Desde el corazón de la fe cristiana, el Cardenal Pierbattista Pizzaballa, Patriarca Latino de Jerusalén, pronunció un mensaje de Pascua profundamente reflexivo y desafiante. En la Basílica del Santo Sepulcro, el lugar donde, según la tradición, Jesucristo resucitó, el purpurado instó a los fieles a abrazar una fe que no se ancla en la comodidad, sino que rompe con las preconcepciones humanas para abrirse a una realidad divina en constante movimiento. Su homilía se centró en la noción de que “el Resucitado no está donde lo habíamos puesto: nos precede”, una declaración que encapsula la esencia de la Pascua como un evento que subvierte las expectativas y transforma la comprensión de Dios.
El Patriarca Pizzaballa enfatizó que la Pascua no es un mero recuerdo de hechos pasados ni una serie de explicaciones simplistas, sino un encuentro con el desconcierto. El vacío del sepulcro, lejos de ser una ausencia, se erige como una potente proclamación de la victoria sobre la muerte. Remitiéndose al relato evangélico de María Magdalena, el cardenal destacó que la primera expresión de una fe genuina surge de la incertidumbre: “No sabemos… No sabemos dónde lo han puesto”. Esta honesta admisión de no saber se convierte en la puerta hacia una comprensión más profunda de la divinidad.
La reflexión del cardenal ahondó en la idea de que Dios no puede ser poseído ni confinado a las limitaciones humanas. “Dios no se deja poseer. El Resucitado no está donde nuestras certezas lo habían colocado”, afirmó, insistiendo en que la relación con lo divino es una vía de liberación, no de control. Es Dios quien libera al creyente, no el creyente quien custodia a Dios. Esta perspectiva crítica apunta directamente a una religiosidad estática o ritualista que busca la seguridad en fórmulas y dogmas preestablecidos, en lugar de una experiencia viva y transformadora.
Pizzaballa advirtió sobre el peligro de una fe que busca la comodidad, que anhela una religiosidad que no perturbe el orden establecido. Subrayó que la Resurrección es un acto en el que “Dios hace algo que no habíamos pedido: se retira”. Este “retiro” divino no debe interpretarse como un abandono, sino como un gesto que impide que la fe se convierta en una posesión más del ser humano, forzándola a permanecer dinámica y en constante búsqueda. La imagen del sepulcro vacío y los lienzos doblados, lejos de ser un acto mágico, simboliza la libertad inherente a la Resurrección. La muerte, despojada de su poder, se convierte en una “vestidura que queda allí, doblada, inútil”, una prisión desmantelada.
En un contexto de profundo dolor y conflicto, el Cardenal Pizzaballa no eludió la realidad que asola Tierra Santa. Lamentó que “a nuestro alrededor aún hay demasiadas piedras que permanecen cerradas”, refiriéndose explícitamente al odio, la violencia y la venganza que plagan la región. En esta coyuntura, el mensaje pascual adquiere una resonancia particular: “Parece que hemos vuelto a poner al Señor en un sepulcro, cada vez que creemos que la muerte tiene la última palabra sobre la historia”. Esta advertencia es un llamado a la acción, a no sucumbir a la desesperanza ni a la resignación frente a la persistencia del conflicto.
Frente a la desolación, el Patriarca reafirmó la Pascua como un acto de “desobediencia a la resignación”, presentándola como “la única esperanza que aún puede abrir, aquí y ahora, las puertas de la paz”. El mensaje cristiano, según Pizzaballa, es inherentemente universal, recordando que “Dios no hace acepción de personas” y que “ninguna vida está ‘demasiado perdida’ para ser buscada”. Esta inclusividad es un faro de esperanza en un mundo fragmentado, enfatizando que la misericordia divina alcanza a todos sin distinción.
El Cardenal subrayó que el cristianismo auténtico trasciende la mera contemplación. “El Resucitado no es un objeto de culto; es un sujeto que llama. No nos limitamos a contemplarlo: lo seguimos”, afirmó, transformando la fe en un camino de seguimiento activo. Advirtió contra el riesgo de vaciar de sentido la vida cristiana, señalando que incluso los lugares santos pueden volverse “un museo si no se convierten en un éxodo” y la liturgia, una “repetición si no se convierte en conversión”. La invitación es a una fe vivida en movimiento, en constante transformación personal.
Finalmente, el Cardenal Pizzaballa hizo un llamado vibrante a encarnar la Pascua en la vida diaria. “Salir significa elegir el perdón cuando sería más fácil endurecerse; elegir la esperanza cuando todo sugiere lo contrario”, explicó. La Pascua no es, por tanto, una frase que se repite, sino “una puerta que cruzar”, un compromiso existencial con los valores de la Resurrección. Concluyó su homilía con la esencia del anuncio cristiano: “¡El Señor ha resucitado! Y precisamente porque ha resucitado, nunca lo encontraremos donde lo habíamos puesto. Lo encontraremos delante de nosotros, llamándonos a salir”. Su mensaje desde Jerusalén es un recordatorio poderoso de que la fe pascual es una fuerza activa que impulsa al creyente a vivir con esperanza, perdón y un compromiso inquebrantable con la construcción de la paz en medio de las adversidades.








