11 octubre, 2026

En lo profundo de la selva amazónica de Bolivia, donde las comunidades se articulan al ritmo de los caudales fluviales y las viviendas distan hasta dos horas de caminata, un grupo de niños pertenecientes a la etnia tsimané participó activamente en la jornada mundial de oración convocada por el pontífice.

Aislamiento geográfico y vida ribereña en el Beni

La iniciativa se desarrolló en la Misión Fátima, emplazada en el territorio ancestral tsimané bajo la jurisdicción del Vicariato Apostólico de Reyes, en el departamento del Beni. Allí, la hermana Patricia Alejandra Botello López labora como la única presencia pastoral permanente de la zona.

“Es un ambiente muy aislado de la sociedad, sobre todo de los entornos urbanos. Me da la impresión de que estos pequeños no conciben que existe otro mundo; el río es todo para ellos. En el río comienza y termina la vida”, explicó la religiosa al describir la cotidianidad de este pueblo originario, distribuido a lo largo de cerca de un centenar de aldeas ribereñas que subsisten principalmente de la pesca, la caza y la agricultura de subsistencia.

El reto de la evangelización y la barrera idiomática

A pesar del entusiasmo de los menores por sumarse a las plegarias internacionales, la labor de catequesis enfrenta importantes desafíos culturales y lingüísticos. Al no existir textos litúrgicos adaptados formalmente a su idioma nativo, las oraciones se replican en castellano, lo que limita la comprensión profunda de los mensajes espirituales.

“Repiten oraciones en castellano, entienden algunas palabras, pero no logran comprender todo el contexto de la oración. Por eso surge la urgencia de que nosotros hablemos tsimané y ellos vayan comprendiendo el castellano”, puntualizó la misionera.

Respuesta espiritual y compromiso comunitario

Fundada originalmente en 1955 por sacerdotes redentoristas, la misión católica ha logrado mantener viva la semilla de la fe en estas coordenadas remotas. Pese a las grandes distancias geográficas que separan los hogares seminómadas, la respuesta comunitaria ha demostrado signos alentadores de crecimiento.

“El principal fruto espiritual que alcanzo a ver es la asistencia a la celebración dominical de la Palabra. Cada vez son más los niños y también sus padres los que se reúnen en Misión Fátima para escuchar la Palabra de Dios”, indicó la hermana Patricia, destacando además que los menores actúan como eficaces vehículos de transmisión espiritual dentro de sus propias familias.

Amenazas ambientales en la cuenca amazónica

Más allá de las limitaciones logísticas y la escasez de ministros ordenados para impartir los sacramentos de forma regular, las comunidades de la región enfrentan graves problemáticas ecológicas derivadas de actividades extractivas informales.

“La minería ilegal y el uso de mercurio están contaminando los ríos amazónicos, la tierra, el agua, los animales y los frutos. Es un gran problema ecológico que nadie quiere enfrentar”, denunció la religiosa.

Llamado urgente a respaldar las misiones selváticas

Ante este panorama de vulnerabilidad social y ambiental, la Iglesia local —impulsada por figuras como monseñor Eugenio Coter— aboga por consolidar redes de colaboración intercongregacionales que garanticen una asistencia espiritual constante en los rincones más desatendidos de la cuenca amazónica.

“Hace mucha falta presencia misionera en estas regiones. Jesucristo aún no es conocido y amado en muchos de estos lugares”, concluyó la misionera, reiterando la necesidad de ampliar el respaldo institucional para sostener el anuncio del Evangelio en las riberas bolivianas.

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