Ciudad del Vaticano – En una soleada mañana de Domingo de Ramos, que marca el inicio de la Semana Santa, el Papa Francisco presidió la tradicional Misa en la Plaza de San Pedro. Ante miles de peregrinos y fieles que agitaban ramas de olivo y palma, el Pontífice ofreció una profunda reflexión centrada en la figura de Jesús como el “Rey de la Paz”, contrastando su mansedumbre y sacrificio con la persistente ola de violencia y conflicto que azota al mundo contemporáneo.
La ceremonia, un preludio a los días centrales de la Pascua, comenzó con la bendición de las palmas y la procesión por la plaza, evocando la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén. Sin embargo, la homilía de Francisco rápidamente llevó la atención más allá del júbilo inicial, adentrándose en el camino de sufrimiento y la misión pacificadora de Cristo, un mensaje que resonó con particular urgencia en un planeta marcado por las guerras y la polarización.
El Santo Padre instó a los presentes a seguir los pasos de Jesús en su tránsito hacia la cruz, no como un mero acto de conmemoración, sino como una contemplación activa de su “pasión por la humanidad”. Destacó la entrega incondicional de Jesús, cuyo corazón se “rompe” por amor, una vida que se convierte en un “regalo” para todos. Esta imagen de un Mesías sufriente y generoso fue contrapuesta a las realidades actuales: “Mientras Jesús recorre el camino de la cruz, nos ponemos detrás de Él… Miremos a Jesús, que se presenta como Rey de la Paz, mientras a su alrededor se prepara la guerra.”
Francisco delineó una serie de poderosos contrastes para ilustrar la naturaleza única de este “Rey”: su firmeza en la mansedumbre frente a la agitación de la violencia, su oferta como “caricia para la humanidad” en oposición a las espadas y palos, su rol de “luz del mundo” mientras las tinieblas amenazan con cubrir la tierra, y su misión de traer vida mientras se gestaba el plan para condenarle a muerte. El mensaje fue claro: la paz de Cristo no es la ausencia de conflicto, sino una presencia activa de amor y reconciliación que desafía la lógica mundana de la fuerza y el poder.
El Obispo de Roma recordó que Jesús busca “reconciliar al mundo en el abrazo del Padre y derribar todos los muros que nos separan de Dios y del prójimo”, afirmando que Él es “nuestra paz”, en consonancia con las enseñanzas paulinas. Subrayó la profecía de Zacarías (9,9-10) sobre la entrada del Mesías: “Mira que tu Rey viene hacia ti; él es justo y victorioso, es humilde y está montado sobre un asno.” Esta humilde entrada en Jerusalén, no en un caballo de guerra, sino en un borrico, simboliza el rechazo de Jesús a la violencia como medio para establecer su reino.
El Pontífice profundizó en este concepto al rememorar el episodio en el Huerto de los Olivos, cuando Jesús detuvo a uno de sus discípulos que desenvainó la espada para defenderlo, advirtiéndole que “el que a hierro mata a hierro muere” (Mateo 26,52). Esta acción, explicó Francisco, es una clara manifestación de su compromiso con la no-violencia. Del mismo modo, citó a Isaías (53,7), describiendo a Jesús como un cordero llevado al matadero que “se humillaba y ni siquiera abría su boca”, optando por no armarse, no defenderse y no librar ninguna guerra. En cambio, “se dejó clavar en la cruz, para abrazar todas las cruces erigidas en todos los tiempos y lugares de la historia de la humanidad.”
El Papa Francisco fue enfático al declarar que este es “nuestro Dios: Jesús, Rey de la Paz. Un Dios que rechaza la guerra, al que nadie puede utilizar para justificar el enfrentamiento”. Aseveró que Dios no escucha “la oración de quienes hacen la guerra” y rechaza sus súplicas con la contundente frase del profeta Isaías: “Por más que multipliquen las plegarias, yo no escucho: ¡las manos de ustedes están llenas de sangre!” (Isaías 1,15). Esta condena directa de la violencia y la guerra se alinea con sus repetidos llamamientos por la paz en diversas regiones del mundo.
Mirando al Crucificado, el Santo Padre invitó a los fieles a ver en sus llagas “las heridas de tantos hombres y mujeres de hoy” y a escuchar en su “último grito dirigido al Padre” el “llanto de quienes están abatidos, de quienes carecen de esperanza, de quienes están enfermos, de quienes están solos”. Especialmente, dijo, se escucha “el gemido de dolor de cada uno de los que están oprimidos por la violencia y de cada víctima de la guerra”. El mensaje es un llamado a la empatía y a la identificación con el sufrimiento ajeno, viendo en la pasión de Cristo un espejo de la humanidad doliente.
El Pontífice concluyó su homilía con una poderosa invocación: “Cristo, Rey de la Paz, sigue clamando desde su cruz: ¡Dios es amor! ¡Tengan piedad! ¡Depongan las armas, recuerden que son hermanos!” Finalmente, confió este clamor a la Virgen María, haciéndose eco de las palabras del siervo de Dios, el obispo Tonino Bello. La oración a María, “mujer del tercer día”, fue un ruego por la certeza de que “la muerte ya no tendrá poder sobre nosotros”, que los días de injusticia y guerra están contados, y que las lágrimas de las víctimas de la violencia pronto se secarán “como la escarcha bajo el sol de la primavera”.
Con esta profunda y emotiva homilía, el Papa Francisco no solo dio inicio a la Semana Santa, sino que también envió un potente mensaje de paz y esperanza a un mundo convulso, reafirmando la centralidad de la mansedumbre y el amor en el camino de la fe cristiana. Su llamado resuena como una urgente invitación a la conversión, a deponer las armas y a reconocer la fraternidad universal, viendo en Jesús al verdadero modelo para la construcción de un mundo más justo y pacífico.




