26 marzo, 2026

México se prepara para conmemorar un siglo desde el inicio de la Guerra Cristera, un conflicto trascendental que marcó profundamente la historia del país. En este contexto de reflexión histórica, Mons. Pedro Mena, Obispo Auxiliar de la Arquidiócesis de Yucatán, subraya la ineludible importancia de la historia como una “gran maestra”. Su perspectiva emerge en vísperas de una conferencia programada para el 6 de febrero en Mérida, Yucatán, que buscará desentrañar “La resistencia cristera”, un evento que invita a una profunda reflexión sobre el pasado y sus ecos en el presente.

La Cristiada, oficialmente librada entre 1926 y 1929, fue un periodo de confrontación armada entre el Estado mexicano y sectores católicos que se levantaron en defensa de la libertad religiosa, ante las severas restricciones impuestas por la Constitución de 1917 y, específicamente, por leyes como la “Ley Calles”. Durante décadas, este capítulo fue relegado a los márgenes de la narrativa histórica oficial en las instituciones educativas. El obispo Mena recuerda cómo temas como la Guerra Cristera eran prácticamente inexistentes en los planes de estudio de primaria y secundaria. Sin embargo, desde una perspectiva de fe, el prelado enfatiza la necesidad de que los creyentes conozcan y asimilen este acontecimiento, reconociendo su naturaleza compleja y controversial. A pesar de sus virtudes, defectos y excesos, la Cristiada se presenta como una fuente vital de lecciones para el presente y el futuro de la Iglesia Católica en México.

La convocatoria a la conferencia lleva el elocuente lema “Donde hay cruz y sacrificio, nace la gloria”, una frase que resuena con la célebre afirmación del apologeta Tertuliano sobre la sangre de los mártires como “semilla de nuevos cristianos”. Mons. Mena traza un paralelismo con la visita de San Juan Pablo II en 1990 a San Juan de los Lagos, en los Altos de Jalisco, una región emblemática por su fuerte presencia cristera y su legado de resistencia. El lema “Tierra de mártires” en la plaza frente a la catedral de esa ciudad impresionó al obispo, quien ve en la abundancia de vocaciones sacerdotales y religiosas en estas zonas un testimonio vivo de esa herencia de fe y sacrificio. Según el obispo, es común que las familias de estas regiones con arraigada historia cristera transmitan oralmente las historias de quienes “dieron su vida por Cristo”, llevando a sus hijos a los lugares donde vivieron o ejercieron su ministerio los mártires y héroes laicos cristeros, nutriendo así una devoción que se traduce en un notable florecimiento vocacional.

La relación entre la Iglesia y el Estado en México ha sido históricamente compleja y fluctuante. Tras el fin formal de la Cristiada, las legislaciones restrictivas que desencadenaron la rebelión católica no fueron derogadas de inmediato, sino que se optó por una estrategia de no aplicación práctica. Las tensiones, no obstante, persistieron durante décadas. Mons. Mena evoca el primer viaje de Juan Pablo II a México en 1979, un momento en que el uso público de vestimentas clericales seguía prohibido por ley, lo que generó protestas por la presencia del Papa con su sotana.

Un punto de inflexión crucial llegó en 1992 con la reforma de la Constitución de 1917. Estas enmiendas reemplazaron la infame “Ley Calles” y establecieron la actual “Ley de asociaciones religiosas y culto público”, lo que marcó la reinstauración formal de las relaciones diplomáticas entre el Vaticano y México, y el reconocimiento jurídico de las entidades religiosas. A pesar de estos avances significativos, el prelado reconoce que, ocasionalmente, el vínculo entre ambas esferas puede experimentar momentos de “tensión”, aunque enfatiza que existe un “diálogo” constante y “puertas abiertas” para la negociación y el entendimiento mutuo con las autoridades.

A un siglo de su estallido, la Guerra Cristera ofrece valiosas lecciones para la Iglesia contemporánea en México. Una de las más significativas, según el Obispo Auxiliar de Yucatán, es la imperiosa necesidad de un discernimiento constante sobre cómo la Iglesia responde a los desafíos actuales. “Lo crucial ahora es comprender en profundidad este magno acontecimiento”, afirma, y a partir de esa comprensión, “discernir desde la palabra de Dios y nuestra misión eclesial”.

El obispo plantea una inquietud fundamental: “¿la evangelización actual está formando cristianos maduros?”. Esta pregunta resalta la preocupación por la calidad de la formación en la fe en un mundo en constante cambio. En el apostolado dirigido a las nuevas generaciones, profundamente inmersas en el ecosistema digital y las redes sociales, Mons. Mena subraya la importancia de fomentar el pensamiento crítico. La clave, dice, es “hacerlos pensar”, “introducirlos en una dinámica donde se sientan retados” y “que se cuestionen” su entorno y sus propias creencias, buscando una fe arraigada y reflexiva en lugar de una mera aceptación pasiva.

La relectura de la Guerra Cristera no es solo un ejercicio de memoria histórica, sino una invitación a la introspección y al compromiso. A través de la visión de Mons. Pedro Mena, queda claro que este centenario es una oportunidad para que la Iglesia y la sociedad mexicana no solo recuerden un periodo de profundo conflicto y sacrificio por la libertad religiosa, sino que extraigan de él aprendizajes vitales para edificar una fe más robusta y una relación más armónica en el futuro del país.

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