Con el sábado 11 de abril de 2026, la Iglesia Católica concluye la vibrante Octava de Pascua, un tiempo privilegiado de gozo y profunda reflexión espiritual que ha extendido la celebración del “Gran Domingo” de Resurrección. Estos días pascuales, impregnados de la gracia del Cristo resucitado, invitan a los fieles a fortalecer su fe y renovar su esperanza en la promesa de la vida eterna. La resonancia del “¡Aleluya! ¡Cristo ha resucitado!” continúa siendo el eco vivificante que impulsa a los creyentes en este tiempo de gracia y misión.
La Liturgia de la Palabra de este último día de la Octava nos sumerge en los primeros pasos de la Iglesia naciente, marcando una clara transición desde la experiencia transformadora de la Resurrección hacia la imperiosa llamada a la evangelización. Las lecturas de este día enfatizan la superación de las dudas humanas y la firmeza del testimonio apostólico, a pesar de las adversidades.
La Primera Lectura, extraída de los Hechos de los Apóstoles (Hch 4, 13-21), nos presenta a Pedro y Juan enfrentando el Sanedrín en Jerusalén. Tras ser arrestados por predicar y realizar milagros en nombre de Jesús, son conminados a cesar su actividad. Sin embargo, lo que sorprende a los sumos sacerdotes, ancianos y escribas no es su desafío, sino la asombrosa aplomo y claridad con la que estos “hombres del pueblo sin ninguna instrucción” hablan. Su elocuencia, fruto de la inspiración divina y la certeza de haber sido testigos de la Resurrección, deja perplejos a sus interrogadores. Esta escena subraya la fuerza imparable de la fe auténtica, capaz de trascender la lógica humana y la autoridad establecida, revelando que el poder del Evangelio no reside en la retórica o el conocimiento mundano, sino en la verdad y el Espíritu que lo anima. La advertencia del Sanedrín llega tarde; la semilla del mensaje ya ha sido sembrada y comienza a germinar, impulsada por la valentía de los apóstoles.
El Evangelio de San Marcos (Mc 16, 9-15) complementa esta reflexión al narrar las últimas apariciones de Jesús resucitado y su decisivo reproche a la incredulidad de sus discípulos. El texto evangélico relata cómo Jesús se manifestó primero a María Magdalena, quien acudió a los apóstoles para compartir la asombrosa noticia; sin embargo, fue recibida con escepticismo. Posteriormente, se apareció a dos discípulos en el camino a una aldea, y aunque ellos también comunicaron su encuentro, su testimonio tampoco fue creído por el resto del grupo.
Finalmente, Jesús se aparece a los Once mientras estaban a la mesa, confrontándolos directamente con su “incredulidad y dureza de corazón”. Este reproche divino es un momento crucial, un espejo que refleja la fragilidad humana y la dificultad para aceptar lo extraordinario, incluso para aquellos que habían convivido con el Maestro. No obstante, lejos de ser un mero señalamiento, este instante marca el preludio de una transformación radical. Es después de este confrontación que Jesús les confía la que sería su misión trascendental: “Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio a toda creatura”.
Esta encomienda, la Gran Comisión, representa el paso definitivo de la incredulidad a la acción, de la duda a la evangelización global. La fe en el Resucitado no es un mero asentimiento intelectual, sino un llamado a la acción, a ser portadores de la Buena Nueva. La Iglesia, desde sus orígenes hasta nuestros días, ha comprendido que su razón de ser es precisamente esa: llevar el mensaje de salvación a cada rincón del planeta.
En la actualidad, el llamado a la misión sigue siendo una piedra angular de la enseñanza de la Iglesia. El **Papa León XIV**, en su constante magisterio, enfatiza la relevancia de una fe viva y operante, capaz de superar las dudas y los temores inherentes a la condición humana. El Santo Padre subraya con frecuencia que cada creyente está llamado a ser un misionero en su propio entorno, reflejando el amor de Cristo en la vida cotidiana y anunciando la esperanza de la resurrección. Para el Pontífice, la misión no es una tarea exclusiva de unos pocos, sino una vocación universal que emana del bautismo, invitando a todos a ser valientes testigos del Evangelio, tal como lo fueron Pedro y Juan.
Este día culmina con la sabia guía de San Cirilo de Jerusalén (315-386), cuya catequesis eucarística sigue iluminando la comprensión de los misterios de la fe. Nos insta a reconocer la presencia real de Cristo en la Eucaristía, afirmando que “lo que parece pan no es pan, aunque tenga gusto de pan, sino el cuerpo de Cristo; y lo que parece vino, no es vino, aún cuando así lo parezca al paladar, sino la sangre de Cristo”. Este profundo entendimiento eucarístico fortalece el alma, prepara el corazón para la misión y purifica el espíritu para contemplar la gloria del Señor.
Al cerrar la Octava de Pascua, la Iglesia se reafirma en su identidad y propósito. La alegría de la Resurrección se convierte en el motor para cumplir el mandato de Jesús: ir y predicar. Es un tiempo para renovar la propia fe, dejar atrás las dudas y responder con generosidad al llamado de la misión, llevando el mensaje de Cristo a un mundo sediento de esperanza y verdad. Que la certeza de Cristo resucitado siga impulsando los corazones de todos los creyentes.








