28 octubre, 2026

Los orígenes virreinales de una devoción centenaria

Cada mes de octubre, las calles de Perú se visten de morado para rendir tributo al Señor de los Milagros, también conocido como el Cristo de Pachacamilla. Esta arraigada tradición católica hunde sus raíces en la época colonial, cuando un grupo de esclavos procedentes de Angola se asentó en las afueras de Lima y levantó un modesto refugio de barro y caña para sus reuniones comunitarias.

Hacia 1651, un integrante anónimo de esta cofradía plasmó una representación de Jesús crucificado sobre uno de los muros del recinto. Aquella obra espontánea marcó el inicio de un sincretismo cultural y religioso que perdura hasta nuestros días, dando origen a la entrañable advocación del Cristo moreno, símbolo de unidad para todas las clases sociales del país sudamericano.

Sobreviviente de los terremotos limeños

La fe en la sagrada imagen se consolidó tras resistir las catástrofes naturales que azotaron la capital peruana. El 13 de noviembre de 1655, un violento terremoto redujo a escombros gran parte de la ciudad y destruyó el precario templo de Pachacamilla, pero el muro con la pintura de Cristo permaneció intacto. Ante la creciente afluencia de fieles, las autoridades eclesiásticas intentaron suprimir el culto y ordenaron borrar el fresco. Sin embargo, según la tradición, los pintores enviados desistieron tras sufrir diversos percances, interpretados por los creyentes como una señal divina.

Años más tarde, un español llamado Antonio de León experimentó una supuesta mejoría milagrosa de sus dolencias tras rezar fervientemente ante la pared. Convertido en el primer gran impulsor de la devoción, logró levantar una ermita en el lugar. Tras un nuevo sismo devastador en 1687, que destruyó el santuario pero respetó nuevamente el muro sagrado, los devotos organizaron la primera procesión callejera por iniciativa del vasco Sebastián de Antuñano.

Un ritual masivo que paraliza la capital

Las festividades alcanzaron su punto máximo tras el trágico terremoto y maremoto del 28 de octubre de 1746, considerado uno de los peores desastres en la historia de Lima. Desde entonces, la fecha central congrega a multitudes en una procesión solemne que solo ha sido suspendida en contadas ocasiones excepcionales, incluidas las restricciones sanitarias de los años 2020 y 2021 debido a la pandemia.

El fervor popular es tal que muchos denominan al décimo mes del año como la cuarentena peruana, un periodo de recogimiento y penitencia que volvió a llenar las calles y la Plaza Mayor de Lima con el tradicional hábito morado tras la reactivación de los cultos presenciales.

El mensaje pontificio y el legado del Cristo Moreno

A lo largo de los siglos, la imagen ha recibido el amparo de diversas autoridades eclesiásticas y civiles. En el año 2001, con motivo del 350 aniversario de la venerada imagen, el Papa San Juan Pablo II envió una carta personal al entonces Cardenal Juan Luis Cipriani, en la cual expresó:

“Ruego al Señor de los Milagros que proteja a los limeños, convierta a quienes llevan a hombros su imagen en portadores de Cristo también con su fe y su testimonio de vida intachable, transforme en verdaderos imitadores de Jesús a quienes visten la túnica nazarena [de color morado] y derrame su gracia sobre cuantos le invocan con devoción”.

En la actualidad, el mural original se encuentra resguardado en el Monasterio de las Madres Nazarenas Carmelitas Descalzas, desde donde continúan coordinándose las principales celebraciones de una de las festividades católicas más grandes del mundo.

Nuevos