8 abril, 2026

La Iglesia Universal sigue inmersa en la profunda alegría de la Octava de Pascua, un periodo litúrgico que se extiende por ocho días con el fin de prolongar la trascendental celebración de la Resurrección de Jesucristo. Es un tiempo de exclamación ininterrumpida: ¡Aleluya! ¡Cristo ha resucitado! Este miércoles, cuarto día de la Octava, la liturgia nos invita a reflexionar sobre uno de los episodios más conmovedores y significativos de los relatos post-resurreccionales: el encuentro de Jesús con dos de sus discípulos en el camino hacia Emaús.

La liturgia de la Palabra, que en estos días se nutre de los Hechos de los Apóstoles, busca consolidar la fe de los creyentes, mostrando cómo la Resurrección transformó radicalmente el espíritu de aquellos que habían seguido al Maestro. De la desolación y el miedo, los discípulos pasaron a una renovada confianza y fortaleza interior, convirtiéndose en testigos audaces de la grandeza de Jesús. Este cambio radical es la prueba viva de que, sin la Resurrección, “vana sería nuestra fe”, como recuerda San Pablo en su primera carta a los Corintios (15, 14).

El Evangelio de este día, tomado de San Lucas (24, 13-35), nos traslada a ese memorable camino. Dos seguidores de Jesús, uno de ellos llamado Cleofás, emprenden una travesía de Jerusalén a Emaús, distanciada unos once kilómetros. Sus rostros reflejan la desilusión y la tristeza; conversan intensamente sobre los recientes y dolorosos acontecimientos. Habían sido testigos de la crucifixión de Jesús, a quien reconocían como “un profeta poderoso en obras y palabras”, y albergaban la esperanza de que Él sería el libertador de Israel. Sin embargo, tres días después de su muerte, y sin señales de las revueltas que esperaban, su perspectiva se había vuelto sombría y teñida de fracaso. Ni siquiera los testimonios de las mujeres, quienes afirmaban haber encontrado el sepulcro vacío y la aparición de ángeles que anunciaban su resurrección, lograban disipar su incredulidad.

En medio de su debate, un forastero se les acerca y se une a su caminata. Desconocían que era el mismo Jesús. Él les interpela sobre el motivo de su tristeza y la naturaleza de su conversación. Sorprendidos de que alguien en Jerusalén pudiera ignorar tales sucesos, le relatan con detalle la entrega y crucifixión de Jesús de Nazaret por las autoridades. Su voz denota el desengaño de una esperanza quebrantada. Ante su relato, el forastero, con una mezcla de reproche y compasión, les interpela: “¡Qué insensatos son ustedes y qué duros de corazón para creer todo lo anunciado por los profetas!”. Con paciencia y profundidad, Jesús comenzó a desentrañar para ellos las Escrituras, desde Moisés hasta los profetas, explicando cómo el Mesías debía padecer y morir para luego entrar en su gloria. Mientras escuchaban, sus corazones empezaron a experimentar un ardor inexplicable.

Al llegar a Emaús, el forastero hace ademán de continuar su viaje. Sin embargo, los discípulos, cautivados por sus palabras y la inminencia del anochecer, le insisten: “Quédate con nosotros, porque ya es tarde y pronto va a oscurecer”. Jesús acepta su invitación. Una vez sentados a la mesa, Él toma un pan, pronuncia la bendición, lo parte y se lo entrega. En ese instante supremo, sus ojos se abren y lo reconocen. Pero tan pronto como lo identifican, Jesús desaparece de su vista.

El impacto de este reconocimiento es inmediato y transformador. Los discípulos se miran y exclaman: “¡Con razón nuestro corazón ardía, mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras!”. Llenos de un celo renovado y la certeza de la Resurrección, no pierden un momento. Se levantan de inmediato y regresan apresuradamente a Jerusalén para compartir la increíble noticia con los apóstoles y sus compañeros, quienes a su vez confirman que el Señor se ha aparecido también a Simón Pedro. Su testimonio completa el ciclo de la incredulidad a la fe radiante, demostrando que la presencia de Cristo vivo lo cambia todo.

La narrativa del camino de Emaús, tan relevante en esta Octava de Pascua, ofrece una enseñanza imperecedera para cada creyente. Nos recuerda la importancia de reconocer a Jesús no solo en la Palabra, sino de manera más íntima y transformadora en la “fracción del pan”, es decir, en el sacramento de la Eucaristía. Es una invitación a abrir nuestros corazones y ojos a su presencia constante. Hace más de cuarenta años, San Juan Pablo II, el Pontífice, articuló este llamado con claridad: «Cada uno invite a Cristo como aquellos discípulos que caminaban con Él por ese camino, sin saber con quién caminaban: “Quédate con nosotros, pues el día ya declina” (Lc, 24, 29). Que se quede Jesús, tome el pan, pronuncie las palabras de la bendición, lo parta y lo distribuya. Y que entonces se abran los ojos de cada uno, cuando lo reconozca “en la fracción del pan” (Lc 24, 35)». Este mensaje atemporal resuena hoy, animándonos a invitar a Cristo a permanecer en nuestra vida, para que nuestros corazones también ardan y nuestros ojos se abran a la verdad de su resurrección.

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