4 noviembre, 2026

Dos décadas entre lápidas: la inspiradora labor de fray Alejandro en el cementerio de Alcalá de Henares

A sus 83 años, el fraile franciscano Alejandro Rodríguez Pérez continúa desempeñando una labor tan silenciosa como profunda en la comunidad madrileña. Desde hace dos décadas, acude puntualmente cada día al cementerio viejo de Alcalá de Henares para encomendar en la oración a todas las personas allí sepultadas, combinando la devoción religiosa con un profundo trato humano hacia las familias en duelo.

Originario de Carrizosa, en la provincia de Ciudad Real, donde vino al mundo en 1943, su infancia estuvo marcada por la falta de recursos para cursar estudios académicos. A la temprana edad de 11 años, comenzó a aprender el oficio de la carpintería de la mano de su hermano mayor, una habilidad manual que le acompañaría durante gran parte de su vida adulta en diversos conventos de la península.

De la carpintería al hábito franciscano

Su vocación religiosa germinó tras un encuentro casual con el sacerdote de su localidad natal, quien le propuso la posibilidad de integrarse en la vida monástica. Según ha dado a conocer la Diócesis de Alcalá de Henares, el joven Alejandro no tenía entonces la menor noción sobre la vida conventual. Sin embargo, aquella conversación sembró una semilla que fructificó cuando, a los 20 años, decidió ingresar como hermano lego en el municipio guadalajareño de Pastrana.

Tras residir allí cerca de dos décadas, fue trasladado a la localidad abulense de Arenas de San Pedro, donde compaginó sus votos religiosos con su oficio de carpintero. Desde hace más de veinte años, su residencia se encuentra en Alcalá de Henares, integrada plenamente en la comunidad parroquial de San Francisco de Asís, donde asume múltiples responsabilidades cotidianas que van desde las labores de portería hasta las de sacristán.

“Yo no le rezo a las cenizas, ni le rezo a los ataúdes”

Dentro de sus cometidos actuales destaca la custodia del camposanto de San Roque, la conservación de la capilla dedicada a la Virgen del Carmen y la acogida a los deudos que acuden a inhumar a sus seres queridos. En su labor diaria, el religioso se enfrenta en ocasiones a preguntas sobre la naturaleza de sus oraciones ante los restos mortales, a lo cual suele responder con claridad: “Algunos me han dicho: oye, ¿tú rezas a las cenizas?”, describe el fraile quien siempre les responde, con caridad: “Yo no le rezo a las cenizas, ni le rezo a los ataúdes”, unos féretros que conoce a la perfección tras haberlos fabricado artesanalmente en su juventud.

Fray Alejandro Rodríguez, franciscano lego, en la capilla del Carmen del cementerio viejo de Alcalá de Henares. | Crédito: Diócesis de Alcalá de Henares.
Fray Alejandro Rodríguez, franciscano lego, en la capilla del Carmen del cementerio viejo de Alcalá de Henares. | Crédito: Diócesis de Alcalá de Henares.

Por encomienda directa del obispo realizada en 2003, el franciscano efectúa responsos junto a las sepulturas, siempre contando con el beneplácito de los allegados, bajo la convicción íntima de estar realizando una tarea con un sentido concreto: “Colaborar con el Señor”. Al mismo tiempo, eleva su oración para que haya nuevos frailes: “Mándanos vocaciones que somos pocos y la mayor parte vamos cantando. ¿Sabe usted lo que cantamos? ‘No podemos caminar…’”, expone con humor y realismo.

Una profunda empatía nacida del dolor personal

El ejercicio diario de despedir difuntos no constituye para él una rutina indiferente. Fray Alejandro admite que con frecuencia se quebranta emocionalmente y derrama lágrimas frente a las sepulturas, especialmente cuando se trata de niños o jóvenes, un sufrimiento que le retrotrae de manera inevitable al trágico fallecimiento de su progenitora.

El religioso guarda en su memoria un episodio de extrema crudeza acontecido cuando regresó por primera vez a su pueblo vistiendo el hábito franciscano con motivo del funeral de su madre, quien perdió la vida de forma violenta tras asustarse una mula al paso de una aeronave. Aquel dolor permanece imborrable en su memoria: “El dolor que uno ha tenido cuando has perdido un ser querido no lo olvidas del todo. Yo tengo una experiencia muy cruda, que no olvidaré nunca. La primera vez que fui con el hábito de fraile a mi pueblo fue al entierro de mi madre. Ese dolor a mí no se me va. Mi madre estaba subida en un carro, en nuestra misma casa. Pasó un avión muy bajo, se asustó la mula, volcó el carro y mi madre se mató en el acto”, describe.

Fay Alejandro pasea por el cementerio viejo de Alcalá de Henares, encomendando a todas las almas. | Crédito: Diócesis de Alcalá de Henares.
Fay Alejandro pasea por el cementerio viejo de Alcalá de Henares, encomendando a todas las almas. | Crédito: Diócesis de Alcalá de Henares.

La perspectiva de la mortalidad y el legado conventual

Reflexionando sobre el transcurso de la vida, el fraile recuerda también a su padre, quien superó la barrera de los 100 años. Con una mezcla de resignación y esperanza, bromea sobre su propia longevidad solicitando fuerzas para continuar su labor ante la merma de vocaciones en su orden religiosa.

Para el veterano franciscano, la muerte representa fundamentalmente una transición hacia otra existencia. Su perspectiva se resume en una plegaria constante en busca de misericordia divina y en la constatación práctica de su entorno laboral diario: “Un día tengo que dejar de estar. En otro trabajo no sé, pero en este trabajo, anda que si no te recuerda que te tienes que morir”.

Nuevos