21 marzo, 2026

Cada 26 de febrero, la Iglesia Católica conmemora la vida y el profundo legado espiritual de la Beata Piedad de la Cruz, figura central en la fundación de la Congregación de Salesianas del Sagrado Corazón de Jesús. Esta religiosa española, cuyo nombre de nacimiento fue Tomasa Ortiz Real, dedicó su existencia a responder a un llamado divino marcado por el servicio incondicional a los pobres, los enfermos y los desamparados, dejando una huella imborrable de caridad y devoción al Sagrado Corazón.

Nacida el 12 de noviembre de 1842 en Bocairente, Valencia, y bautizada al día siguiente como Tomasa, sus primeros años ya revelaban una inclinación hacia la espiritualidad y el compromiso social. Su formación humana y espiritual se consolidó en el Colegio de Loreto de las Religiosas de la Sagrada Familia de Burdeos en Valencia, donde pronto destacó por su piedad, su espíritu de oración y una compasión innata hacia los niños necesitados, los ancianos y quienes sufrían alguna enfermedad. Esta etapa formativa fue crucial, sembrando las semillas de lo que sería un largo y desafiante itinerario de fe y apostolado, en el que, a pesar de las adversidades, siempre se sintió acompañada por la gracia divina.

El camino vocacional de Tomasa estuvo lejos de ser lineal y estuvo marcado por periodos de intensa búsqueda y prueba. En 1874, con 21 años, intentó ingresar al convento de las Carmelitas de la Caridad de Vich (Cataluña), pero una epidemia de cólera truncó su noviciado. Tras contagiarse gravemente y experimentar la vulnerabilidad de la enfermedad sin asistencia, se vio obligada a dejar la vida conventual. Recuperada, Tomasa buscó empleo como obrera textil y residió en una pensión humilde, antes de encontrar un puesto como huésped-empleada y maestra durante seis años y medio en el Colegio de las Madres Mercedarias de la Enseñanza.

A pesar de estas experiencias y de la vida secular, la inquietud por una entrega total a Dios persistía. Tomasa sentía que el Señor la llamaba a un camino diferente al que había seguido hasta entonces. Con una oración sencilla y perseverante, elevaba al cielo su súplica: “Tuya, Jesús mío, tuya quiero ser, pero dime dónde”. Este anhelo sincero de discernimiento la llevó, con la bendición de su obispo, a un viaje fundamental a Murcia en 1881, acompañada por tres amigas. Allí, la respuesta a su búsqueda personal se manifestó a través de una profunda experiencia mística. El Corazón de Jesús se le apareció, mostrándole su hombro izquierdo ensangrentado y exhortándola a ayudarle a cargar su cruz, con la indicación clara de fundar una congregación.

Este encuentro transformador marcó el inicio de su obra fundacional. En 1884, con el respaldo de su confesor y el obispo de Cartagena-Murcia, Tomasa estableció la Comunidad de Terciarias de la Virgen del Carmen en Puebla de Soto (Murcia). La nueva comunidad se dedicó fervientemente a la atención de enfermos, desfavorecidos y huérfanos, un eco directo del llamado a aliviar el sufrimiento. La labor de la congregación atrajo a numerosas jóvenes, lo que permitió la apertura de dos nuevas comunidades en Alcantarilla y Caudete.

Sin embargo, el crecimiento trajo consigo desafíos. La intervención de los Carmelitas Descalzos, que reclamaron parte del gobierno de la nueva comunidad, llevó a Tomasa a tomar una decisión crucial. En 1890, para preservar la autonomía y la identidad de su fundación, cambió su nombre a “Salesianas del Sagrado Corazón de Jesús”, colocándolas bajo el patrocinio de San Francisco de Sales.

El carisma de las Salesianas del Sagrado Corazón de Jesús se define por el deseo de hacer tangible el amor del Padre Providente, manifestado a través del Corazón misericordioso de Jesús, que se abre de brazos en la Cruz. Sus integrantes se sienten llamadas a compartir el peso de la cruz de quienes sufren y carecen de apoyo, y a realizar actos de amor, servicio y reparación al Corazón de Cristo por las ofensas recibidas. Para ello, buscan reconocer el rostro del Señor en los huérfanos, las jóvenes obreras, los enfermos, los pobres y los ancianos abandonados, encarnando así la compasión y el servicio que fueron el eje de la vida de su fundadora.

La obra de la ya conocida Madre Piedad recibió la aprobación el 28 de noviembre de 1895, un hito que impulsó una expansión notable. En pocos años, la congregación fundó hasta 25 casas en distintas localidades españolas, consolidando su presencia y su misión. Casi dos décadas después de la partida de su fundadora, en 1935, las Salesianas del Sagrado Corazón de Jesús fueron declaradas congregación de derecho pontificio, un reconocimiento de su valor y trascendencia en la Iglesia universal.

En 1915, Tomasa Ortiz Real, con aproximadamente 73 años de edad, pronunció sus votos solemnes, adoptando definitivamente el nombre de ‘Piedad de la Cruz’. Un año después, el 26 de febrero de 1916, a la edad de 74 años y solo cuatro meses después de haber dejado su cargo como Superiora General, la Madre Piedad falleció en Alcantarilla (Murcia), cumpliendo su combate de fe “hasta el fin”.

El proceso de canonización de la Madre Piedad se inició en la diócesis de Cartagena-Murcia el 6 de febrero de 1982. Su virtuosidad fue oficialmente reconocida el 1 de julio del año 2000, cuando fue declarada venerable. Finalmente, el 21 de marzo de 2004, en Roma, fue beatificada por el Papa San Juan Pablo II, elevándola a los altares como un modelo de fe, caridad y entrega para toda la Iglesia y para las generaciones futuras de las Salesianas del Sagrado Corazón de Jesús. Su vida sigue siendo un faro de esperanza y un recordatorio del poder transformador del amor divino en los corazones dispuestos a servir.

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