31 marzo, 2026

El Martes Santo de 2026 marca una etapa fundamental en la trayectoria espiritual de la Semana Mayor. Este día, conocido por su histórica carga como el “Martes de la Controversia”, invita a los fieles a intensificar su preparación para el inminente Triduo Pascual, el corazón mismo de la fe cristiana. La Iglesia, bajo la guía del Papa León, convoca a una profunda reflexión sobre los misterios de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús, eventos que transformaron la historia de la humanidad y continúan siendo el epicentro de la esperanza.

El Triduo Pascual, tal como recordó el entonces Pontífice Francisco en su Audiencia General del 31 de marzo de 2021, representa “los días centrales del Año litúrgico”, donde se celebra “el misterio de la Pasión, de la Muerte y de la Resurrección del Señor”. Esta sagrada secuencia se inicia al caer la tarde del Jueves Santo con la Misa de la Cena del Señor, culmina con la explosión de gozo en la noche del Sábado Santo durante la Vigilia Pascual, y se prolonga en la inmensa alegría del Domingo de Resurrección. Es un periodo de transición que va del luto a la celebración de la victoria sobre la muerte.

Para el Papa León XIV y toda la comunidad eclesial, el Martes Santo no es un día más en el calendario litúrgico; es una jornada para ser abordada con la máxima reverencia y un espíritu de profunda humildad. Se presenta como una oportunidad propicia para intensificar la oración —ya sea a nivel personal, familiar o comunitario— y solicitar la gracia divina para acoger plenamente los profundos misterios de la fe hasta lo más íntimo de nuestro ser. Este tiempo es, en esencia, un llamado a silenciar el ruido externo y la agitación interna, buscando la quietud del corazón y la mente para encontrarse con lo divino.

El nombre “Martes de la Controversia” evoca los momentos cruciales en los que Jesús se enfrentó a sus acusadores y a quienes detentaban el poder para condenarlo. Fue un día donde el Señor compareció ante las autoridades religiosas y políticas de su tiempo, una situación paradójica y verdaderamente atroz para el hombre más inocente que jamás haya existido. El dolor de ser traicionado por uno de sus discípulos, Judas Iscariote, debió ser inmenso; un amigo que eligió cerrar los ojos a la verdad y entregarlo como un malhechor, convirtiéndolo en el epicentro de la desconfianza, la controversia y el escándalo público.

De repente, toda la vida de Cristo, sus enseñanzas y sus milagros cayeron bajo la sombra de la sospecha. La luz del Maestro se tornó en una causa de duda tanto para sus seguidores como para los extraños. El Dios encarnado se vio, repentinamente, sometido a los poderes mundanos. Antes de recibir el primer golpe físico, la humanidad ya lo había desfigurado con el juicio, la desconfianza y la condena. El Santo Padre, León XIV, a menudo reflexiona sobre cómo esta dinámica se repite en la actualidad, cuando la sociedad, y a veces los propios fieles, “sientan a Jesús en el banquillo”, sometiéndolo a caprichosas interpretaciones y juicios personales.

Esta realidad resuena con las palabras del apóstol Pablo en 1 Corintios 1, 22-24: «Los judíos exigen signos, los griegos buscan sabiduría, pero nosotros predicamos a Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; pero para los llamados —judíos o griegos—, un Mesías que es fuerza de Dios, sabiduría de Dios». El mensaje central de la fe, el Cristo crucificado, fue y sigue siendo un punto de controversia, una piedra de tropiezo para la lógica humana, pero un pilar de salvación y de la auténtica sabiduría de Dios para quienes acogen la gracia divina.

Precisamente, el camino que va de la controversia a la reconciliación es la esencia de este Martes Santo. Es altamente recomendable reflexionar en torno al “Camino de la Cruz” o Vía Crucis, meditando en el sacrificio y los dolores que Cristo soportó por la humanidad. El Pontífice León subraya con frecuencia la importancia de este ejercicio espiritual como vía para la introspección. Dado que el Señor sufrió a causa de nuestros pecados, el Papa León XIV anima a pedir perdón y a buscar nuevamente la gracia divina. Acercarse al Sacramento de la Reconciliación es un paso fundamental, buscando a un sacerdote para la confesión y dedicando tiempo previo a un examen de conciencia profundo y sincero.

La liturgia de la palabra para este Martes Santo nos presenta un pasaje del Evangelio de San Juan (Jn 13, 21-33, 36-38), que narra uno de los momentos más cruciales previos a la Pasión: Jesús anuncia su traición. Sentado a la mesa con sus discípulos, habiendo compartido el pan en un gesto de profunda intimidad, Jesús pronunció unas palabras que conmovieron el ambiente hasta la médula: «En verdad, en verdad os digo que uno de vosotros me entregará». Los discípulos se miraron unos a otros, desconcertados y turbados, preguntándose quién entre ellos podría ser el traidor.

Pedro, con su habitual impetuosidad, le pidió a Juan —el discípulo amado, recostado sobre el pecho de Jesús— que preguntara al Maestro. Juan, autor del Evangelio, da cuenta de su propio gesto de amor y preocupación: «Él, recostándose sobre el pecho de Jesús, le dice: “Señor, ¿quién es?”». La respuesta de Jesús fue clara y definitiva: «”Es aquel a quien dé el bocado que voy a mojar”. Y, mojando el bocado, lo toma y se lo da a Judas, hijo de Simón Iscariote». Este acto, cargado de simbolismo, representa la cercanía final y la inminencia de la traición, una lección profunda sobre la libertad y las consecuencias de las decisiones humanas.

Este pasaje evangélico no solo denuncia la traición de Judas, sino que también anticipa la debilidad de Pedro, quien negaría a Jesús tres veces. Ambos episodios, la traición y la negación, son un espejo de la fragilidad humana, pero también una invitación a la redención y al arrepentimiento. El Papa León XIV enfatiza que el Martes Santo es, en esencia, un día para reconciliarnos con el Padre y con nuestros hermanos, tal y como Cristo lo desea. Es un tiempo de gracia propicio para aquellos que se han alejado, una oportunidad para regresar a Dios y abrazar su infinita misericordia, preparando así el corazón para los grandes misterios de la Pascua.

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