28 julio, 2026

La Basílica y Santuario Nacional de Nuestra Señora de Luján, epicentro de la fe católica en Argentina, se convirtió este domingo 28 de junio en un faro de esperanza y solidaridad para el pueblo venezolano. Una multitud de fieles se congregó para unirse en oración tras los devastadores terremotos ocurridos el pasado miércoles, que dejaron un rastro de destrucción, miles de víctimas y un profundo dolor en la capital de Venezuela y sus zonas aledañas.

La magnitud de la catástrofe ha sido sobrecogedora. Las cifras preliminares reportan miles de personas fallecidas, incontables heridos y un número significativo de desaparecidos, lo que ha generado una movilización sin precedentes de equipos de búsqueda y rescate, tanto nacionales como internacionales. Esta situación de emergencia ha conmovido a la comunidad global, y Argentina, a través de su principal santuario mariano, extendió su apoyo espiritual y fraterno.

La Eucaristía, momento central de esta jornada de plegaria, fue presidida por el Arzobispo de Mercedes-Luján, Monseñor Jorge Eduardo Scheinig. Al dar inicio a la celebración, el prelado destacó la trascendencia de la Basílica de Luján como un espacio sagrado que acoge a devotos de todo el país y de otras naciones. “Es un santuario que recibe a muchísimas personas de todos lados, y hoy queríamos rezar especialmente por Venezuela”, expresó Monseñor Scheinig, subrayando el carácter universal de la Basílica como casa de la Virgen y punto de encuentro espiritual.

El arzobispo instó a la congregación a meditar sobre el calvario que atraviesa Venezuela. “A este país le toca vivir ahora momentos muy difíciles, por esta catástrofe que significó el terremoto. Pensemos en las personas fallecidas, sus familias. En un minuto muchísimas personas quedaron sin nada, sin nada. Perdieron todo”, lamentó, conmovido por la tragedia. Su mensaje se extendió también a los héroes anónimos: “Recemos por los rescatistas, por todos los que están trabajando. Seamos solidarios con ellos en la oración”. Monseñor Scheinig enfatizó la oración como una “fuerza invisible” capaz de trascender distancias y ofrecer consuelo, invitando a un momento de profundo silencio para elevar plegarias a Dios y a la Virgen por la nación sudamericana.

La homilía del arzobispo se adentró en una profunda reflexión sobre las prioridades humanas, aquellos elementos que, según sus palabras, “pesan más que otras cosas” y tienen la capacidad de “ordenar” o “desordenar” nuestra existencia. “Si vos tenés buenas prioridades, estás en paz. Pero si elegís mal tus prioridades, eso te confunde, te llena de angustia, no te ayuda a vivir bien”, afirmó, invitando a una introspección constante sobre lo verdaderamente importante. En este sentido, Scheinig planteó la necesidad de “animarse a revisar las prioridades de vez en cuando”.

El prelado profundizó en cómo la fe ofrece una guía fundamental en esta revisión. “Jesús nos ayuda a ordenar nuestras prioridades”, explicó, señalando que para Jesús, “Dios está en primer lugar”. Por ello, aconsejó a los fieles seguir este ejemplo: “Ponelo a Dios en primer lugar y no te vas a arrepentir”. Instó a los presentes a interrogarse: “¿Qué lugar ocupa Dios? ¿Qué lugar ocupa la Misa? […] En la lista de mi vida, ¿dónde está Dios?”, planteando preguntas existenciales clave para la vida espiritual y diaria.

Según Monseñor Scheinig, ubicar el amor divino en la cima de nuestras prioridades es transformador. “Si ponés el amor de Dios en primer lugar, si en tu vida vos amás a Dios, ese amor es tan bueno, es tan puro, es tan luminoso, que te ordena toda la vida, te ayuda a entender toda la vida”, sostuvo. Subrayó que “Dios no te quita nada, te llena la vida de amor”, y que “poner a Dios en primer lugar significa apostar, arriesgar, llenar el corazón de amor y eso te ayuda a amar de otra manera a todos y a todo, amar mejor”. Esta perspectiva, argumentó, proporciona una base sólida para enfrentar las contradicciones del mundo.

El arzobispo ilustró esta idea al referirse a la polaridad que a menudo experimentamos: “Fíjense qué extraño que es el mundo. Hoy la televisión muestra escenas tremendas. Yo estaba viendo el noticiero y vi un chiquito que estaba llorando, que había quedado perdido solo por el terremoto, y se te parte el corazón. Pero al rato estamos viendo el partido de Argentina”. Esta dicotomía, dijo, se extiende a otras realidades, como las “escenas de guerras, de personas inmigrantes que no tienen nada, que viven en una carpita”, frente a los momentos de celebración personal, como un cumpleaños de quince. “Así es la vida. La vida es esa mezcla rara de cosas lindísimas y cosas dolorosísimas”, reflexionó.

Sin embargo, Monseñor Scheinig enfatizó que esta aparente incoherencia no debe desorientarnos. “Pero cuando tu corazón tiene prioridades, no te confundís”, aseguró. “Y entonces sí, podemos alentar a la selección, pero mi prioridad no es el fútbol, mi prioridad es la vida, es lo que le pasa al otro. No me dejo atontar por las cosas de la vida”, advirtió. Una jerarquía de valores clara nos permite mantener la sensibilidad frente al sufrimiento y actuar con coherencia. “Si Dios es tu prioridad, sos capaz de no perder sensibilidad frente al dolor. Estás ubicado en la vida. Podés ver el Mundial, pero te das cuenta de que esa no es la prioridad. Tu vida está ordenada. Sabés dónde estás parado, qué querés, qué es lo que no querés”, continuó.

En este marco de prioridades bien establecidas, la oración por los venezolanos adquiere un significado aún más profundo: “Dios, dale fuerza a tanta gente que le cambió la vida en un instante”. Además, el arzobispo extendió la invitación a la acción tangible. “También nos animamos a la solidaridad, nos animamos a dar plata, bienes, compartir lo que tenemos con aquellos que están necesitados, porque tu corazón está ordenado, está con Dios”, puntualizó.

Monseñor Scheinig concluyó su homilía reconociendo que “la vida nos está presentando momentos del mundo complejos, difíciles”, pero renovando la esperanza de que, al colocar a Dios en el primer lugar de nuestras prioridades, “podamos mantener nuestra condición de buenas personas”. La oración colectiva en Luján no solo fue un acto de fe por Venezuela, sino también un poderoso llamado a la reflexión sobre cómo nuestras decisiones diarias y nuestras prioridades definen nuestra capacidad de amar, de ser solidarios y de mantener la humanidad frente a la adversidad.

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