La comunidad de La Línea de la Concepción, en Cádiz, España, despide con profundo pesar a Juan José del Junco Domenech, un sacerdote que este sábado 30 de mayo falleció a los 100 años de edad, dejando tras de sí un legado pastoral que abarcó más de siete décadas y tocó la vida de innumerables familias. Conocido como un “referente espiritual del Campo de Gibraltar”, el Padre Junco fue una figura central en la vida religiosa y social de la región, destacándose por su incansable dedicación y su profunda impronta en la fe.
El deceso del presbítero, quien era Prelado de Honor de Su Santidad, ocurrió en La Línea de la Concepción, la ciudad que lo acogió durante la mayor parte de su vida ministerial. La noticia de su fallecimiento ha generado una ola de condolencias y reconocimientos, destacando la magnitud de su labor y el cariño que supo ganarse entre sus feligreses y vecinos.
Los actos fúnebres en memoria del Padre Juan José del Junco Domenech comenzaron con un responso por su eterno descanso, celebrado este domingo 31 de mayo a las 13:00 horas (hora local) en el emblemático Santuario de la Inmaculada. La ceremonia contó con la presencia de monseñor Ramón Valdivia, Administrador Apostólico de la Diócesis de Cádiz y Ceuta, un claro indicio de la relevancia de su figura dentro de la Iglesia.
El impacto del sacerdote trascendió los círculos eclesiásticos, resonando en la esfera civil de la ciudad. Juan Franco, alcalde de La Línea de la Concepción, lamentó públicamente la pérdida. “Hoy nos ha dejado el Padre Junco, Hijo Adoptivo de nuestra Ciudad (desde 2001) y una persona que deja un gran legado en La Línea de la Concepción. Compartimos el dolor de su familia en estos difíciles momentos. Descanse en paz”, expresó el regidor, palabras que reflejan el profundo respeto y la admiración que la comunidad sentía por él. Su título de “Hijo Adoptivo” es un testamento del arraigo y la huella que dejó en el corazón de la localidad.
Nacido en Tenerife el 4 de marzo de 1926, Juan José del Junco Domenech fue el mayor de sus hermanos y, desde temprana edad, sintió un claro llamado al sacerdocio. Su formación se desarrolló en el seminario, donde pronto sobresalió por su notoria destreza y profundo conocimiento del latín, una habilidad que marcaría su rigor intelectual.
Fue ordenado sacerdote el 26 de junio de 1950 en Cádiz, con apenas 24 años. Su primer destino pastoral lo llevó en marzo de 1951 a la parroquia del Sagrado Corazón, ubicada en La Colonia, donde ejerció su ministerio hasta el año 1958. Ese mismo año, su camino lo condujo a la parroquia de La Inmaculada, también en La Línea de la Concepción, una iglesia que se convertiría en su hogar espiritual y pastoral hasta su jubilación en 2001. A lo largo de sus 76 años de servicio activo, el Padre Junco fue un pilar de fe y guía espiritual.
Un hito fundamental en su vida sacerdotal ocurrió en mayo de 1952, cuando ingresó en la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, una asociación de sacerdotes seculares (diocesanos) cuyo propósito es fomentar la santidad en el ejercicio de su ministerio, siguiendo la espiritualidad del Opus Dei. Según el Opus Dei, el Padre Junco fue uno de los primeros sacerdotes en unirse a esta sociedad, lo que subraya su compromiso inicial con este camino espiritual. Dentro de esta familia espiritual, se desempeñó durante muchos años como director espiritual, guiando tanto a sacerdotes como a laicos en su camino de fe.
Su trayectoria también incluye encuentros significativos con figuras clave del Opus Dei. Entre 1966 y 1976, tuvo la oportunidad de recibir y colaborar con el Padre José Luis Múzquiz, uno de los tres primeros sacerdotes de la Prelatura y una figura fundamental en la expansión de La Obra en Estados Unidos, actualmente en proceso de beatificación.
Quizás uno de los episodios más recordados y venerados de su vida es su encuentro con San Josemaría Escrivá, fundador del Opus Dei. El Padre Junco se reunió en varias ocasiones con el Santo, y en 1972, al finalizar un encuentro con el clero, el P. Luis Múzquiz lo presentó formalmente. Según relata el sitio web del Opus Dei, San Josemaría le dio un beso en el cuello, en un gesto de cariño. Aquel momento fue seguido por un hecho extraordinario: el Padre Junco, que padecía una dolencia de garganta que le impedía predicar con normalidad, experimentó una notable mejoría, sanando tras aquel gesto. Este episodio se ha transmitido como un signo de la especial intercesión del fundador.
El legado del Padre Junco se cimenta en su “fama de santidad” y en el “cariño unánime” de las tres generaciones de familias a las que acompañó en los momentos más trascendentales de sus vidas: bautizos, matrimonios y despedidas finales. Era un “confesor incansable”, siempre disponible para escuchar y ofrecer orientación espiritual. Su profundo amor a la Madre de Dios era palpable, y como expresión de esta devoción, mandó construir una ermita dedicada a la Virgen de Fátima, donde cada día 13 de mes celebraba la Eucaristía en su honor, un ritual que se convirtió en una tradición para muchos.
Incluso en sus últimos meses, a medida que su salud declinaba, el Padre Junco mantuvo viva su vocación. Antes de que su enfermedad se lo impidiera por completo, continuó ofreciendo dirección espiritual a laicos y sacerdotes. Con un permiso especial de su obispo, celebraba la Eucaristía en su propio hogar, y se le permitió tener el Santísimo Sacramento, una gracia que le permitió seguir nutriendo su vida espiritual y la de quienes lo rodeaban hasta el final.
La partida de Juan José del Junco Domenech deja un vacío en La Línea de la Concepción, pero su vida ejemplar, su servicio incondicional y su profunda fe seguirán siendo una fuente de inspiración para la Iglesia y la sociedad, perpetuando su memoria como la de un sacerdote centenario cuyo legado trasciende el tiempo.








