DENVER, Colorado – En un discurso inaugural que resonó con profundidad teológica y pertinencia contemporánea, el arzobispo Paul Coakley, presidente de la Conferencia de Obispos Católicos de los Estados Unidos (USCCB), ofreció una clara diferenciación entre el patriotismo genuino y el nacionalismo desvirtuado. Su intervención tuvo lugar durante la cena de apertura de la 144ª Convención Suprema de los Caballeros de Colón, celebrada el 4 de agosto de 2026 en el Gaylord Rockies Resort and Convention Center de Denver.
El líder de la USCCB enfatizó que el verdadero amor por la patria no es meramente una inclinación política, sino una virtud enraizada en principios religiosos. “El patriotismo no es, ante todo, una virtud política; es una virtud religiosa”, declaró el arzobispo de Oklahoma City ante los asistentes. Esta convicción, según explicó, surge de manera orgánica del cuarto mandamiento, que insta a honrar a los padres, extendiendo esta forma de amor familiar a la comunidad nacional.
Coakley, quien también es miembro del cuarto grado de los Caballeros de Colón, fundamentó sus argumentos en la tradición de la Iglesia, citando al influyente teólogo Santo Tomás de Aquino. En su monumental “Suma Teológica”, Santo Tomás aborda la virtud de la piedad, equiparando los deberes hacia la nación con aquellos que se tienen hacia los progenitores. “Los principios de nuestro ser y gobierno son nuestros padres y nuestra patria, que nos han dado el nacimiento y el sustento”, parafraseó Coakley del texto aquiniano. De este modo, la piedad, después de la adoración a Dios, se extiende al honor debido a nuestros padres y a nuestra patria.
El prelado profundizó en esta analogía, explicando que las personas mantienen una deuda particular de gratitud y compromiso con su familia que no tienen con extraños. Esta relación única se traslada a la esfera nacional. “Del mismo modo, el patriotismo es el reconocimiento de una deuda semejante de gratitud hacia nuestra patria”, afirmó. Subrayó que esta gratitud no implica la creencia en la superioridad de la propia nación sobre todas las demás, sino el reconocimiento de que, a pesar de sus imperfecciones, es la nación a través de la cual Dios nos ha concedido la vida, el idioma, la libertad y los innumerables dones cotidianos que estructuran nuestra existencia.
El arzobispo Coakley destacó que esta virtud del patriotismo trasciende fronteras, aplicándose a “todas las personas de todas las naciones”, tal como lo recoge el Catecismo de la Iglesia Católica: “El amor y el servicio de la patria forman parte del deber de gratitud y del orden de la caridad”.
Una comprensión católica adecuada del patriotismo, según el arzobispo, se aleja de la “lealtad ciega” o de cualquier forma de “orgullo tribal”. Más bien, se basa en la “gratitud”, una virtud que debería inspirar a un hijo hacia la madre que lo crió. “La Iglesia nunca nos ha pedido que amemos a nuestra patria en lugar de amar a Dios, ni que la amemos más de lo que amamos la verdad”, aclaró. Simplemente, reconoce la deuda inherente con el lugar que nos dio la vida, y la negligencia de este deber es una forma de ingratitud.
Coakley argumentó que la mayoría de las personas no elige su país, del mismo modo que no elige a sus padres. Sin embargo, nuestro país moldea gran parte de nuestra identidad. Para el arzobispo, nada de esto es fortuito, sino que responde a la divina providencia. “Nuestro Padre Celestial colocó a cada uno de nosotros en este momento, en estas circunstancias y en el lugar en el que nos encontramos por una razón”, aseveró. Así, nuestro amor por la patria y el deseo de su justicia y perfección son una participación en el plan providencial de Dios para nuestras vidas y para las generaciones futuras.
El arzobispo Coakley insistió en diferenciar claramente el patriotismo del nacionalismo, una distinción crucial. Reconoció que el amor por la patria puede desviarse gravemente. “El patriotismo, tal como lo han entendido siempre los Caballeros de Colón, no consiste en aprobar sin espíritu crítico todo lo que nuestro país ha hecho, disculpar sus injusticias o tratar su poder como un fin en sí mismo”, explicó. El nacionalismo, por el contrario, tiende a idolatrar la nación, exigiéndole una lealtad total e incondicional que solo corresponde a Dios. Esta ideología, advirtió, se resiste a la corrección y rechaza la posibilidad de que la nación pueda equivocarse.
En contraste, el patriotismo se asemeja al amor de un buen hijo por su madre. Un patriota la honra, la defiende y le está agradecido. Precisamente por amor, también le dice la verdad cuando se desvía y trabaja para ayudarla a convertirse en la nación que Dios quiso que fuera. Un patriota, señaló Coakley, puede lamentar los errores de su país sin dejar de amarlo, lo cual es a menudo la señal más clara de un amor auténtico. El patriotismo y la conciencia cristiana, afirmó, “nunca estuvieron destinados a ser enemigos”.
El amor a la patria, según el prelado, debe impulsar hacia la paz, la justicia para los pobres y vulnerables, y hacia la amistad cívica, una tarea más ardua que la indiferencia o el tribalismo extremo que a menudo se manifiesta como partidismo. En la práctica, esto se traduce en votar con una conciencia bien formada, participar en la vida cívica y estar presentes para los vecinos. Para algunos, esta virtud ha implicado el sacrificio supremo, “arriesgar la vida vistiendo el uniforme de su país”.
Ante la tendencia a descuidar o mirar con recelo el patriotismo, el arzobispo animó a los católicos a inculcar en sus hijos y nietos un patriotismo correctamente ordenado. “Estamos llamados a amar a nuestra patria”, afirmó. “Honren a su patria como honran a sus padres: con gratitud, con lealtad y con una honestidad que nunca confunda la adulación con el amor. Pongan a Dios en primer lugar y permitan que su patriotismo brote de esa prioridad, en vez de competir con ella”.
El patriotismo es uno de los cuatro pilares fundamentales que guían a los Caballeros de Colón, junto con la caridad, la unidad y la fraternidad, reflejando su compromiso integral con la fe y la sociedad.








