7 abril, 2026

Este domingo de Pascua de Resurrección, el corazón de la cristiandad se congregó en la histórica Plaza de San Pedro, donde el Papa León XIV presidió la solemne Misa Pascual. Cientos de miles de fieles, procedentes de todos los rincones del planeta, se unieron en oración para escuchar el mensaje central de la fe cristiana: la resurrección de Jesucristo. En su profunda homilía, el Pontífice ofreció una reflexión conmovedora sobre el significado de la Pascua, una celebración que, según sus palabras, “abraza el misterio de nuestra vida y el destino de la historia”.

Con una voz serena pero firme, el Papa León XIV inició su mensaje destacando cómo la creación entera parecía resonar con una luz renovada en esta jornada. “Hoy toda la creación resplandece con una luz nueva, desde la tierra se eleva un canto de alabanza y nuestro corazón exulta de alegría: ¡Cristo ha resucitado de entre los muertos y, con Él, también nosotros resucitamos a una vida nueva!”, afirmó. Este anuncio pascual, subrayó el Santo Padre, no es un mero recuerdo histórico, sino una promesa viviente que nos alcanza incluso en los momentos más oscuros, en los “abismos de la muerte” que a menudo amenazan con abrumar la existencia humana. Es una esperanza que no se desvanece, una luz que permanece encendida y una plenitud de gozo que nada puede eclipsar, pues “la muerte ha sido vencida para siempre, la muerte ya no tiene poder sobre nosotros”.

Sin embargo, el Papa León reconoció que aceptar este mensaje trascendente no siempre es sencillo. La promesa de la resurrección y la victoria sobre la muerte se enfrenta constantemente al poder de la oscuridad, tanto en el fuero interno del ser humano como en el complejo entramado del mundo exterior. Dentro de cada individuo, este poder se manifiesta en el peso de los pecados que impiden el vuelo espiritual, en las decepciones y la soledad que agotan las fuentes de la esperanza, en las preocupaciones y resentimientos que sofocan la alegría de vivir. También surge en la tristeza, el cansancio, los sentimientos de traición o rechazo, y en la confrontación con la propia debilidad y el sufrimiento cotidiano, momentos en los que “parece haber caído en un túnel del que no vemos la salida”.

Más allá de las experiencias personales, la influencia de la muerte se extiende al ámbito social y global, manifestándose en heridas profundas que el Pontífice no dudó en señalar. León XIV la identificó en las injusticias sistémicas que persisten, en el egoísmo partidista que divide y confronta naciones y comunidades, en la opresión persistente de los más desfavorecidos y en la negligencia hacia los más vulnerables de la sociedad. La violencia, las cicatrices profundas que marcan el mundo, los clamores de dolor que resuenan debido a los abusos contra los débiles, la “idolatría del lucro que saquea los recursos de la tierra”, y la barbarie de la guerra que mata y destruye sin piedad, son todas manifestaciones tangibles del poder de la muerte que aún acecha la humanidad.

Ante este sombrío panorama, la Pascua del Señor se presenta como una invitación urgente a la transformación personal y colectiva. El Papa León XIV instó a los fieles a “levantar la mirada y a ensanchar el corazón”, a permitir que la semilla de la victoria prometida siga nutriendo el espíritu y guiando el curso de la historia. Inspirándose en el ejemplo de María Magdalena y los Apóstoles, el Santo Padre animó a descubrir el sepulcro vacío de Jesús, un símbolo elocuente de que incluso en medio de cada experiencia de muerte, “hay también espacio para una nueva vida que surge”. La presencia viva de Cristo, aseguró, es la esperanza que nos sostiene, confirmando que la muerte no representa el destino final de la existencia humana. “Estamos orientados de una vez y para siempre hacia la plenitud, porque en Cristo resucitado también nosotros hemos resucitado”, enfatizó.

Para reforzar la perdurabilidad de esta verdad fundamental, el Pontífice evocó el magisterio de un predecesor, el Papa Francisco. Con palabras conmovedoras que resuenan con la actual reflexión pascual, Francisco recordaba en su primera Exhortación apostólica, *Evangelii gaudium*, que la resurrección de Cristo “no es algo del pasado; entraña una fuerza de vida que ha penetrado el mundo”. El documento de Francisco destaca cómo, incluso cuando todo parece yacer sin vida, “por todas partes vuelven a aparecer los brotes de la resurrección”, una fuerza imparable que, a pesar de las apariencias de ausencia divina frente a la injusticia y la crueldad, siempre hace brotar algo nuevo que “tarde o temprano produce un fruto” (n. 276). Esta referencia contextualizó el mensaje de León XIV, vinculándolo a una tradición de esperanza ininterrumpida dentro de la Iglesia católica.

El Papa León XIV concluyó su homilía reafirmando que la Pascua otorga esta esperanza transformadora, recordándonos que la nueva creación, posible cada día en Cristo resucitado, se anuncia desde el “primer día de la semana” (Jn 20,1) del Evangelio. Este eco de la creación original en la resurrección de Cristo subraya que la Pascua es, de hecho, una nueva creación obrada por el Señor Resucitado, un nuevo comienzo que otorga la vida eterna gracias a la victoria divina sobre el “antiguo adversario”.

“Hoy necesitamos este canto de esperanza”, proclamó el Pontífice ante la multitud reunida. Y son los fieles, resucitados con Cristo, quienes tienen la misión trascendental de llevarlo “por las calles del mundo”. La exhortación final del Papa León XIV fue a correr, como María Magdalena lo hizo en el amanecer de la primera Pascua, para anunciar esta buena nueva; a manifestar con la propia vida la alegría de la resurrección, de modo que la luz de la vida pueda disipar el espectro de la muerte en cualquier lugar donde aún se cierne.

Al finalizar la emotiva liturgia, el Papa León XIV impartió su bendición *Urbi et Orbi*, pidiendo que Cristo, nuestra Pascua, “nos bendiga y conceda su paz al mundo entero”, dejando un mensaje universal de paz, esperanza y renovación que resonará mucho más allá de los confines de la Plaza de San Pedro.

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