3 abril, 2026

Cada Viernes Santo, la Iglesia católica se sumerge en la profunda conmemoración de la Pasión y Muerte de Jesucristo, un pilar central del Triduo Pascual que prepara a los fieles para la gloriosa celebración de la Pascua de Resurrección. Dentro de las diversas prácticas devocionales que acompañan este día de luto y reflexión, el Sermón de las Siete Palabras, también conocido como Sermón de las Tres Horas, emerge como una de las tradiciones más arraigadas y significativas. Esta meditación se centra en las siete últimas frases pronunciadas por Jesús en la cruz, momentos que encapsulan su testamento espiritual y su donación total por la salvación de la humanidad.

La tradición de meditar sobre las postreras palabras de Cristo tiene sus raíces en una historia fascinante que se remonta al siglo XVII. Fue en Perú, en el año 1660, donde un sacerdote jesuita, el Venerable Padre Francisco del Castillo, inició esta práctica. Durante una prédica de tres horas en Viernes Santo, el Padre del Castillo no solo profundizó en el sufrimiento de Jesús, sino que estableció un poderoso paralelismo entre los padecimientos del Mesías y las aflicciones que enfrentaban los esclavos y las poblaciones indígenas de su tiempo. Esta novedosa forma de acercar la Pasión a la realidad social de entonces resonó profundamente.

Desde aquel momento, las últimas palabras de Jesús, tal como se narran en los Evangelios, se incorporaron paulatinamente a la tradición cuaresmal y al servicio litúrgico del Viernes Santo. Lo que comenzó en una capilla peruana se extendió con el tiempo por todo el continente americano y llegó hasta Europa, consolidándose como una pieza fundamental de la piedad popular católica. Hoy, el Sermón de las Siete Palabras sigue siendo un momento clave para la reflexión personal y comunitaria, invitando a los creyentes a un encuentro íntimo con el sacrificio redentor.

San Juan Pablo II, a lo largo de su pontificado, ofreció valiosas catequesis sobre el significado de estas siete expresiones. En noviembre de 1988, el Pontífice destacó que estas palabras “construyen su mensaje supremo y definitivo y, al mismo tiempo, la confirmación de una vida santa, concluida con el don total de sí mismo, en obediencia al Padre, por la salvación del mundo”. Para el entonces Papa, todo lo que Jesús enseñó e hizo durante su vida mortal alcanzó su máxima expresión de verdad y santidad en la cruz.

Profundizando en la primera de estas frases, “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”, San Juan Pablo II explicó que Jesucristo no solo perdona, sino que ruega al Padre por el perdón de aquellos que lo entregaron a la muerte, extendiendo esta súplica a toda la humanidad. En su análisis, el santo afirmó que Jesús se dirige a todos los responsables de su crucifixión, y que el perdón constituye su única respuesta ante la hostilidad. Animó a los fieles a acercarse a “Cristo crucificado, Sacerdote eterno”, quien intercede incansablemente por los pecadores que buscan a Dios a través de Él.

La segunda palabra, “Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso”, pronunciada al buen ladrón, fue también objeto de la profunda reflexión de San Juan Pablo II. El santo calificó este momento como “un hecho impresionante, en el que vemos en acción todas las dimensiones de la obra salvífica, que se concreta en el perdón”. Recordó cómo el malhechor crucificado al lado de Jesús, en sus últimos instantes, profesó su fe en el Redentor y, al aceptar su muerte como justa pena, puso toda su esperanza en Él. La respuesta inmediata de Jesús, prometiéndole el Paraíso ese mismo día, convierte al pecador en santo al final de su vida terrenal. Este episodio, según San Juan Pablo II, “muestra que los hombres pueden obtener, gracias a la cruz de Cristo, el perdón de todas las culpas y también de toda una vida malvada si se rinden a la gracia del Redentor que los convierte y salva”.

Las palabras de Cristo en la cruz fueron recogidas y custodiadas por su Santísima Madre y los discípulos presentes en el Calvario. Posteriormente, fueron transmitidas a las primeras comunidades cristianas y a todas las generaciones venideras con un propósito claro: “Para que iluminaran el significado de la obra redentora de Jesús e inspiraran a sus seguidores durante su vida y en el momento de la muerte”, concluyó San Juan Pablo II. Por ello, instó a los católicos a meditar profundamente estas palabras, siguiendo el ejemplo de incontables cristianos a lo largo de la historia, encontrando en ellas guía, consuelo y la promesa de redención.

En un mundo en constante cambio, la meditación sobre las Siete Palabras del Señor en la cruz permanece como un ancla de fe, un llamado a la conversión y una fuente inagotable de esperanza. La tradición iniciada por un jesuita en Perú y enriquecida por las enseñanzas de santos Pontífices, sigue vigente, ofreciendo a los creyentes una oportunidad única para conectar con el corazón de la fe cristiana durante la Semana Santa.

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