En un gesto que une la tradición milenaria de la Iglesia con los desafíos de la modernidad, el Papa León XIV dedicó una audiencia en el Vaticano a la trascendencia del libro impreso y el valor inestimable de la lectura. En un contexto donde la inmediatez digital a menudo eclipsa la reflexión pausada, el Pontífice enfatizó que los libros no solo “alimentan la mente”, sino que también constituyen una invaluable oportunidad para el anuncio del Evangelio.
La ocasión para estas reflexiones fue la celebración del centenario de Editrice Vaticana, la editorial oficial de la Santa Sede, fundada en 1926. Durante un encuentro con sus empleados el pasado 7 de mayo, León XIV se mostró como un firme defensor de la palabra escrita y de la materialidad que el formato físico otorga al conocimiento. Pocos días antes, el Pontífice había admirado en la Biblioteca Apostólica Vaticana la inigualable Biblia de Borso d’Este, una joya del Renacimiento que ilustra la profunda conexión histórica entre la Iglesia y el arte del libro. Este encuentro con una obra maestra del pasado sirvió de preámbulo natural a su discurso sobre la vigencia del libro en el presente.
León XIV articuló su mensaje central argumentando que el libro, más allá de ser un simple receptáculo de información, “es una ocasión para pensar”. En un mundo saturado de contenido fugaz y titulares simplificados, el Santo Padre defendió con vehemencia la impresión en papel, viéndola como un vehículo que invita intrínsecamente a la reflexión profunda y al estudio meticuloso. “Leer es nutrir la mente”, afirmó León, subrayando que esta actividad es esencial para el desarrollo de un “sentido crítico consciente y formado”, una herramienta vital para “protegerse de los fundamentalismos y de los atajos ideológicos” que proliferan en la sociedad contemporánea.
El Pontífice describió los libros como un verdadero “antídoto a la cerrazón mental”. En su visión, la lectura amplia y diversificada contrarresta las actitudes rígidas y las “visiones reductivas de la realidad”, promoviendo una apertura intelectual que es fundamental para el diálogo y la comprensión mutua. La materialidad del libro, su presencia tangible, se convierte así en un recordatorio de la solidez y permanencia del conocimiento, contrastando con la efímera naturaleza de gran parte de la información digital.
Más allá de su función formativa individual, León XIV destacó la capacidad de los libros para generar encuentros significativos. “Cuando tenemos un libro en las manos, idealmente nos encontramos con su autor”, explicó. Pero el encuentro no se limita al creador de la obra; se extiende a una vasta comunidad de lectores: “Al mismo tiempo nos encontramos con quienes lo han leído antes que nosotros, o quienes lo están leyendo o van a leerlo”, resaltó. Esta perspectiva subraya la dimensión social y comunitaria de la lectura, un hilo invisible que conecta mentes a través del tiempo y el espacio.
Para los cristianos, el Papa León subrayó una dimensión adicional y profundamente significativa: la lectura como herramienta para anunciar a Cristo y su mensaje transformador. “Sabemos bien cómo la lectura de la biografía de un santo o de una reflexión espiritual bien planteada puede conmover el corazón”, explicó. Los libros se convierten así en custodios de la experiencia espiritual y en guías para el camino de la fe, capaces de tocar las fibras más íntimas del ser humano.
El Pontífice ilustró esta conexión espiritual con ejemplos arraigados en la iconografía cristiana. Recordó cómo la Virgen María es frecuentemente representada en la Anunciación “absorta en la lectura de las Sagradas Escrituras”, un símbolo de su profunda meditación y apertura a la Palabra divina. Del mismo modo, citó a San Antonio de Padua, a quien se le suele ver sosteniendo el Libro de los Evangelios abierto, sobre el cual el Niño Jesús se mantiene de pie, simbolizando la centralidad de la Palabra en la vida y predicación del santo. Finalmente, mencionó a San Agustín, a menudo retratado frente a un gran libro en su escritorio, a veces con un corazón en la mano, un potente símbolo de la unión entre “verdad y caridad” que emana de su obra y vida.
A la luz de estos ejemplos y de la “escuela de la Virgen María y de los santos”, el Santo Padre extendió una invitación a todos los fieles a “alimentarse de la Palabra de Dios”. Instó a que esta Palabra Sagrada no solo sea leída, sino que permee y “moldee nuestra mentalidad y nuestro actuar”, guiando las decisiones y la forma de vivir. La Editrice Vaticana, en este sentido, juega un papel crucial al hacer accesibles textos que nutren esta vida espiritual y doctrinal.
León XIV concluyó su discurso recordando a su predecesor San Pablo VI, quien en una audiencia con la misma editorial en 1976, exhortó a “mirar hacia adelante, para definir las ideas y programas para el futuro”. Este legado de visión y compromiso con la difusión del saber y la fe es el que ahora recogen los empleados de Editrice Vaticana. “Les agradezco su trabajo, que les deseo que realicen con dedicación y pasión”, finalizó León XIV, reconociendo el esfuerzo de quienes, día a día, contribuyen a que el mensaje del Evangelio y la riqueza del pensamiento católico sigan llegando a millones de personas a través de las páginas impresas. En un mundo en constante transformación, el Vaticano reafirma así el valor perenne del libro como faro de conocimiento, reflexión y fe.








