La Iglesia Católica se adentra hoy, 19 de abril de 2026, en la celebración del Tercer Domingo de Pascua, continuando el recorrido espiritual iniciado hace dos semanas con el Domingo de Resurrección. Este período litúrgico, de cincuenta días de duración, es un tiempo de intensa alegría y profunda reflexión sobre la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte, invitando a los fieles a mantener viva la exclamación de “¡Aleluya!”. Es una etapa crucial que, pasando por la Ascensión del Señor, culmina en el domingo de Pentecostés, configurando para la comunidad cristiana una experiencia prolongada de un solo día de gozo pascual.

Este año, la liturgia nos convoca a meditar sobre un pasaje fundamental del Evangelio según San Lucas (Lc 24, 13-35), que narra el encuentro de Jesús resucitado con dos de sus discípulos en el camino hacia Emaús. Esta historia no solo relata un evento histórico, sino que ofrece una poderosa enseñanza sobre la fe, la esperanza y el reconocimiento de Cristo en la vida cotidiana y en los sacramentos.

El relato evangélico nos transporta a aquel mismo día de la resurrección, cuando dos discípulos, visiblemente abatidos y con la esperanza quebrada tras los sucesos de Jerusalén, se dirigían a la aldea de Emaús, a unos once kilómetros. Mientras conversaban con tristeza sobre la crucifixión de Jesús, un desconocido se les unió en el camino. Este forastero, que era el propio Jesús resucitado, se mantuvo irreconocible para ellos, pues sus ojos estaban “velados”. Él se interesó por su conversación, y Cleofás, uno de los discípulos, expresó su asombro ante el aparente desconocimiento del extraño sobre los acontecimientos que habían conmovido Jerusalén. Le explicaron con desilusión la historia de Jesús de Nazaret, a quien consideraban un profeta poderoso, pero cuya muerte había frustrado sus expectativas de que fuera el libertador de Israel.

Con paciencia, el Maestro reprendió su lentitud de corazón para creer en las Escrituras y, comenzando por Moisés y los Profetas, les fue explicando cada pasaje que se refería al Mesías, desvelando la necesidad de su sufrimiento para alcanzar la gloria. Al llegar a Emaús, los discípulos lo invitaron a quedarse, ya que la tarde caía. Fue durante la cena, al tomar el pan, pronunciar la bendición, partirlo y dárselo, cuando sus ojos se abrieron. En ese instante, lo reconocieron, pero Él desapareció de su vista.

La revelación fue inmediata y profunda. El ardor que habían sentido en su corazón mientras Jesús les explicaba las Escrituras cobró ahora todo su sentido. Llenos de una fe y una esperanza renovadas, regresaron de inmediato a Jerusalén para compartir la buena nueva con los apóstoles y el resto de la comunidad, confirmando que el Señor había resucitado y se había aparecido también a Simón Pedro.

Este camino a Emaús, con sus etapas de desilusión, explicación de las Escrituras y reconocimiento eucarístico, ha sido una fuente inagotable de reflexión para la Iglesia a lo largo de los siglos. El Papa Benedicto XVI, en una de sus meditaciones sobre este Evangelio, señaló en 2012 que “el camino que lleva a Emaús es el camino de todo cristiano, más aún, de todo hombre. En nuestros caminos Jesús resucitado se hace compañero de viaje para reavivar en nuestro corazón el calor de la fe y de la esperanza y partir el pan de la vida eterna”. Subrayó cómo la decepción de los discípulos, expresada en su “Nosotros esperábamos”, refleja las crisis de fe que muchos cristianos pueden experimentar hoy ante los problemas que aquejan a la humanidad.

Sin embargo, Benedicto XVI también destacó que esta desilusión puede transformarse en un proceso de “purificación y maduración” de la fe. A través de la atenta escucha de la Palabra de Dios y el encuentro personal con Cristo en la Eucaristía, los fieles pueden recuperar una fe más profunda, auténtica y firme, anclada en la presencia real del Señor.

Este mensaje, atemporal en su esencia, resuena con particular fuerza en el actual pontificado del Papa León XIV. El Santo Padre, al igual que sus predecesores, continuamente exhorta a los fieles a una renovación interior y a encontrar la presencia viva de Cristo no solo en los grandes acontecimientos, sino en la cotidianidad y, de manera preeminente, en los sacramentos. León XIV ha puesto un énfasis constante en la importancia de una fe que no se rinde ante la adversidad, sino que se purifica y fortalece a través de la meditación de la Palabra y la comunión eucarística, elementos centrales que definieron la experiencia de los discípulos de Emaús.

El camino de Emaús, por tanto, no es solo una historia del pasado, sino una guía espiritual para el presente. Nos recuerda que, incluso en los momentos de mayor duda o tristeza, Cristo camina a nuestro lado, listo para revelarse a quienes tienen el corazón abierto a su Palabra y al Pan de Vida. La celebración de este Tercer Domingo de Pascua es una invitación a vivir con intensidad esta dinámica espiritual, reconociendo al Señor resucitado en cada Eucaristía y permitiendo que su presencia reavive nuestra esperanza y nos impulse a compartir la alegría pascual con el mundo.

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