Este 3 de abril de 2026, el mundo cristiano observa el Viernes Santo, una jornada de profunda solemnidad en la que la Iglesia Católica se sumerge en el dolor y la meditación sobre la Pasión y Muerte de Jesucristo. Bajo la guía espiritual del Papa León XIV, los fieles de todo el planeta están llamados a unirse en un espíritu de penitencia y reflexión, profundizando en el inmenso misterio del sacrificio redentor de Jesús.
Desde el Vaticano, el Pontífice León ha enfatizado la trascendencia de este día, invitando a cada creyente a vivirlo con la máxima devoción. La liturgia del Viernes Santo, rica en simbolismo y significado, se presenta como un camino para interiorizar el amor extremo manifestado por Cristo en la cruz. A lo largo y ancho del orbe, diversas expresiones de fe marcan esta jornada sagrada. Millones de católicos rezan el Vía Crucis, también conocido como “El camino de la cruz”, una serie de meditaciones sobre los momentos finales de Jesús. Asimismo, se escucha el “Sermón de las Siete Palabras”, una profunda reflexión en torno a las últimas frases pronunciadas por Cristo antes de expirar. Las procesiones, que a menudo presentan imágenes de Cristo sufriente y de su Madre Dolorosa, la Virgen María, recorren calles y pueblos, evocando el dolor y la piedad.
Es importante recordar que el Viernes Santo es el único día del año litúrgico en que no se celebra la Santa Eucaristía. Sin embargo, se mantienen disponibles el Sacramento de la Reconciliación, esencial para la purificación espiritual, y la Unción de los Enfermos en casos de necesidad urgente, asegurando el consuelo divino a quienes lo requieren.
La tarde del Viernes Santo acoge la solemne Celebración de la Pasión del Señor. Este rito conmemora los distintos episodios que Jesús experimentó en las horas previas a su crucifixión. Se reviven estos momentos de dolor a través de la proclamación de la Palabra, la venerable Adoración de la Cruz y la Comunión Eucarística, cuyas hostias fueron consagradas en la Misa del Jueves Santo. La Iglesia, con su sabiduría maternal, exhorta a los fieles a acompañar a la Virgen María en su inconmensurable sufrimiento. Ella, a diferencia de muchos discípulos, permaneció firme y valiente al pie de la cruz de su Hijo, un testimonio de fidelidad inquebrantable. El Misal Romano, en sus rúbricas para el Viernes Santo, sugiere la entonación del “Stabat Mater” u otros cantos apropiados que recuerden el dolor de la Bienaventurada Virgen María, adaptándose a las tradiciones locales y la conveniencia pastoral.
Al caer la noche, la meditación de los fieles se dirige hacia el periplo de Jesucristo hasta el Calvario o Gólgota, a través de la recitación del Vía Crucis. Posteriormente, en muchas comunidades, se celebra el “Oficio de las Tinieblas”. Esta emotiva liturgia, generalmente realizada dentro del templo, recrea la oscuridad que cubrió al mundo en el momento de la muerte del Redentor. Concluye con un gesto cargado de esperanza: después de que el templo queda sumido en una oscuridad creciente, se enciende una única vela sobre el altar, símbolo de la inminente Resurrección de Jesús.
Estas expresiones de piedad, promovidas y alentadas por la Iglesia, liderada por el Papa León XIV, son medios esenciales para que los creyentes se acerquen a Dios y profundicen en el misterio de su amor sacrificial e infinito. Cristo no retuvo nada para sí, entregándolo todo por nuestra salvación. Para el Pontífice León, es fundamental que los fieles respondan a este amor con “silencio externo e interno” y fomentando un espíritu reflexivo. Como bien recordaba el P. Donato Jiménez, OAR, “debemos hacer propios los sentimientos de la Iglesia” en este día. Contribuye significativamente a este propósito el cumplimiento de los preceptos de ayuno y abstinencia, un acto de mortificación que nos une más íntimamente al sacrificio de Cristo.
El P. Jiménez también subrayaba que en Viernes Santo “celebramos la muerte de Jesús, quien ha muerto por cada uno de nosotros y por toda la humanidad para reconciliarnos con el Padre”. Este día es la cúspide del amor divino, el único capaz de pagar el rescate más alto por nuestra salvación: la propia vida del Hijo de Dios. Esta verdad debería tener implicaciones profundas en nuestra existencia. Gracias a Cristo, las puertas que el pecado había cerrado han sido reabiertas para siempre. Quien comprende esta realidad, ¿cómo podría seguir viviendo de la misma manera?
Es crucial, por tanto, interiorizar que la entrega de Jesús en la Cruz fue un acto profundamente personal. Fue por cada individuo, no una acción “masiva”. Por ello, la Cruz se erige como un signo de victoria, no de derrota. En ella, “muere la muerte”, perece el pecado con toda su fuerza y sus devastadoras consecuencias. Jesús eligió libremente “morir mi propia muerte” al entregarse por cada uno de nosotros. Esta es, sin duda, la victoria más grande de la historia, un triunfo que supera cualquier apariencia de fracaso y que la fe proclama con inquebrantable certeza.
La jornada del Viernes Santo, bajo el liderazgo del Papa León XIV, invita a la humanidad a reflexionar sobre el significado eterno del sacrificio de Jesús y a renovar la esperanza en la vida eterna que este acto supremo nos ha conquistado.








