28 febrero, 2026

La reciente y trágica muerte de la deportista peruana Lizeth Marzano, atropellada en Lima el pasado 17 de febrero, ha catalizado un profundo debate que trasciende el ámbito legal para adentrarse en la esfera de la responsabilidad moral. Mientras las autoridades judiciales han dictado nueve meses de impedimento de salida del país contra Adrián Villar, investigado por homicidio culposo, fuga del lugar del accidente y omisión de socorro, la Iglesia Católica, a través de la voz del sacerdote Luis Gaspar, doctor en Derecho Canónico, ha invitado a una reflexión sobre la dimensión ética y cristiana de estos sucesos que enlutan a familias enteras.

El deceso de Marzano, quien fue trasladada al Hospital Casimiro Ulloa donde falleció horas después, se ha convertido en un doloroso recordatorio de las consecuencias de la imprudencia vial y ha puesto de relieve la necesidad de examinar la conducta humana no solo desde la normativa jurídica, sino también desde los principios fundamentales de la fe y la moral.

**La Vida Humana: Un Don Sagrado e Inviolable**

El Padre Gaspar enfatiza que, para la doctrina católica, la vida humana es un don sagrado e inviolable desde su concepción hasta su fin natural. Esta premisa esencial, arraigada en el Quinto Mandamiento “No matarás”, no se limita a proscribir el asesinato directo, sino que se extiende a cualquier acción u omisión que, por negligencia o imprudencia grave, ponga en serio riesgo la existencia propia o ajena.

En este sentido, el Catecismo de la Iglesia Católica subraya la necesidad de respetar la vida y la integridad física del prójimo. Cualquier comportamiento temerario al volante, que desprecie las precauciones necesarias, no solo acarrea consecuencias penales, sino que también representa una falta moral significativa. Conducir un vehículo, lejos de ser un acto neutral, se configura como un acto humano consciente, que implica libertad, discernimiento y una inherente responsabilidad.

El sacerdote explicó que acciones como el exceso de velocidad, manejar bajo los efectos del alcohol o sustancias psicoactivas, o el uso de dispositivos móviles al volante, van más allá de ser meras infracciones administrativas. Cuando estas conductas ponen en peligro la vida humana, se transforman en faltas de gravedad moral, pues atentan contra el valor supremo que la fe confiere a cada existencia.

**La Respuesta Cristiana ante un Siniestro Vial**

Ante la pregunta de cómo debe actuar un cristiano involucrado en un accidente de tránsito, el Padre Gaspar delineó una serie de pautas inspiradas en el Evangelio, incluso en momentos de shock o temor. La primera y fundamental acción es detenerse de inmediato en la escena. Seguidamente, es imperativo auxiliar al herido y solicitar ayuda médica sin demora, demostrando caridad y compasión.

La colaboración con las autoridades, la honestidad al relatar los hechos y la disposición a asumir la responsabilidad de los propios actos son también componentes esenciales de una respuesta moralmente íntegra. El presbítero advirtió que la omisión de socorro, es decir, el abandono de la víctima en una situación de vulnerabilidad, constituye una falta moral extremadamente seria, pues contradice directamente el mandamiento del amor al prójimo.

Para ilustrar este punto, el Padre Gaspar evocó la parábola del Buen Samaritano, donde Cristo enseña que no es posible ignorar a quien sufre. Huir de la escena de un accidente es, a los ojos de la fe, colocarse del lado de la indiferencia y la insensibilidad, traicionando el llamado a la solidaridad humana. La moral cristiana enfatiza que el arrepentimiento auténtico no solo implica reconocer la verdad, sino también procurar la reparación del daño en la medida de lo posible y aceptar las consecuencias justas de las acciones. La misericordia divina, si bien abunda, no anula la necesidad de la justicia, sino que la presupone y eleva.

**La Prevención como Virtud Cardinal**

El doctor en Derecho Canónico subrayó que la prevención de accidentes no es únicamente una manifestación de prudencia humana, sino también una exigencia de la virtud cristiana. La prudencia, una de las virtudes cardinales, guía nuestros actos hacia el bien, permitiéndonos discernir la acción correcta en cada circunstancia.

En este marco, el Padre Gaspar enumeró medidas concretas que reflejan esta prudencia: abstenerse de conducir bajo la influencia de alcohol o drogas, respetar rigurosamente los límites de velocidad, evitar el uso del teléfono celular mientras se maneja, asegurar un descanso adecuado antes de emprender un viaje y, en general, adherirse a las normas de tránsito como una expresión del bien común. El respeto a las leyes justas, en este contexto, se convierte en un deber moral del cristiano, pues las regulaciones que protegen la vida sirven al bienestar colectivo.

**Construyendo una Cultura de la Responsabilidad**

Finalmente, el sacerdote hizo un llamado a promover una auténtica cultura de la responsabilidad en la sociedad. Reconoció que factores como el miedo, la presión social o la búsqueda de impunidad pueden llevar a conductas evasivas. Sin embargo, afirmó que el seguidor de Cristo no debe actuar impulsado por el pánico, sino por una conciencia iluminada por la verdad.

La fe, argumentó el Padre Gaspar, no es un asunto meramente privado. Se manifiesta y se vive también en la esfera pública, en la responsabilidad cotidiana, en el respeto incondicional por la vida ajena y en la coherencia entre las creencias y las acciones. La Iglesia, a través de sus pastores, invita a la oración por quienes sufren la pérdida de seres queridos, por quienes han cometido errores graves para que emprendan un sincero camino de conversión y, de manera fundamental, por la edificación de una genuina cultura del cuidado, donde la vida humana sea valorada y protegida en cada circunstancia.

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