28 julio, 2026

Líbano ha sido testigo de un evento histórico para la Iglesia maronita y la nación, con la beatificación del Patriarca Elías Hoyek (1843-1931), figura trascendental en la historia contemporánea del país. La solemne ceremonia, que lo elevó a los altares como el “Padre del Gran Líbano”, se celebró el pasado sábado en la sede patriarcal de Dimane, congregando a líderes eclesiásticos y políticos, y poniendo de manifiesto la profunda huella que Hoyek dejó en la sociedad libanesa.

La celebración fue presidida por el actual Patriarca maronita, el Cardenal Bechara Boutros Rai, y contó con la destacada presencia del Cardenal Marcello Semeraro, prefecto del Dicasterio para las Causas de los Santos, quien viajó en representación oficial del Papa León XIV. Asimismo, entre los asistentes se encontraba el presidente de la República Libanesa, Joseph Aoun, recién llegado de una visita a Washington D.C. que incluyó una histórica cumbre en la Casa Blanca con el presidente estadounidense, Donald Trump, la primera desde 2009. También participaron numerosas autoridades civiles y religiosas del Líbano, evidenciando el reconocimiento transversal a la figura del nuevo beato.

Elías Hoyek es ampliamente reconocido por su papel fundamental en la configuración del Estado libanés moderno. Tras el colapso del Imperio otomano y el fin de la Primera Guerra Mundial, el Patriarca Hoyek desplegó una intensa labor diplomática. Viajó a la Conferencia de Paz de París en 1919 con una misión clara: defender vehementemente el derecho de los libaneses a establecer su propia entidad política independiente frente a las potencias vencedoras. Su intervención resultó decisiva para que, en 1920, se proclamara el Gran Líbano, un hito que sentó las bases de la nación actual.

Más allá de sus logros políticos, Hoyek promovió una visión inclusiva y plural del país, cimentada en la convivencia armónica entre las diversas comunidades religiosas. Abogó por un modelo de nación multiconfesional, donde la diversidad no fuera fuente de conflicto, sino una riqueza cultural y social. Esta perspectiva, adelantada a su tiempo, le valió el respeto y el reconocimiento histórico como uno de los principales arquitectos de la identidad libanesa moderna.

Otra faceta prominente de su legado es su inquebrantable compromiso con los más vulnerables. Durante la devastadora Gran Hambruna que azotó el Monte Líbano entre 1915 y 1918, el Patriarca Hoyek no dudó en abrir las puertas de conventos, monasterios y residencias patriarcales para ofrecer refugio y alimento a huérfanos y familias enteras asoladas por la escasez. Su generosidad llegó a tal punto que hipotecó propiedades del Patriarcado para obtener los recursos necesarios y socorrer a la población, sin hacer distinción alguna de credo religioso. Estos actos de caridad dejaron una huella imborrable en la memoria colectiva del país. Cuando le preguntaban cómo compensaría tales sacrificios económicos, su respuesta era sencilla y plena de fe: “Dios proveerá”. Por su entrega, el pueblo lo comenzó a llamar “el patriarca de los pobres y de los oprimidos”.

La beatificación de Elías Hoyek ha sido posible gracias a la atribución de un milagro singular: la curación inexplicable de un hombre musulmán de la comunidad drusa, una minoría religiosa en Oriente Próximo. Este hecho es considerado por muchos como un signo profundo del espíritu de diálogo y convivencia que el Patriarca siempre defendió. El beneficiario del milagro, un oficial del ejército libanés, casado y padre de tres hijos, originario de Hasbaya, sufrió desde 2005 intensos dolores de espalda y columna vertebral, agravados tras una caída desde cinco metros de altura.

Los exámenes médicos, incluyendo una tomografía computarizada (TAC), diagnosticaron una espondilólisis bilateral, una enfermedad crónica con un pronóstico estable y grave durante meses. Sin embargo, una mañana de abril de 2005, el hombre despertó completamente sin dolor y recuperó la movilidad plena. Atribuyó su sanación a un sueño en el que vio a un anciano vestido de blanco con un bastón, figura que posteriormente identificó como el Patriarca Hoyek, a quien afirmaba no haber conocido previamente. Su recuperación fue total, permitiéndole retomar su vida y actividades, incluyendo su servicio militar.

El Dicasterio para las Causas de los Santos del Vaticano, tras un riguroso análisis, confirmó la certeza moral de la intercesión del Patriarca. Los elementos objetivos del caso, como la curación súbita e inexplicable, y la sorprendente coincidencia entre el sueño y la figura del beato, a quien el militar desconocía, fueron determinantes. El dicasterio subrayó además que la acción divina a través de los sueños está documentada en las Escrituras, y que en algunos milagros de Jesucristo tampoco hubo una “petición explícita previa” por parte del beneficiado, lo que no anula el carácter sobrenatural de la intervención.

Además de su labor patriótica y caritativa, el nuevo beato consolidó la vida eclesial del Líbano. En 1895, fundó la Congregación de las Hermanas Maronitas de la Sagrada Familia, dedicada a la educación, la evangelización y la asistencia social. También impulsó la formación del clero, el desarrollo de misiones y numerosas obras de misericordia. Nacido en Helta, en la Diócesis de Batroun, e hijo de un sacerdote, Hoyek se formó en seminarios locales y en Roma, en el Pontificio Colegio Urbano de Propaganda Fide. Fue ordenado sacerdote en 1870, y tras servir como profesor y secretario patriarcal, fue nombrado obispo en 1889. En 1899, fue elegido Patriarca maronita, cargo que ocupó hasta su fallecimiento en 1931. Sus restos descansan hoy en Ibrine, junto a la casa madre de la congregación que fundó, testimonio perenne de su legado.

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