20 mayo, 2026

Cada avance tecnológico de envergadura suele presentarse con una promesa inherente: mayor eficiencia, una abundancia sin precedentes y la liberación de tareas tediosas. Si bien estas expectativas a menudo se cumplen en cierta medida, lo que rara vez acompaña a estas innovaciones es el marco moral necesario para su correcta dirección y aplicación. Los ritmos del progreso tecnológico superan con frecuencia la capacidad de la reflexión ética para establecer juicios. El poder se consolida más rápido de lo que la legislación puede regularlo, y la vulnerabilidad de los hogares emerge antes de que se calculen sus costes sociales.

Este escenario no es ajeno a la historia. Remite al contexto en que el Papa León XIII publicó *Rerum novarum* (“De las cosas nuevas”) el 15 de mayo de 1891. Esa encíclica describía la “fiebre revolucionaria” que había mutado de la esfera política a la económica. Las “cosas nuevas” de aquel entonces eran la fábrica industrial, el contrato de trabajo asalariado y una acumulación de riqueza que había transformado el tejido social en apenas una generación. Hoy, *Rerum novarum* sigue siendo un faro para abordar la revolución de la inteligencia artificial (IA), un fenómeno que amenaza con avanzar sin el compás moral necesario para gobernarlo.

El Papa León XIV, quien concibe su ministerio como una continuación de la tradición iniciada por León XIII hace 135 años, ha enfatizado la urgencia de reflexionar sobre la IA desde una perspectiva profundamente “leonina”, aprovechando el aniversario de este texto fundacional de la doctrina social moderna de la Iglesia.

**El ser humano antes que la máquina**

Aunque muchos recuerdan *Rerum novarum* por su apoyo a las asociaciones obreras y su rechazo al socialismo, la encíclica de León XIII esconde un argumento antropológico más profundo. La tesis central de este Pontífice era que la persona humana, dotada de razón, no vive solo de instintos. Planifica, provee y asume responsabilidades a largo plazo. De ahí la importancia de la propiedad privada: es la condición material estable para la previsión, la administración del hogar y la provisión intergeneracional. El trabajo, por tanto, debe ofrecer al trabajador acceso a esa estabilidad, no alejarlo de ella.

La propiedad, en esta concepción, es la materialización duradera de los frutos del trabajo en beneficio del núcleo familiar. La familia, a su vez, es el espacio donde estos bienes se transmiten con amor a quienes no los han ganado, y desde el excedente del hogar, la caridad se extiende a la comunidad. Si estas capacidades se eliminan o se reducen a meras transacciones, no solo surge un problema económico, sino una persona herida.

La crisis de 1891, según el diagnóstico de León XIII, radicaba en que la modernidad industrial suplantaba estas capacidades humanas en lugar de potenciarlas. El trabajador se convertía, en sus propias palabras, en un “mero instrumento para ganar dinero”, valorado exclusivamente por su fuerza física. La fábrica no aniquilaba lo humano, sino que desplazaba a la persona de aquellos actos que la definen como tal.

**¿Potenciar o reemplazar? El dilema de la IA**

León XIII no era un detractor del progreso; nunca propuso desmantelar la industria. Simplemente insistió en que toda tecnología debe evaluarse según la persona a la que está destinada a servir. Aplicado a la IA, la pregunta clave es: ¿esta herramienta potencia o reemplaza las capacidades humanas? ¿Este nuevo sistema expande las habilidades del trabajador o las absorbe? ¿La tecnología mejora sus destrezas o las vuelve irrelevantes?

La preocupación central del Pontífice León XIV se alinea con este principio. Él mismo ha planteado cómo la IA en las aulas debe evaluarse: ¿potencia el juicio, el discernimiento y la responsabilidad del estudiante, o los reemplaza? Una IA que redacta un ensayo sin que el alumno desarrolle la capacidad de defender su tesis no educa; simplemente “produce” el resultado. El objetivo de la formación no es generar textos, sino moldear una persona con una mente activa y consciente.

Esta misma prueba se extiende hoy a todos los ámbitos: oficinas, hospitales, tribunales, empresas y, cada vez más, el propio hogar. La tecnología es inherentemente compleja a nivel moral; tiene el potencial tanto de potenciar como de reemplazar. La cuestión es si tendremos la claridad y el valor para distinguir entre ambas realidades.

**Cuatro áreas clave de aplicación para la ética de la IA**

Teniendo a la familia como pilar fundamental, el Santo Padre propone considerar cuatro ámbitos donde esta prueba arroja luz sobre lo que está en juego:

1. **El juicio:** La maquinaria industrial desplazó el trabajo físico, pero el operario aún conservaba el juicio que ordenaba su labor. La IA, en cambio, amenaza con desplazar no solo la acción, sino el juicio mismo sobre la acción. El juicio no es solo una conclusión mental, sino la operación mediante la cual una persona formula una pregunta, sopesa alternativas y asume la responsabilidad de su respuesta. Un entorno laboral donde el juicio se delega a un modelo de IA reduce al profesional o al técnico a un mero ejecutor, despojándolo de actos propios que asumir. La pregunta es: ¿la herramienta potencia la habilidad del trabajador o lo reduce a un engranaje impersonal?

