Con la llegada de la Cuaresma, un signo litúrgico milenario vuelve a manifestarse en numerosos templos católicos de México y del mundo: la cobertura de imágenes religiosas, incluyendo crucifijos y estatuas de santos, con telas de color morado. Esta práctica, que envuelve el ambiente eclesial en un manto de sobriedad, tiene profundas raíces teológicas y busca preparar a los fieles para la solemnidad de la Semana Santa y la celebración de la Resurrección de Jesús.
Aunque es una imagen recurrente en los días previos al Viernes Santo, algunas diócesis, como la Arquidiócesis de Tulancingo en el estado de Hidalgo, han recordado que esta costumbre puede iniciarse incluso desde el Quinto Domingo de Cuaresma, que este año se conmemoró el 22 de marzo. La divulgación de esta explicación a través de sus canales digitales subraya la relevancia pedagógica y espiritual que la Iglesia otorga a este gesto.
El principal objetivo de cubrir las imágenes es despojar a los fieles de las distracciones visuales cotidianas, permitiéndoles una concentración más profunda en la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo. En palabras de la arquidiócesis mexicana, “en todas las iglesias hay bellas esculturas y obras de arte que ‘roban’ nuestra mirada, al cubrirlas se evita las distracciones, nuestros sentidos pueden enfocarse en las palabras del Evangelio del día”. Este acto simboliza el luto y la introspección propios del tiempo cuaresmal, invitando a la comunidad a una meditación más intensa sobre el misterio central de la fe cristiana.
La tela empleada tradicionalmente es de color morado, tonalidad propia del tiempo litúrgico de penitencia y conversión. Sin embargo, las normativas del Dicasterio para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, la entidad vaticana encargada de regular las prácticas litúrgicas, también permiten el uso del color rojo, especialmente en ciertas ocasiones de la Semana Santa que evocan la sangre y el martirio. Es importante destacar que durante este periodo, las reglas litúrgicas también prescriben que “no se encenderán velas o lámparas ante las imágenes de los santos”, reforzando el clima de recogimiento.
Históricamente, la cobertura de las imágenes en Cuaresma era una práctica obligatoria en la Iglesia Católica. Sin embargo, con el paso del tiempo y las reformas litúrgicas, su carácter ha evolucionado. Hoy, la normativa la considera una “costumbre potestativa”, es decir, opcional. La Arquidiócesis de Tulancingo precisa que “se mantiene en algunos lugares por ser un símbolo catequético”, enfatizando que la Iglesia actual no impone esta práctica como una obligación universal, sino que la valora por su capacidad de enseñar y guiar espiritualmente a los fieles. Esta flexibilidad permite a las comunidades locales decidir si adoptan o no este rito, basándose en su tradición pastoral y en el beneficio espiritual que pueda aportar.
Incluso en las épocas en que la cobertura era mandatoria, existían excepciones específicas para momentos litúrgicos clave. Por ejemplo, se permitía descubrir las imágenes para las procesiones significativas, como la de la Virgen Dolorosa con su Hijo muerto en brazos, que se lleva a cabo el Jueves y Viernes Santo. De manera similar, la imagen de la Dolorosa podía permanecer descubierta en el altar durante el Viernes de Dolores, una festividad que precede a la Semana Mayor y se centra en los sufrimientos de María.
El momento de desvelar las imágenes cubiertas varía según el tipo de imagen y el rito específico. La normativa litúrgica establece que el crucifijo principal, utilizado para la adoración en el Viernes Santo, se descubre ceremoniosamente al inicio de este rito solemne, a menudo mientras se entona el canto “Mirad el árbol de la cruz”, si esa opción es elegida.
En cuanto al resto de los crucifijos en el templo, el Misal Romano indica que deben ser descubiertos al concluir la Celebración de la Pasión del Señor. Para las demás imágenes de santos y figuras religiosas, la tradición marca que permanezcan cubiertas “hasta el comienzo de la Vigilia Pascual”. En muchos lugares, es costumbre desvelarlas en el momento culminante de la liturgia de la Vigilia, cuando se entona el “Gloria”, marcando el paso del luto cuaresmal a la alegría de la Resurrección de Cristo.
En resumen, la cobertura de imágenes religiosas en Cuaresma es más que una simple tradición; es un poderoso signo visual que invita a los fieles a un viaje espiritual de penitencia y reflexión. Al despojarse de las distracciones y centrar la mirada interior en el misterio de la Pasión, la Iglesia busca conducir a sus miembros hacia una vivencia más profunda y consciente de la Semana Santa y la Pascua, renovando así su fe en el mensaje de salvación.







