San Pio de Pietrelcina | Crédito: Isabel Díaz/ACI Prensa
Un legado de fe hasta el último suspiro
El 22 de septiembre de 1968 quedó grabado en la historia de la Iglesia católica como la fecha en que el reconocido fraile capuchino ofició su última Eucaristía, un acontecimiento solemne que quedó preservado en un valioso registro audiovisual. A pesar de arrastrar complicaciones físicas y un profundo desgaste corporal, el religioso mantuvo una incansable rutina pastoral que incluía presidir la misa diaria y atender cerca de 50 confesiones cada jornada.
Aquella emotiva celebración litúrgica tuvo lugar apenas unos días después de haberse conmemorado el 50° aniversario de la recepción de los estigmas de Cristo. Inicialmente, debido a su extrema fatiga, el sacerdote había solicitado a sus superiores presidir una ceremonia más sencilla y privada; no obstante, conmovido por la masiva presencia de fieles, optó por mantener la convocatoria de la Misa Solemne para los peregrinos.
Horas decisivas y partida terrenal
La madrugada posterior a su última liturgia, exactamente el 23 de septiembre de 1968, el fraile solicitó la presencia de su superior con el propósito de recibir el sacramento de la reconciliación y renovar sus votos religiosos de pobreza, castidad y obediencia. Testigos de su entorno cercano señalaron que, en sus instantes finales, el sacerdote murmuró en silencio contemplando su rosario y llegó a manifestar la supuesta visión de “dos madres”, interpretadas por los fieles como la Virgen María y su progenitora terrenal.
El deceso se produjo a causa de un infarto agudo de miocardio. Quienes lo acompañaban en ese momento testificaron que, tras su fallecimiento, las marcas de los estigmas en su cuerpo desaparecieron de forma milagrosa.
De fraile de Pietrelcina a santo universal
Nacido bajo el nombre de Francesco Forgione el 25 de mayo de 1887 en la localidad italiana de Pietrelcina, creció en el seno de un hogar profundamente devoto. Su vocación religiosa maduró temprano, ingresando a la Orden de los Hermanos Menores Capuchinos a los 15 años y recibiendo la ordenación sacerdotal el 10 de agosto de 1910, a la edad de 23 años.
A lo largo de su existencia terrenal, la figura del religioso estuvo rodeada de una intensa devoción popular debido a los numerosos prodigios y curaciones milagrosas que se le atribuían, además de fenómenos místicos como la lectura de conciencias, la levitación y la bilocación.
Los restos mortales del santo se conservaron en un notable estado de incorrupción durante décadas y fueron trasladados temporalmente a Roma en febrero de 2016 en el marco de las celebraciones del Jubileo de la Misericordia. Tras haber mantenido un estrecho vínculo personal con él en vida, el Papa Juan Pablo II lo elevó a los altares al canonizarlo oficialmente en el año 2002.