2. **Los frutos del trabajo:** León XIII afirmó que el trabajo genera un derecho legítimo sobre lo que produce. Más tarde, Pío XI en *Quadragesimo Anno* aclaró que la producción es fruto del esfuerzo combinado de trabajo y capital. Sin embargo, surge una cuestión seria cuando los modelos de IA se nutren del trabajo agregado de escritores, programadores, ilustradores y analistas cuyos aportes pueden quedar sin atribución ni compensación. Si bien el Magisterio no ha emitido un juicio definitivo, la tradición guía la evaluación: ¿la nueva herramienta potencia o reduce el consentimiento, el reconocimiento, la compensación y el bien común?

3. **La concentración de poder:** El Papa León XIII denunció sin rodeos a “un puñado de hombres muy ricos” que oprimían a las masas trabajadoras. El paralelismo actual es innegable: un número limitado de empresas controla los modelos fundacionales, la capacidad informática y los datos esenciales de los que depende la IA contemporánea. Los mercados y la propiedad son legítimos, pero deben servir al bien común –incluido el bienestar espiritual de las personas– y no únicamente al beneficio material. ¿La herramienta potencia o reduce una distribución justa del capital y del poder?

4. **La asociación:** León XIII no concebía al trabajador como un individuo aislado, desprotegido frente al poder. Defendió las “asociaciones obreras”: comunidades de formación, ayuda mutua y responsabilidad compartida, más allá de ser meros instrumentos de negociación. Este principio se aplica directamente a la economía de la IA. Cuando la contratación, evaluación, ascensos y despidos son mediados por sistemas opacos, los trabajadores necesitan instituciones que aseguren la posibilidad de apelación y revisión humana: colegios profesionales, órganos académicos, juntas médicas y otras estructuras intermedias donde el juicio se forma y se hace responsable. ¿La herramienta potencia o reemplaza el bien humano particular de la asociación? Para León XIII, la asociación es un derecho natural, y su propósito es proteger a la persona frente a cualquier tipo de poder impersonal.

**La primacía de la familia en la era de la IA**

Detrás del lugar de trabajo se encuentra la familia, que la Iglesia enseña consistentemente que es anterior en naturaleza y derechos al Estado. León XIII la consideraba la principal beneficiaria de una economía justa. Un padre trabajaba para el sustento de sus hijos; el trabajo de una madre sostenía el hogar; la herencia transmitía los frutos del esfuerzo a la siguiente generación. Esto no era un sentimentalismo, sino una arquitectura social: el cimiento sobre el cual reposaba todo lo demás.

Los impactos económicos de la IA ya están llegando a este nivel fundamental. La disrupción no se limita a las profesiones; la capacidad de las personas para ganarse la vida y sostener a sus familias –ahora y en el futuro– se vuelve incierta. La pregunta de León XIII sobre el salario justo –si el trabajo proporciona al trabajador lo suficiente para mantener un hogar– es exactamente la que una economía marcada por la IA deberá responder. Cuando las carreras estables se fragmentan, cuando el trabajo intelectual de clase media se precariza, cuando los jóvenes adultos no pueden proyectar un futuro lo suficientemente estable como para casarse y tener hijos, el desplazamiento no es solo individual. Es generacional, y nuestra evaluación de los efectos de la IA debe tenerlo en cuenta.

**Continuando el legado leonino**

La doctrina social católica no culminó con *Rerum novarum*. San Juan Pablo II, en *Laborem Exercens*, distinguió entre la dimensión objetiva del trabajo –lo que se produce– y su dimensión subjetiva: la persona que trabaja y se forma a través de ese trabajo. La pregunta de potenciar o reemplazar atiende precisamente a ese significado subjetivo del trabajo. Benedicto XVI, en *Caritas in veritate*, recordó que la tecnología nunca es solo técnica: toda herramienta encierra una concepción de la persona humana y debe insertarse en un horizonte moral, en lugar de convertirse ella misma en el horizonte.

El Papa León XIV ya ha hecho explícita esa continuidad. En su discurso del 10 de mayo de 2025 al Colegio Cardenalicio, explicó que eligió el nombre León porque la Iglesia enfrenta hoy otra revolución social y económica que plantea “nuevos desafíos para la defensa de la dignidad humana, la justicia y el trabajo”. En su mensaje de junio de 2025 sobre ética de la IA, inspirado en *Antiqua et nova*, insistió en que el acceso a los datos no debe confundirse con inteligencia y que la IA debe evaluarse según el desarrollo humano integral. En un discurso de diciembre de 2025 a consultores laborales, el Pontífice expresó la idea en los términos leoninos más sencillos: el trabajo no debe girar en torno al capital, las leyes del mercado o las ganancias, sino “la persona, la familia y su bienestar”.

León XIII insistía en que ninguna solución puramente procedimental podía resolver la cuestión social; solo la religión y la moral podían hacerlo. La cuestión de la IA tampoco puede abordarse separada de la religión y la moral. El procedimiento por sí solo, por eficiente o informado que sea, no puede producir aquello en lo que las personas y las instituciones deben convertirse. Las “cosas nuevas” de cualquier época no deben determinar las cosas humanas. La persona no puede ser reducida a algoritmos del mismo modo que no pudo ser reducida a la industrialización. El llamado de la Iglesia al discernimiento permanece constante, independientemente de las nuevas tecnologías, porque la persona que defiende no cambia. Lo que el Papa León XIV está diciendo se enmarca en un legado que tiene ya 135 años, y *Rerum novarum* sigue siendo un documento crucial para releer mientras el Santo Padre continúa desarrollando la reflexión de la Iglesia sobre la inteligencia artificial.

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