11 abril, 2026

La imagen de la Divina Misericordia, un faro de esperanza para millones de fieles alrededor del mundo, se alza majestuosa en la capilla donde reposa Santa Faustina Kowalska, en Cracovia-Łagiewniki, Polonia. Esta representación, profundamente arraigada en la espiritualidad católica, cobra especial relevancia cada año con la celebración de la Fiesta de la Divina Misericordia, un evento que la Iglesia conmemora el segundo Domingo de Pascua y que en esta ocasión ha impulsado una profunda reflexión en el corazón de la feligresía peruana.

Monseñor Javier Del Río Alba, Arzobispo de Arequipa (Perú), ha compartido una meditación que resuena con la esencia de esta festividad. En un artículo divulgado este sábado, el prelado enfatizó que este día sagrado representa una invaluable oportunidad para “confiar en Jesús y dejarnos acoger gratuitamente por su amor”. Este mensaje, cargado de esperanza, busca ofrecer una respuesta a los más profundos interrogantes y sufrimientos que acechan a la humanidad, especialmente aquellos que surgen ante el incomprensible misterio del mal.

Según monseñor Del Río, el amor misericordioso de Dios no es solo un consuelo, sino una fuerza transformadora. “El amor misericordioso de Dios es la respuesta a los interrogantes y a los más profundos sufrimientos de los hombres, especialmente ante el misterio del mal”, afirmó el arzobispo. Esta verdad central de la fe cristiana invita a cada individuo a abrir su corazón a la gracia divina. La Fiesta de la Divina Misericordia, explicó, es una invitación explícita a esa entrega: “nos invita a confiar en Jesús y dejarnos acoger gratuitamente por su amor, para que poco a poco transforme nuestro corazón que en ocasiones le cuesta perdonar o se vuelve egoísta”. Es un llamado a la introspección y al cambio interior, a permitir que la compasión divina disuelva las barreras del resentimiento y el egocentrismo.

La transformación del corazón no es un fin en sí misma, sino un medio para un bien mayor. El arzobispo de Arequipa subrayó que, al permitir que el amor de Dios moldee el alma, se experimenta el don inestimable de la paz. Esta paz, una vez cultivada, no debe permanecer encerrada, sino que está destinada a ser irradiada “al mundo, que tanto lo necesita”. Al vivir la misericordia, los fieles se convierten en instrumentos de la voluntad divina, cumpliendo las palabras de Jesús que invitan: «sean misericordiosos como su Padre es misericordioso» (Jn 6,36). De esta manera, la misericordia se vuelve un ciclo virtuoso que, desde la intimidad del corazón, se proyecta hacia la comunidad global.

El prelado ahondó en la magnitud de la misericordia divina al explicar cómo Dios, en su infinita sabiduría y bondad, ha establecido un límite al poder del mal. Más aún, ha trascendido la lógica humana al convertir el mal en bien. “Con su infinita misericordia, Dios ha puesto un límite al mal y ha transformado el mal en bien; del peor mal que podíamos cometer los hombres, es decir matar a Dios, Él ha sacado el mayor bien”, articuló el arzobispo. Este “mayor bien”, según su reflexión, es la liberación de la humanidad del yugo de la muerte y la invitación a participar de la vida divina, no solo en la eternidad, sino desde la existencia terrenal. Es la redención a través del sacrificio supremo, un acto de amor y misericordia que redefine el destino humano.

La paz, como don de Dios, es fundamental en la enseñanza del Arzobispo Del Río. En este contexto, rememoró una verdad que fue frecuentemente destacada por el Papa Francisco durante su pontificado. El Pontífice solía recordar a los fieles que “Dios nunca se cansa de perdonarnos, sino que somos nosotros los que algunas veces nos cansamos de pedirle perdón y nos damos ya por perdidos, abandonamos nuestro deseo de conversión”. Esta afirmación subraya la inagotable paciencia y compasión divina frente a la tendencia humana a la desesperanza y la autocompasión, invitando a una renovación constante de la fe y la búsqueda de la reconciliación.

La celebración de la Divina Misericordia tiene sus raíces en las revelaciones privadas de Santa Faustina Kowalska, una monja polaca del siglo XX. Fue a principios del nuevo milenio, en el año 2000, cuando el Papa San Juan Pablo II, también de origen polaco, oficializó la festividad a nivel universal. La instituyó durante la ceremonia de canonización de Santa Faustina, declarando que el segundo Domingo de Pascua sería, en adelante, el Domingo de la Divina Misericordia. Esta decisión del Santo Padre polaco consolidó la devoción y le otorgó un lugar prominente en el calendario litúrgico de la Iglesia Católica, perpetuando el legado de la vidente y la trascendencia de su mensaje.

En un mundo marcado por conflictos, divisiones y sufrimientos persistentes, el mensaje del Arzobispo de Arequipa resuena con una urgencia particular. La Fiesta de la Divina Misericordia no es solo una conmemoración histórica o una doctrina teológica; es, ante todo, una invitación viva y actual a la conversión personal, al perdón mutuo y a la confianza inquebrantable en el amor redentor de Dios. Es un recordatorio de que, a pesar de las adversidades y las fallas humanas, la misericordia divina siempre prevalece, ofreciendo una fuente inagotable de esperanza y un camino hacia la verdadera paz.

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