27 junio, 2026

Roma, Italia. En una jornada dedicada a conmemorar la vida y obra de San Josemaría Escrivá, fundador del Opus Dei, el Prelado de la prelatura personal, Mons. Fernando Ocáriz, ofreció una profunda reflexión sobre la espiritualidad del trabajo y la imperativa necesidad de fomentar la unidad en una sociedad contemporánea que a menudo se muestra dividida. Durante la homilía de la Eucaristía celebrada este 26 de junio en la parroquia San Eugenio de Roma, Mons. Ocáriz subrayó cómo la fatiga inherente a las labores cotidianas puede transformarse en una vía genuina para el encuentro con lo divino.

El líder del Opus Dei, cuya voz resonó con claridad en el templo romano, enfatizó que la enseñanza central de San Josemaría Escrivá invita a ver el cansancio y las dificultades laborales no como impedimentos, sino como oportunidades. “San Josemaría, cuya fiesta celebramos hoy, enseñó que el cansancio y la fatiga propios del trabajo pueden ser también lugar de encuentro con Dios. No porque el cansancio desaparezca, sino porque tenemos la seguridad de que el Señor nos mira, nos acompaña y está a nuestro lado”, expresó Ocáriz, citando las profundas raíces de la espiritualidad de la Obra. Esta perspectiva, continuó el Prelado, ofrece un consuelo y una esperanza inquebrantables, incluso cuando las fuerzas físicas y mentales se agotan, una experiencia que comparó con la fatiga experimentada por los apóstoles.

La convicción de tener un Dios Padre, un ser protector y sustentador, se erige como un pilar fundamental que infunde esperanza en las luchas diarias. Mons. Ocáriz profundizó en esta idea, articulando cómo esta certeza divina fortalece el espíritu ante las adversidades y la debilidad que puede generar el esfuerzo constante. Es precisamente en el corazón de la vida secular, en el entramado de las responsabilidades profesionales y personales, con sus logros y sus reveses, donde los fieles están llamados a encarnar y difundir el mensaje de Cristo. “Es ahí, en medio del mundo, en las tareas y en las luchas cotidianas, con sus éxitos y sus fracasos, donde estamos llamados a llevar el mensaje de Cristo”, afirmó. Esto se manifiesta en la dedicación al trabajo bien hecho, en el servicio desinteresado a los prójimos, en el cuidado de la familia y el entorno convivencial, y en la manera virtuosa de enfrentar las tribulaciones diarias.

Al ejecutar estas acciones con amor y con una mirada puesta en Dios, explicó Mons. Ocáriz, los cristianos se convierten en sembradores de la buena nueva del Evangelio en todos los rincones de la sociedad. Esta labor evangelizadora en lo ordinario, puntualizó, no es otra cosa que el cumplimiento del mandato divino de “cultivar la tierra y custodiarla”, tal como se evoca en las Escrituras.

Más allá del ámbito laboral, el Prelado abordó otra dimensión crucial de la misión cristiana: ser artífices de paz y alegría en un mundo caracterizado por la fragmentación. “Una manera especialmente importante, y muy propia de quienes se saben hijos de Dios, de contribuir a esa transformación del mundo es ser sembradores de paz y de alegría”, declaró. Reconoció que las disparidades de opinión y las diferencias de sensibilidad pueden, en ocasiones, erigir barreras aparentemente infranqueables entre las personas. Sin embargo, hizo un llamado enfático a rechazar la enemistad: “No nos sintamos jamás enemigos de nadie. Quien se sabe hijo de Dios no puede mirar a los demás como adversarios, porque los ve como hermanos y reconoce el amor que el Señor les tiene”.

En un contexto global marcado por la polarización y la desunión, cada creyente está convocado a restaurar los lazos fraternos, comenzando por su círculo más próximo. La clave para esta reconstrucción, según Ocáriz, reside en reconocer que los elementos que unen a la humanidad son, en esencia, mucho más poderosos y determinantes que aquellos que pueden provocar la separación. Para ilustrar su punto, el Prelado recurrió al ejemplo de los primeros cristianos, a quienes San Josemaría profesaba una gran devoción. A pesar de haber sido víctimas de maltratos, persecuciones e intentos de aniquilación, su testimonio de amor incondicional, tanto entre ellos como hacia sus propios verdugos, fue innumerables. Fue precisamente a través de esta caridad radical, capaz de trascender las barreras del odio y llegar incluso al adversario, como contribuyeron de manera decisiva a la transformación de las estructuras sociales de su época.

**San Josemaría Escrivá: Un legado de santidad en lo cotidiano**

La Iglesia Católica conmemora cada 26 de junio a San Josemaría Escrivá de Balaguer y Albás (1902-1975), una figura trascendental del siglo XX. Este sacerdote español fundó el Opus Dei en 1928, con la misión de difundir la llamada universal a la santidad en medio del mundo, a través de la vida corriente. Su obra más conocida, *Camino* (1934), ha sido una guía espiritual para millones de católicos, enfatizando que el trabajo, la vida familiar y las responsabilidades diarias no son obstáculos, sino vehículos privilegiados para el encuentro personal con Dios. Escrivá de Balaguer fue canonizado por el Papa San Juan Pablo II en el año 2002, dejando un legado espiritual que sigue inspirando a buscar la plenitud de la fe en la normalidad de la existencia.

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