En una jornada marcada por la alegría de la Pascua y la atmósfera serena del Lunes del Ángel, el Papa León XIV presidió este lunes el rezo del Regina Coeli desde la tradicional ventana del Palacio Apostólico. Ante una Plaza de San Pedro que bullía con la presencia de fieles, el Santo Padre ofreció una profunda reflexión sobre la victoria de la vida frente a la desesperación, asegurando que “la desesperación de la muerte es removida para siempre en el nombre de Jesús”.
La alocución del Pontífice se centró en el pasaje evangélico de Mateo (Mt 28, 8-15), que propone una dicotomía fundamental: la narrativa de las mujeres, testigos directos de la Resurrección de Jesús, frente a la versión de los guardias, quienes, tras haber sido sobornados por los líderes del Sanedrín, difundieron la falacia del robo del cuerpo de Cristo. León XIV subrayó cómo de un mismo acontecimiento —el sepulcro vacío— pueden surgir dos interpretaciones radicalmente opuestas: una “fuente de vida nueva y eterna”, y la otra, “de muerte cierta y definitiva”.
Este contraste sirvió al Papa León para hacer un llamado a la reflexión sobre dos pilares esenciales de la vida contemporánea: “el valor del testimonio cristiano y sobre la honestidad de la comunicación humana”. En un mundo donde la información se propaga a velocidades vertiginosas, el Santo Padre lamentó cómo, con frecuencia, “el relato de la verdad es oscurecido por fake news”, aseverando que estas son “mentiras, alusiones y acusaciones sin fundamento”. Con firmeza, el Papa León XIV afirmó que, a pesar de tales obstáculos, “la verdad no permanece oculta”, sino que, por su propia naturaleza, “viene a nuestro encuentro, viva y radiante, iluminando las tinieblas más densas”.
Para el líder de la Iglesia Católica, Jesús mismo encarna la buena noticia que debe ser proclamada en todo el orbe. “La Pascua del Señor es nuestra Pascua —la Pascua de la humanidad— porque este hombre, que ha muerto por nosotros, es el Hijo de Dios, que por nosotros ha dado su vida”, enfatizó León XIV. En esta perspectiva, el Pontífice destacó que el Resucitado, siempre vivo y presente, no solo “libera el pasado de un final destructivo”, sino que el anuncio pascual “exime del sepulcro nuestro futuro”, ofreciendo una esperanza inquebrantable para la humanidad.
El mensaje del Papa León XIV resonó con una particular urgencia al dirigirse a aquellos “oprimidos por la maldad, que corrompe la historia y confunde las conciencias”. Hizo especial hincapié en la necesidad de que el Evangelio llegue a los pueblos atormentados por conflictos bélicos, a los cristianos que sufren persecución a causa de su fe, y a los niños que son privados de la educación, un derecho fundamental. Anunciar la Pascua de Cristo con palabras y obras significa, para el Santo Padre, “dar nueva voz a la esperanza, que de otro modo sería sofocada en manos de los violentos”. Esta Buena Nueva, cuando es proclamada en el mundo, tiene el poder de “disipar toda sombra, en cada época”, brindando consuelo y dirección.
En un momento de profundo significado personal y eclesial, el Papa León XIV dedicó una parte de su mensaje a recordar a su predecesor. El actual Pontífice mencionó con especial afecto al Papa Francisco, cuya vida, “precisamente el Lunes de Pascua del año pasado, entregó al Señor”. Al evocar la figura del Papa Francisco, León XIV no solo rindió homenaje a su “gran testimonio de fe y de amor”, sino que también invitó a los presentes a unirse en oración a la Virgen María, bajo la advocación de Trono de la Sabiduría. Esta invocación conjunta buscaba la gracia para que todos los fieles puedan “convertirse en anunciadores cada vez más luminosos de la verdad”, perpetuando el legado de sus antecesores en la difusión del mensaje cristiano.
Posteriormente, el Papa León XIV entonó con solemnidad el Regina Coeli, la antigua y venerada oración mariana que sustituye al Ángelus durante el Tiempo Pascual, elevando una plegaria a la Madre de Dios por toda la Iglesia y por la humanidad. Antes de retirarse del balcón, el Santo Padre dirigió un último y cálido saludo a la multitud de peregrinos y visitantes congregados en la Plaza de San Pedro, reafirmando el vínculo de esperanza y fe que une al Pontífice con los fieles de todo el mundo.








