espacio de acogida para todos, y cada cristiano tiene la responsabilidad de ser testimonio del Evangelio en su vida cotidiana.
El Papa también resaltó cómo esta universalidad permite a la Iglesia acoger las riquezas y particularidades de las diversas culturas. Lejos de imponer una homogeneidad cultural, la Iglesia ofrece la novedad del Evangelio para purificar y elevar lo mejor de cada tradición. En este sentido, la Iglesia, siendo una, es también la suma de todas las diversidades. Citando a un teólogo, Francisco comparó la Iglesia con un “Arca única de la Salvación” que debe albergar todas las expresiones humanas, una “sala del Banquete” cuyos manjares provienen de toda la creación y la “vestimenta sin costuras de Cristo”, que es también un mosaico de muchos colores. Esta visión ofrece un signo de profunda esperanza en un mundo fragmentado por conflictos y guerras. La Iglesia, como un pueblo donde conviven mujeres y hombres de distintas nacionalidades, lenguas y culturas en la fuerza de la fe, se erige como una profecía viviente de la unidad y la paz a la que Dios Padre convoca a toda su creación.




