Camagüey, Cuba – La comunidad católica de Camagüey vivió una jornada de profunda alegría y significado el pasado 25 de julio de 2026, con la bendición de un nuevo retablo en la histórica iglesia Santa Ana. Este acto, que coincide con la víspera de la fiesta de Santa Ana y San Joaquín, patronos de los abuelos de Jesús, representa la culminación de un anhelo que se gestó durante más de seis décadas, materializado gracias a la generosa solidaridad de fieles de la Diócesis de Palm Beach, en Estados Unidos.
La iglesia de Santa Ana, joya arquitectónica construida en 1697, ostenta una rica historia que se entrelaza con el desarrollo de Camagüey. Su altar mayor, núcleo espiritual del templo, estuvo tradicionalmente adornado por un majestuoso retablo. Sin embargo, en la década de 1960, un periodo de profundas transformaciones sociales y políticas en Cuba, los sacerdotes belgas que administraban la parroquia en aquel entonces decidieron desmantelar la pieza original, reemplazándola por un crucifijo. Esta decisión, aunque quizás motivada por corrientes litúrgicas de la época o circunstancias específicas, dejó un vacío en el corazón de la comunidad y en la estética del templo. El crucifijo, no obstante, permaneció como un elemento central de la devoción.
A pesar del paso del tiempo y de los desafíos inherentes a las décadas de la revolución comunista y la subsiguiente crisis económica, el recuerdo del retablo original nunca se desvaneció por completo. Las fotografías antiguas y las historias transmitidas por los feligreses de mayor edad mantenían viva la memoria de aquella pared blanca que alguna vez lució un espléndido ornamento artístico y espiritual. Este legado intangible alimentó el deseo persistente de la comunidad de ver restaurada la belleza perdida de su altar. La reconstrucción de esta pieza no solo representa un rescate artístico, sino también un símbolo de resiliencia y la profunda conexión de la feligresía con su herencia cultural y religiosa, a pesar de las adversidades que obstaculizaron iniciativas similares por décadas.
Fue en el año 2023 cuando este anhelo largamente postergado recibió un nuevo e inesperado impulso. Gracias a la providencia y la colaboración internacional, se pudo iniciar el ambicioso proyecto de reconstrucción. Los fondos necesarios para llevar a cabo esta obra trascendental fueron donados por los fieles de la parroquia Santa Ana de Palm Beach, en Florida, Estados Unidos. Esta muestra de hermandad y apoyo transnacional permitió superar los obstáculos económicos que durante tanto tiempo habían impedido la realización de la iniciativa. El proyecto no buscó replicar ciegamente el pasado, sino integrar lo nuevo con lo que ya era parte de la historia reciente del templo: el nuevo retablo fue diseñado cuidadosamente para dejar un espacio central para el crucifijo que ha acompañado a la comunidad desde los años sesenta, simbolizando la continuidad y la evolución de la fe en el lugar.
La labor artística y artesanal para crear el nuevo retablo fue encomendada a talentosos creadores cubanos. Los artistas Frank Alexander Casas Rivas, Daniel Destrade Marín y José Agustín Oval Gómez, junto con el experimentado carpintero Enrique José Guerra, dedicaron su talento y esfuerzo a materializar esta visión. Su trabajo no solo restituye una pieza de gran valor estético, sino que también enriquece el patrimonio religioso y cultural de Camagüey, ofreciendo un nuevo foco de contemplación y oración para los fieles. La bendición de esta obra se llevó a cabo durante una solemne Misa presidida por el Arzobispo de Camagüey, Monseñor Wilfredo Pino Estévez, quien estuvo acompañado por el párroco de Santa Ana, el Padre José Bastián, así como por otros sacerdotes y diáconos de la arquidiócesis, en una celebración que congregó a numerosos miembros de la comunidad.
Durante la emotiva ceremonia, Monseñor Pino Estévez dedicó palabras de profundo reconocimiento y afecto a Enrique Cabrera Nápoles, cariñosamente conocido en Cuba como “Fidelito”. Cabrera Nápoles es una figura emblemática de la comunidad parroquial de Santa Ana, reconocido por su fervor y su incansable labor. Durante años, “Fidelito” había mantenido viva la esperanza de ver la restauración del retablo, siendo un testigo clave de su ausencia y un motor para su regreso. El Arzobispo también aprovechó la ocasión para agradecer a Cabrera Nápoles por su inestimable contribución al traer a Cuba la obra de la Infancia Misionera, una iniciativa pastoral que desde principios de la década de 1990 ha logrado extenderse por toda la isla. Esta obra se dedica a la evangelización de niños y sus familias, inculcando valores cristianos y fomentando la participación activa de los más jóvenes en la vida de la Iglesia, dejando una huella profunda en la formación de nuevas generaciones de católicos cubanos.
Por su parte, el Padre José Bastián, párroco de Santa Ana, expresó su sincero agradecimiento a todas las personas y entidades que, tanto desde Cuba como desde el extranjero, hicieron suyo este ambicioso proyecto. Hizo una mención especial a la parroquia Santa Ana de Palm Beach y a su párroco, el Padre Quesnel Delvard, quien desempeñó un papel fundamental en la coordinación y el liderazgo del apoyo financiero y espiritual desde Estados Unidos. Este gesto de hermandad transfronteriza subraya la capacidad de la fe para unir comunidades y trascender barreras geográficas y políticas, construyendo puentes de solidaridad y esperanza en un mundo a menudo dividido. La recuperación del retablo de la iglesia Santa Ana de Camagüey no es solo una victoria arquitectónica, sino también un testimonio vivo de la fe inquebrantable, la memoria histórica y la poderosa fuerza de la cooperación internacional en pro de un bien común.








