Cada año, la Iglesia Universal se sumerge en la Octava de Pascua, un periodo de profunda alegría que extiende la celebración de la Resurrección de Cristo. En este 2026, el 6 de abril marca el “Lunes del Ángel”, una jornada dedicada a recordar el papel fundamental de los mensajeros celestiales en la difusión de la noticia más transformadora en la historia de la fe: la victoria de Jesús sobre la muerte. Esta conmemoración subraya cómo un ángel fue el encargado de disipar el dolor y la incertidumbre de las mujeres que acudieron al sepulcro, anunciando que el Señor ya no debía ser buscado entre los muertos, sino celebrado entre los vivos.
La palabra “ángel”, proveniente del latín *angĕlus* y del griego *ángelos*, significa “mensajero”. Esta etimología resuena poderosamente con el propósito de este día, honrando a aquellos seres espirituales a través de quienes Dios revela sus designios salvíficos. Desde el Génesis hasta el Apocalipsis, los ángeles han sido intermediarios cruciales de la providencia divina, guiando, custodiando y comunicando verdades fundamentales a la humanidad. El Lunes del Ángel se erige así como un recordatorio elocuente de la activa participación de estos seres celestiales en la historia de la salvación.
La importancia de esta jornada fue destacada por San Juan Pablo II hace más de tres décadas. En 1994, el 4 de abril, también Lunes de la Octava de Pascua, el Santo Papa reflexionó sobre el profundo sentido teológico de esta conmemoración. Tras el rezo del Regina Coeli, el Pontífice articuló la singularidad del mensaje angélico: “«¿Por qué se le llama así? Me parece que es acertado ese nombre: ‘Lunes del Ángel’. Conviene dejar un poco de espacio a este ángel, que dijo desde lo más profundo del sepulcro: “Ha resucitado”… Estas palabras —Ha resucitado— eran muy difíciles de pronunciar, de expresar, para una persona humana. También las mujeres que fueron al sepulcro lo encontraron vacío, pero no pudieron decir: Ha resucitado, sólo afirmaron que el sepulcro estaba vacío. El ángel dice más: “No está aquí, ha resucitado”»”. La lucidez de San Juan Pablo II resaltó cómo la proclamación angélica trascendía la mera observación de un sepulcro vacío, elevándose a la certeza de un acontecimiento milagroso que desafiaba toda lógica humana.
La fuente de esta revelación angélica se encuentra en el Evangelio de San Mateo, que narra el encuentro de las mujeres con el mensajero divino. El evangelista detalla: «El ángel tomó la palabra y les dijo a las mujeres: “Vosotras no tengáis miedo; ya sé que buscáis a Jesús, el crucificado. No está aquí, porque ha resucitado como había dicho. Venid a ver el sitio donde estaba puesto. Marchad enseguida y decid a sus discípulos que ha resucitado de entre los muertos; irá delante de vosotros a Galilea: allí le veréis. Mirad que os lo he dicho”» (Mt 28, 5-7). Este pasaje no solo certifica la Resurrección, sino que también encarga a las mujeres y, por extensión, a toda la comunidad de creyentes, la misión de propagar esta Buena Nueva.
En la reflexión del Lunes del Ángel, se nos invita a profundizar en la inmensa sabiduría de Dios, quien ha dispuesto a sus ángeles como mediadores constantes entre el cielo y la tierra. Estos seres puramente espirituales, dotados de inteligencia y voluntad, son inmortales y carecen de corporalidad, superando en perfección a todas las criaturas visibles por su eterna presencia ante el Creador. Son servidores leales y mensajeros de Cristo, su centro y cabeza, obedeciendo su voluntad con amor. Su misión, desde la Anunciación a la Virgen María hasta el Apocalipsis, es clara: comunicar los dones de Dios y sus designios salvíficos en el día a día de nuestras vidas. Resulta esencial, por tanto, mantener una comprensión de los ángeles enraizada en la Escritura y la Tradición cristiana, evitando deformaciones o sincretismos que los subordinan a intereses humanos, como a menudo ocurre en ciertas corrientes de la ‘nueva era’ o el paganismo. La verdadera naturaleza angélica es la de servidores de la voluntad divina.
El periodo pascual, que se extiende hasta Pentecostés, trae consigo una modificación litúrgica significativa: el rezo del Regina Coeli (Reina del Cielo) sustituye al Ángelus. Esta oración mariana, que exalta la alegría de la Virgen María por la Resurrección de su Hijo, comienza con un eco del mensaje angélico: “Alégrate, María”. El Papa Benedicto XVI, en 2009, recordó cómo este “Alégrate” resuena como una invitación universal a la alegría: “Gaude et laetare, Virgo Maria, alleluia, quia surrexit Dominus vere, alleluia”, es decir, “Alégrate y regocíjate, Virgen María, aleluya, porque verdaderamente el Señor ha resucitado, aleluya”.
El Regina Coeli se convierte así en un himno de gozo pascual:
*Reina del cielo alégrate; aleluya.*
*Porque el Señor a quien has merecido llevar; aleluya.*
*Ha resucitado según su palabra; aleluya.*
*Ruega al Señor por nosotros; aleluya.*
*Gózate y alégrate, Virgen María; aleluya.*
*Porque verdaderamente ha resucitado el Señor; aleluya.*
Y concluye con la oración que implora la gracia de la vida eterna por intercesión de la Virgen María:
*Oremos*
*Oh Dios, que en la gloriosa resurrección de tu Hijo has devuelto la alegría al mundo entero, por intercesión de la Virgen María, concédenos disfrutar de la alegría de la vida eterna. Por Cristo, Nuestro Señor. Amén.*
El Lunes del Ángel en 2026 nos invita a renovar nuestra fe en la Resurrección y a reconocer el papel de los mensajeros celestiales como portadores de esperanza y alegría. Es un día para meditar sobre la omnipotencia divina y el amor de Dios manifestado a través de sus ángeles, que continúan anunciando las grandezas de la salvación en la vida de cada creyente.








