En el corazón de Nicaragua, la Iglesia católica enfrenta una “feroz persecución” por parte de la dictadura de Daniel Ortega y Rosario Murillo. En medio de un clima de extrema vigilancia y represión, un sacerdote, cuya identidad se mantiene en el anonimato por razones de seguridad, ha ofrecido un conmovedor testimonio sobre la resistencia de la fe desde lo que él denomina las “catacumbas de la prudencia”. Su voz, recogida el pasado 3 de julio, resuena en un momento crítico, marcado por la reciente detención del Obispo Emérito de Estelí, monseñor Abelardo Mata.
Según fuentes cercanas a la Iglesia nicaragüense, monseñor Mata fue detenido por segunda vez y, hasta la fecha, se desconoce su paradero exacto, desmintiendo rumores sobre un posible arresto domiciliario. Este hecho subraya la creciente vulnerabilidad del clero y la comunidad católica en el país. El sacerdote anónimo, en su diálogo, desgranó las complejidades de mantener la labor pastoral bajo la constante amenaza del régimen, asegurando que el aparente silencio de la Iglesia no debe confundirse con indiferencia. “Es en realidad un silencio de prudencia, de profunda responsabilidad pastoral”, afirmó.
La dictadura de Ortega y Murillo ha intensificado su ofensiva contra la Iglesia en los últimos años, relegando la expresión de fe al ámbito privado y a los muros de los templos. La represión se ha manifestado en el exilio forzado de varios obispos y la prohibición de ordenaciones sacerdotales y diaconales en diócesis clave como Estelí, Jinotega, Matagalpa y Siuna. Esta ausencia de figuras pastorales visibles no solo impacta la administración eclesiástica, sino que dificulta el acompañamiento espiritual y la cohesión de la comunidad, generando una profunda “fragmentación” y una “constante incertidumbre” entre los fieles.
La vida diaria de los sacerdotes en Nicaragua está marcada por una vigilancia implacable. El anuncio del Evangelio y la predicación se realizan bajo una enorme presión, con la conciencia de que cualquier palabra puede ser “malinterpretada” o utilizada para tildarlos de “opositores” o “desestabilizadores”. “La vigilancia es real, es constante. Decimos aquí que ‘hasta las paredes oyen’”, relató el presbítero, describiendo cómo esta atmósfera de control ha fragmentado incluso la comunicación interna, sembrando desconfianza, una consecuencia “casi lógica en un entorno donde el control es la norma”. La policía asedia a los sacerdotes, documenta sus movimientos y exige ser informada sobre sus actividades, llegando incluso a encarcelar o desterrar a aquellos que abordan problemas sociales en sus homilías.
Este escenario ha obligado a los miembros del clero a adoptar una estrategia de “sigilo extremo”. El sacerdote enfatizó que esta postura no es cobardía, sino “astucia, diría yo, como la astucia de la serpiente y la sencillez de las palomas de las que nos habla Jesucristo en el Evangelio”. Cada paso y cada palabra deben ser calculados para no “cruzar esa línea invisible que justifique una acusación de sublevación”, permitiéndoles continuar acompañando al pueblo. “La Iglesia en Nicaragua no ha desaparecido. No, no se ha rendido. Está resistiendo. Estamos resistiendo en el silencio”, subrayó, reafirmando el compromiso de “sostener la fe de la gente desde las catacumbas de la prudencia, esperando tiempos de mayor libertad”.
Respecto a la postura de la Santa Sede, el sacerdote nicaragüense expresó una profunda comprensión por el “silencio del Vaticano”. Explicó que la comunión eclesial trasciende los comunicados públicos, y que existen oraciones y “gestos diplomáticos que no hacen ruido”. Considera que, en la actual coyuntura, generar divisiones es lo último que el pueblo de Nicaragua necesita, priorizando en cambio el mantenimiento de la esperanza viva en la Iglesia. Esta visión refleja un entendimiento de la compleja situación global y la discreción que a menudo caracteriza la diplomacia vaticana bajo el pontificado de Papa León XIV.
A pesar del aislamiento aparente, la Iglesia nicaragüense no se siente sola. El sacerdote enfatizó el principio de que “cuando un miembro sufre, todo el cuerpo sufre con él”, un reflejo de la solidaridad de la Iglesia universal. Sienten el apoyo y el sufrimiento compartido de la comunidad global de fieles, aunque las formas de este sostenimiento deban ser discretas. Esta comprensión se extiende a aquellos que puedan presionar o criticar la inacción desde el exterior, ya que la prioridad es “proteger la misma labor pastoral, sobre el terreno, para que el pueblo de Dios no quede en el abandono”.
La esperanza, sin embargo, persiste. El sacerdote concluyó su testimonio con el anhelo de un futuro en el que puedan “actuar desde la libertad” y vivir la fe sin restricciones, reconociendo al mismo tiempo que la realidad actual exige una resistencia silenciosa y estratégica, una fe que se sostiene desde la prudencia en espera de tiempos mejores.








