Desde el corazón espiritual de México, la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe, los obispos de Chiapas emitieron un urgente y enérgico llamado a la conversión de quienes siembran la violencia en el estado. Con voces unánimes, los prelados exigieron a los generadores de conflicto: “¡Deténganse! No manchen más sus manos con la sangre de sus hermanos”. Este dramático pronunciamiento se realizó el pasado 31 de mayo, en el marco de la peregrinación anual de la Provincia Eclesiástica de Chiapas, que agrupa a la Arquidiócesis de Tuxtla Gutiérrez y las Diócesis de San Cristóbal de Las Casas y Tapachula. La preocupación de los obispos por la escalada de violencia en la región fue el eje central de su mensaje.
Los líderes religiosos denunciaron que la paz social de Chiapas se ha visto gravemente fracturada por el “control territorial de grupos criminales”. Esta situación, según los obispos, ha derivado en la imposición de una “cultura de muerte” que se manifiesta de múltiples formas, afectando profundamente la vida cotidiana de los ciudadanos. Entre las expresiones de esta cultura de violencia, destacaron las extorsiones que ahogan la economía local, la inseguridad rampante que paraliza a las comunidades y la pérdida de libertad que coarta el desarrollo individual y colectivo. La pugna por el dominio de diversas regiones entre estas organizaciones delictivas ha desencadenado una crisis humanitaria sin precedentes.
Uno de los efectos más desgarradores de estos conflictos es el desplazamiento forzado de miles de familias. Los obispos señalaron que estas personas se ven obligadas a abandonar sus hogares, sus tierras y sus medios de subsistencia, perdiendo no solo sus bienes materiales, sino también, en muchos casos, a seres queridos que han sido víctimas de la violencia. La tragedia se agrava con la crisis de las desapariciones forzadas, una realidad que calificaron como un “drama doloroso” que prolonga el sufrimiento de las familias chiapanecas. La incertidumbre sobre el paradero de sus seres queridos se convierte en una herida abierta que lacera el tejido social y la esperanza.
Además de la violencia directa, los prelados abordaron la persistencia de la pobreza estructural en Chiapas, una problemática intrínsecamente ligada a la migración forzada, especialmente entre los jóvenes. La falta de oportunidades y el desamparo económico empujan a muchos a buscar mejores condiciones de vida fuera de sus comunidades, haciéndolos vulnerables a los riesgos del trayecto y a las redes de la delincuencia organizada. Esta compleja interconexión de factores sociales, económicos y de seguridad crea un círculo vicioso de desesperanza y violencia.
Frente a este sombrío panorama, los obispos de Chiapas hicieron un llamado enérgico a todos los fieles para iniciar un proceso de conversión, que implica un cambio de mentalidad y acción. De manera particular, se dirigieron a los jóvenes, exhortándolos a “no dejarse seducir por las falsas promesas del crimen organizado”. En su lugar, los invitaron a canalizar su “creatividad para sanar a Chiapas, siendo protagonistas en sus comunidades y defendiendo la verdad con audacia”. La visión es que la juventud chiapaneca sea un motor de cambio positivo, capaz de construir un futuro de paz y desarrollo.
Asimismo, pidieron a las comunidades y parroquias transformarse en “hospitales de campaña”, un concepto que evoca la atención y el acompañamiento a quienes más lo necesitan. Este llamado implica la urgencia de no dejar sola a ninguna familia que padezca los estragos de la violencia o la pobreza. Los obispos también instaron a promover la economía solidaria como alternativa al sistema explotador y a la defensa activa de “nuestra Madre Tierra” ante cualquier proyecto que amenace la vida y la sostenibilidad ambiental. Estas acciones buscan fortalecer la resiliencia comunitaria y ofrecer soluciones desde la base social.
El mensaje episcopal también se dirigió a las autoridades de los tres niveles de gobierno –municipal, estatal y federal–, recordándoles su responsabilidad ineludible de atender las causas profundas de la crisis social que azota Chiapas. Los obispos les pidieron “saldar la deuda histórica” con la población chiapaneca, instando a implementar acciones que respeten la dignidad de los pueblos y no se limiten únicamente a programas asistencialistas. Enfatizaron que estos programas, aunque pueden ofrecer alivio temporal, a menudo no tocan la raíz de la miseria ni transforman las estructuras injustas que perpetúan la desigualdad y la violencia. Se requiere un enfoque integral y de largo plazo para construir una paz duradera.
El clamor más directo de los obispos se dirigió nuevamente a quienes persisten en generar violencia en la entidad. “En nombre de Dios”, les rogaron: “¡Deténganse! No manchen más sus manos con la sangre de sus hermanos”. Esta apelación no solo tuvo un componente ético y moral, sino también espiritual, al recordarles que “El juicio de Dios es inevitable, pero su misericordia está abierta para quienes deciden arrepentirse y reparar el daño causado”. Este llamado a la conciencia busca despertar un cambio en el corazón de los perpetradores, ofreciendo una vía hacia la redención y la reconciliación.
Finalmente, los obispos expresaron su firme deseo de que esta peregrinación anual fortalezca el compromiso de todos los católicos de Chiapas. Aspiran a que los fieles se conviertan en verdaderos “misioneros de la reconciliación”, trabajando activamente en sus comunidades para sanar las heridas y reconstruir el tejido social. La visión es la de una Iglesia activa y comprometida, que, junto a la sociedad civil y las autoridades, impulse un futuro de paz, justicia y dignidad para todos los habitantes de Chiapas.








