El Cardenal Óscar Andrés Rodríguez Maradiaga, Arzobispo Emérito de Tegucigalpa, Honduras, ofreció una profunda reflexión sobre la trascendencia de la Virgen de Guadalupe en la configuración histórica, cultural y espiritual de América Latina. Durante su ponencia en el Congreso Teológico Pastoral sobre el Acontecimiento Guadalupano, celebrado en México, el purpurado subrayó cómo la figura de la Morenita del Tepeyac encarna la esencia mestiza del continente y se erige como una clave fundamental para comprender el proceso de evangelización y la identidad de sus pueblos.
Rodríguez Maradiaga destacó que el “rostro mestizo” de la Virgen de Guadalupe no es solo un símbolo, sino una manifestación viva de la originalidad histórico-cultural que define a América Latina. Esta imagen, venerada por millones, sintetiza la confluencia de culturas y la profunda inculturación del Evangelio en el continente, una labor que, según el cardenal, constituye un desafío dinámico y continuo, siempre mirando hacia el futuro. La riqueza mariana de la Iglesia es inagotable, una verdad que el purpurado hondureño enfatizó al parafrasear a San Bernardo: “De María numquam satis”, nunca podremos agotar nuestra devoción y reflexión sobre la Madre de Dios.
**Guadalupe: Un Modelo de Evangelización Inculturada**
Rememorando las enseñanzas de San Juan Pablo II, el Cardenal Maradiaga resaltó que Santa María de Guadalupe representa un “ejemplo sobresaliente de evangelización perfectamente inculturada”. Desde sus orígenes, la aparición mariana en el Tepeyac en 1531 fue un signo elocuente del “rostro maternal y misericordioso” de Dios, invitando a la comunión con el Padre y con Cristo. Esta dimensión mariana ha sido, desde el inicio de la evangelización, de una importancia capital para el proceso ininterrumpido de inculturación de la fe en América Latina.
El cardenal realizó un extenso recorrido por el magisterio eclesiástico latinoamericano, desde la Primera Conferencia General del Episcopado Latinoamericano en Río de Janeiro (1955) hasta la de Aparecida (2007), mostrando cómo la Virgen María ha sido una constante luz en la guía del proceso evangelizador. En la Tercera Conferencia General en Puebla (1979), se afirmó que para los pueblos del continente, el Evangelio ha sido proclamado presentando a la Virgen María como su más alta realización. El pueblo creyente reconoce en la Iglesia a la “familia que tiene por madre a la Madre de Dios”, una formulación que San Pablo VI adoptó y que ha calado profundamente en la piedad latinoamericana. Rodríguez Maradiaga enfatizó que no se puede concebir la Iglesia sin la presencia de María.
Esta presencia mariana, según el cardenal, tiene un efecto profundamente comunitario. “Ella despierta el corazón filial que duerme en cada ser humano y, simultáneamente, ese carisma maternal fomenta la fraternidad”, transformando la Iglesia en un verdadero hogar, en una familia acogedora.
**María como Modelo y Primera Discípula Misionera**
Al abordar las conferencias de Santo Domingo (1992) y Aparecida, el cardenal subrayó la figura de María como “modelo de la mujer latinoamericana” y “gran misionera”. Su ejemplo ha inspirado a innumerables mujeres –esposas, madres, religiosas, trabajadoras y profesionales– a convertirse en evangelizadoras eficaces en sus propios contextos. La Conferencia de Aparecida, en particular, reconoció en el acontecimiento guadalupano un momento decisivo para el anuncio y la acogida de Cristo, considerándolo una pedagogía y un signo elocuente de la inculturación de la fe. En este sentido, la Virgen de Guadalupe es vista como la “primera discípula misionera del continente”, marcando el camino para todos los fieles.
El Cardenal Rodríguez Maradiaga también abordó la crucial necesidad de purificar y evangelizar la religiosidad popular mariana, sin caer en el error de despreciarla. Reconoció que el sincretismo presente en estas expresiones de fe requiere una catequesis profunda que abarque dimensiones bíblicas, litúrgicas, antropológicas y pastorales. Este acompañamiento pedagógico debe partir de la fe sencilla del pueblo, respaldando su devoción, incluso cuando se manifieste de manera imperfecta, para conducirla hacia una comprensión y vivencia más plena del misterio de Cristo.
**María en el Camino Sinodal: Odighitria de la Iglesia**
Mirando al presente y al futuro de la Iglesia, el cardenal hondureño vinculó la figura de María con el camino sinodal, evocando el antiguo ícono de la Madre de Dios como *Odighitria*, es decir, “aquella que muestra el camino”. En su gestualidad silenciosa, María no necesita hablar; simplemente dirige nuestra mirada hacia su Hijo, y en ese gesto discreto, resume toda la misión de la Iglesia.
En este contexto, afirmó que “María, la Madre de Dios, nos acompaña siempre en el camino sinodal, porque es Madre de la Iglesia”. Cuando los fieles se sienten dispersos, desorientados o indecisos, basta con dirigir la mirada hacia ella para que les indique la senda. Con su guía, la comunidad cristiana aprende a “caminar como Iglesia, como Iglesia sinodal”, y a emularla, convirtiéndose en un hogar para todos los que necesitan acogida, refugio, sanación y salvación.
Describiendo la visión de la comunidad cristiana que anhela para el continente, el Cardenal Maradiaga concluyó que “esta es la Iglesia que necesitamos: un pueblo de auténtica comunión, participación y misión”. Finalmente, retomó el mensaje guadalupano, vinculándolo con el canto del Magníficat como una fuente de esperanza inagotable para el mundo. Las palabras dirigidas a San Juan Diego, “No temas. ¿No estoy acaso aquí yo que soy tu madre?”, continúan resonando hoy con fuerza, ofreciendo consuelo y certeza a todo el continente americano.




