Roma ha despedido a Angelo Gugel, figura discreta pero fundamental que dedicó su vida al servicio de la Santa Sede, acompañando con lealtad a tres pontífices: San Juan Pablo I, San Juan Pablo II y Benedicto XVI. Gugel falleció en la capital italiana a los 90 años, dejando un profundo legado de fidelidad y devoción en el corazón del Vaticano, una trayectoria que lo convirtió en un testigo privilegiado de momentos cruciales en la historia reciente de la Iglesia.
Su deceso conmovió a la jerarquía eclesiástica. Su Santidad el Papa Francisco, actual Vicario de Cristo, lo honró como un “ejemplar testigo cristiano” y reconoció su “generoso servicio” a la Iglesia, según un telegrama oficial difundido por Vatican News. El mensaje, rubricado por el Secretario de Estado de la Santa Sede, Cardenal Pietro Parolin, extendía las sentidas condolencias del Sumo Pontífice a la viuda y los hijos de Gugel, resaltando su “vida honesta y su ejemplar testimonio cristiano” como pilares de su existencia.
Las exequias tuvieron lugar el 17 de enero en la parroquia romana de Santa Maria delle Grazie alle Fornaci, un templo cercano a la Ciudad del Vaticano. Durante la emotiva homilía, el Cardenal Parolin dibujó un vívido retrato de Gugel, describiéndolo como “un hombre bueno, un esposo amado, un padre ejemplar, gentil, discreto y justo”. El Purpurado destacó la inquebrantable fe de Gugel, forjada en la sencillez de sus orígenes humildes, enfatizando que era “sólida como una roca”. En un pasaje lleno de esperanza, el Cardenal afirmó: “Celebrar el funeral de un testigo de la fe no es celebrar el final, sino renovar nuestra esperanza”, palabras que resonaron entre los presentes y subrayaron el significado trascendente de una vida dedicada a los valores evangélicos.
En consonancia con estas palabras, el Cardenal Stanislaw Dziwisz, quien durante años fuera el secretario personal de San Juan Pablo II y una figura cercana al Vaticano, se sumó a los homenajes. Dziwisz calificó a Gugel como “un siervo sabio y fiel, dotado de prudencia evangélica, dedicación, discreción y disciplina”, agradeciendo públicamente su leal servicio tanto a la Iglesia universal como a los sucesivos Vicarios de Cristo a quienes asistió con tanta cercanía.
Durante casi tres décadas, Angelo Gugel ocupó una posición de máxima confianza y cercanía en el corazón del poder eclesiástico: la de asistente de cámara en el apartamento papal. Este cargo lo situó como testigo privilegiado y custodio de algunos de los momentos más trascendentales en la historia reciente de la Iglesia católica. Su presencia fue especialmente crucial el 13 de mayo de 1981, un día que marcó profundamente a la Iglesia y al mundo. Gugel estuvo al lado de San Juan Pablo II en la Plaza de San Pedro cuando el Pontífice fue víctima de un atentado. Desde el instante en que el Santo Padre cayó herido hasta su traslado urgente al Policlínico Gemelli, Gugel brindó apoyo y asistencia inquebrantables, demostrando su lealtad en uno de los episodios más dramáticos del pontificado de Karol Wojtyła. Su testimonio en aquellos momentos fue invaluable para comprender la gravedad de la situación.
La vida de Angelo Gugel comenzó el 27 de abril de 1935 en Miane, una localidad de la provincia de Treviso, en el seno de una humilde familia campesina. Su trayectoria hacia el Vaticano se inició en 1955 al unirse a la Gendarmería Vaticana, el cuerpo de seguridad de la Santa Sede. Tras superar una grave enfermedad que lo apartó temporalmente de sus funciones, se incorporó a la Gobernación del Vaticano. Sin embargo, su destino tomaría un giro decisivo cuando fue convocado directamente por el entonces Obispo Albino Luciani, quien pocos años después ascendería al solio pontificio como Juan Pablo I. Este llamado personal subraya la confianza y el aprecio que ya inspiraba en la curia vaticana, dada su reputación de discreción y eficiencia.
Conocido por su bajo perfil y su innata reserva, Angelo Gugel rara vez concedió entrevistas a los medios. Sin embargo, en una de las escasas ocasiones en que compartió sus reflexiones, puso de manifiesto la importancia de la discreción en su delicada labor. “Mantener la confidencialidad sobre mi trabajo, incluso dentro de mi familia, era normal”, recordó, revelando la naturaleza hermética de su función y la exigencia de su cargo en el Vaticano. En esa misma conversación, compartió un recuerdo imborrable: la emoción que lo embargó al escuchar por primera vez la histórica exhortación de San Juan Pablo II: “¡No tengáis miedo!”, pronunciada al inicio de su pontificado en octubre de 1978. Estas palabras, que marcaron el rumbo del papado de Wojtyła, resonaron profundamente en el personal de la Santa Sede, incluido Gugel, y se convirtieron en un faro de esperanza para la Iglesia.
Casado desde 1964 con Maria Luisa Dall’Arche y padre de cuatro hijos, Angelo Gugel fue considerado más que un empleado: era parte de la “familia papal”. Un gesto que ilustra vívidamente esta profunda conexión espiritual y personal ocurrió cuando San Juan Pablo II celebró una misa especial por su esposa, Maria Luisa, durante un embarazo de alto riesgo. Posteriormente, el propio Pontífice bautizó a su hija menor. Este acontecimiento, grabado a fuego en la memoria de Gugel, fue siempre rememorado como una conmovedora expresión de la profunda paternidad espiritual que Karol Wojtyła demostraba hacia quienes le rodeaban en su círculo más íntimo de servicio en el Vaticano.
Tras las solemnes ceremonias fúnebres en la capital italiana, los restos de Angelo Gugel serán trasladados a su amada localidad natal de Miane, donde se oficiará una misa conmemorativa final y se le dará sepultura. Su vida, caracterizada por la humildad, la devoción y el servicio incondicional en el epicentro de la Iglesia católica, deja un imperecedero legado de fe y lealtad que inspirará a futuras generaciones y que se inscribe con honor en las páginas de la historia vaticana.





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