Jerusalén respira un aire de alivio y expectación religiosa. Tras una jornada de incertidumbre y tensiones, el Patriarcado Latino de Jerusalén y la Custodia Franciscana de Tierra Santa han confirmado que las tradicionales liturgias y celebraciones de Semana Santa se llevarán a cabo según lo previsto en la histórica Iglesia del Santo Sepulcro. Este anuncio, emitido el pasado lunes 30 de marzo, pone fin a las preocupaciones surgidas tras un incidente previo que generó críticas internacionales y una intensa actividad diplomática.
El domingo anterior al anuncio, Domingo de Ramos, el Cardenal Pierbattista Pizzaballa, Patriarca Latino de Jerusalén, junto con el Padre Francesco Ielpo, Custodio Franciscano de Tierra Santa, se vieron impedidos de acceder al Santo Sepulcro por la policía israelí. Esta restricción provocó un profundo malestar en la comunidad cristiana, impidiendo la celebración de una de las festividades más importantes del calendario litúrgico en el lugar considerado más sagrado del cristianismo. Ante esta situación, el cardenal Pizzaballa optó por oficiar la bendición a Jerusalén desde la Basílica de Getsemaní, utilizando una reliquia de la Santa Cruz de Cristo, un gesto que, si bien cargado de simbolismo, evidenció la gravedad del obstáculo planteado.
El comunicado conjunto emitido por el Patriarcado y la Custodia Franciscana detalló que “los asuntos relativos a las celebraciones de la Semana Santa y la Pascua en la Iglesia del Santo Sepulcro han sido abordados y resueltos en coordinación con las autoridades competentes”. Este acuerdo, alcanzado con la Policía de Israel, garantiza el acceso a los representantes de las Iglesias para la realización de las liturgias y ceremonias, así como para la preservación de las ancestrales tradiciones pascuales que congregan a miles de fieles y peregrinos de todo el mundo.
No obstante, el texto también subraya que, “en vista del estado de guerra actual, las restricciones vigentes a las reuniones públicas se mantienen por el momento”. Conscientes de esta realidad, las Iglesias se han comprometido a asegurar la transmisión en directo de las liturgias y oraciones. Esta medida permitirá a los fieles en Tierra Santa y a la vasta comunidad cristiana global seguir las celebraciones a distancia, una adaptación necesaria frente a las circunstancias de seguridad que prevalecen en la región.
La resolución de la crisis fue el resultado de una serie de intervenciones de alto nivel. Los líderes católicos expresaron su profundo agradecimiento a Isaac Herzog, presidente de Israel, “por su pronta atención y valiosa intervención”. Herzog, quien había lamentado públicamente el incidente del Domingo de Ramos, aseguró en sus redes sociales que lo ocurrido se debió a “preocupaciones de seguridad” y reafirmó el “compromiso inquebrantable del Estado de Israel con la libertad de religión para todas las religiones”. El presidente israelí se había comunicado personalmente con el cardenal Pizzaballa para expresar su pesar.
Las críticas por el impedimento de acceso al Santo Sepulcro no tardaron en llegar desde diversas latitudes. Gobiernos como los de Estados Unidos, Italia, Francia y Portugal manifestaron su preocupación y pidieron una pronta solución, reflejando la importancia global de la libertad de culto en Jerusalén.
Paralelamente a las gestiones en Jerusalén, el Vaticano también jugó un papel crucial en la resolución diplomática. El mismo lunes, el Secretario de Estado del Vaticano, Cardenal Pietro Parolin, acompañado por Monseñor Paul R. Gallagher, Secretario para las Relaciones con los Estados y las Organizaciones Internacionales, mantuvo una reunión con Yaron Sideman, embajador del Estado de Israel ante la Santa Sede. Un comunicado oficial del Vaticano informó que, durante este encuentro, se lamentó lo sucedido el domingo en Jerusalén, se ofrecieron aclaraciones por parte israelí y se tomó nota del acuerdo alcanzado entre el Patriarcado Latino y las autoridades locales respecto a la participación en las liturgias del Santo Triduo en la Basílica del Santo Sepulcro.
En su declaración conjunta, el Patriarca de Jerusalén y el Custodio de Tierra Santa hicieron un llamado a la unidad y al respeto mutuo, destacando que “la fe religiosa constituye un valor humano supremo, compartido por todas las religiones: judíos, cristianos, musulmanes, drusos y demás”. Resaltaron la imperiosa necesidad de “salvaguardar la libertad de culto” especialmente “en tiempos de adversidad y conflicto, como los que vivimos actualmente”, considerándola un “deber fundamental y compartido”.
Finalmente, expresaron su confianza en que se seguirán encontrando “las soluciones adecuadas que permitan que la oración tenga lugar en los lugares de culto, en particular en los Lugares Santos de todas las religiones”. El objetivo es lograr un equilibrio que respete tanto las “legítimas necesidades de seguridad” como las “observancias y oraciones religiosas que son de profunda importancia para cientos de millones de creyentes” en todo el mundo. Esta postura refuerza la visión de Jerusalén como un centro de encuentro y oración para las tres grandes religiones monoteístas, a pesar de las complejidades geopolíticas.





