4 agosto, 2026

Cúcuta, Colombia – La diócesis de Cúcuta, a través de su obispo, Monseñor José Libardo Garcés, ha expresado su enérgica condena ante el reciente atentado terrorista perpetrado el 1 de agosto contra la sede de la Policía Nacional DENOR en la capital de Norte de Santander. El ataque, atribuido por las autoridades al Ejército de Liberación Nacional (ELN), dejó un saldo de once policías y tres civiles heridos, sumiendo a la comunidad en una atmósfera de dolor, miedo e incertidumbre.

“Rechazamos todo acto violento que produce dolor, miedo e incertidumbre en nuestra comunidad”, manifestó Monseñor Garcés en un comunicado oficial. La declaración del prelado subraya la creciente preocupación por la escalada de la violencia en esta estratégica región fronteriza, que históricamente ha sido un epicentro de conflictos armados y actividades de grupos ilegales. La voz de la Iglesia, en este contexto, emerge como un clamor por la vida y la dignidad humana, reiterando su compromiso con la búsqueda de la paz.

El violento suceso, que empleó un carro bomba, se registró aproximadamente a las 3:20 de la madrugada del sábado 1 de agosto. La potente explosión no solo causó heridas al personal uniformado y a transeúntes, sino que también provocó cuantiosos daños materiales en locales comerciales, viviendas aledañas y vehículos estacionados en las inmediaciones del complejo policial. La magnitud de la detonación evidenció la capacidad destructiva de este tipo de ataques, afectando directamente la tranquilidad de los habitantes de Cúcuta y la infraestructura urbana.

Las autoridades reaccionaron de inmediato ante la gravedad del atentado. El ministro de Defensa, Pedro Sánchez, no tardó en señalar al ELN como responsable directo del acto terrorista, reforzando la hipótesis sobre la persistente amenaza de este grupo armado en el territorio colombiano. En un esfuerzo por esclarecer los hechos y capturar a los culpables, el ministro Sánchez anunció una recompensa de 200 millones de pesos colombianos para quien proporcione información útil que conduzca a la identificación y aprehensión de los autores materiales e intelectuales del ataque. Esta medida busca fomentar la colaboración ciudadana en un entorno donde el miedo a represalias a menudo silencia a testigos y víctimas.

En su contundente mensaje, Monseñor Garcés enfatizó que actos de esta índole “vulneran los derechos fundamentales de los nortesantandereanos”, profundizando aún más los niveles de inseguridad y sufrimiento que caracterizan a esta zona de frontera con Venezuela. La ubicación geográfica de Norte de Santander, en un punto neurálgico para el tránsito de personas, mercancías lícitas e ilícitas, así como la presencia histórica de diversos actores armados, lo convierte en un territorio de particular complejidad para la consolidación de la paz y el respeto por los derechos humanos.

El obispo manifestó su profunda cercanía y solidaridad con las familias afectadas por el atentado, quienes ahora enfrentan la recuperación de sus seres queridos y la reconstrucción de sus bienes. Al mismo tiempo, hizo un llamado vehemente a todos los grupos armados involucrados en la violencia regional a no dejarse “envolver en el ‘remolino de la violencia que se agita con el odio y la venganza’”. Esta exhortación de la jerarquía eclesiástica resalta la necesidad de romper el ciclo de retaliaciones y confrontaciones que históricamente ha marcado el conflicto armado interno en Colombia.

Dirigiéndose específicamente a los grupos armados, Monseñor Garcés fue claro en su petición: “A los grupos armados les exhortamos a respetar la vida, los derechos humanos y el Derecho Internacional Humanitario”. Esta triple exigencia —respeto a la vida, a los derechos fundamentales y a las normas que rigen los conflictos armados— es un pilar fundamental en la posición de la Iglesia colombiana frente a la violencia, buscando mitigar el impacto sobre la población civil y promover un comportamiento ético incluso en medio de la guerra. La alusión al Derecho Internacional Humanitario (DIH) es crucial, pues busca recordar a los actores armados sus obligaciones en la protección de no combatientes y bienes civiles.

La región de Norte de Santander, y en particular Cúcuta, ha sido durante décadas un escenario recurrente de confrontaciones entre el ELN, disidencias de las FARC y otros grupos delictivos, que se disputan el control territorial para la financiación ilícita a través del narcotráfico, la minería ilegal y el contrabando. Esta situación ha generado un clima de constante zozobra para sus habitantes, quienes se encuentran atrapados en medio de fuegos cruzados y extorsiones. El atentado del 1 de agosto no es un hecho aislado, sino que se inscribe en un patrón de violencia que la Iglesia local y diversas organizaciones de la sociedad civil han venido denunciando con insistencia.

Frente a este panorama, Monseñor José Garcés culminó su comunicado con una invitación a todos los fieles y a la sociedad en general a unirse en oración. El objetivo de esta plegaria colectiva es implorar a Dios “para que conceda a nuestra región el don del perdón, la reconciliación y la paz”. Esta invocación religiosa no solo busca el consuelo espiritual, sino que también refuerza el mensaje de la Iglesia como actor clave en la construcción de puentes de diálogo y en la promoción de una cultura de paz que supere la polarización y la violencia armada en Cúcuta y en toda Colombia. La insistencia en el perdón y la reconciliación es un reflejo de la visión de la Iglesia sobre cómo sanar las heridas profundas dejadas por años de conflicto.

El atentado en Cúcuta es un recordatorio de los desafíos persistentes que enfrenta Colombia en su camino hacia una paz duradera. Mientras el gobierno intensifica sus operaciones de seguridad y busca nuevas vías de diálogo con los grupos armados, la voz de la Iglesia continúa siendo un faro de esperanza y un llamado constante a la construcción de una sociedad más justa y pacífica.

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