El Cardenal Pietro Parolin, Secretario de Estado de la Santa Sede, ha expresado una profunda preocupación ante la reciente escalada de tensiones en Oriente Medio, advirtiendo sobre el riesgo inminente de una espiral de violencia con repercusiones globales e imprevisibles. En un diálogo con medios vaticanos, el máximo diplomático de la Iglesia Católica lanzó una enérgica crítica a lo que percibe como un alarmante debilitamiento de los cimientos del derecho internacional.
La ofensiva militar, que involucra bombardeos atribuidos a Estados Unidos e Israel contra Irán, y la consecuente respuesta desde Teherán, marcan un punto de inflexión. El Cardenal Parolin lamentó que la “fuerza haya suplantado a la justicia”, y que el “derecho de la fuerza” se esté imponiendo sobre la “fuerza del derecho”. Esta dinámica, a su juicio, consolida peligrosamente un escenario multipolar donde priman la potencia militar y la autorreferencialidad nacional, menoscabando la cooperación y el entendimiento global.
En relación con las justificaciones esgrimidas por el expresidente de Estados Unidos, Donald Trump, quien en su momento argumentó que la acción militar era necesaria para prevenir ataques iraníes contra bases estadounidenses, el Cardenal Parolin adoptó una postura cautelosa. Subrayó la complejidad de determinar culpas en los orígenes de un conflicto, pero enfatizó la certeza ineludible de que “toda guerra producirá siempre víctimas y destrucción”, con efectos devastadores sobre la población civil. Esta perspectiva resalta la tragedia humana intrínseca a cualquier confrontación armada, más allá de las narrativas políticas.
El jefe de la diplomacia vaticana fue particularmente incisivo al cuestionar la lógica de la “guerra preventiva”. Alertó que si se universalizara el derecho a ejecutar ataques preventivos según criterios unilaterales y sin un marco jurídico supranacional, la estabilidad mundial se vería comprometida de manera irreversible. “El mundo entero correría el riesgo de arder en llamas”, afirmó, poniendo de relieve la amenaza existencial que esta doctrina representa para la paz y la seguridad internacionales.
Parolin compartió su “gran dolor” por el resurgimiento del horror de la guerra en Oriente Medio. Las poblaciones de la región, incluyendo sus ancestrales comunidades cristianas, se ven nuevamente sumergidas en un ciclo de violencia que brutaliza vidas, provoca devastación y arrastra a naciones enteras hacia espirales de incertidumbre. Este sufrimiento contrasta drásticamente con los anhelos de paz y estabilidad que los pueblos de la zona han expresado repetidamente. Recordó, además, el reciente llamado del Sumo Pontífice, quien en el Ángelus dominical describió la situación como una “tragedia de proporciones enormes” y el riesgo de una “vorágine irreparable”, expresiones que, según el Cardenal, capturan la extrema gravedad del momento actual.
Frente a la confrontación armada, el purpurado reiteró la imperiosa necesidad de cultivar y perseguir la paz y la seguridad a través de las vías diplomáticas. Destacó el papel insustituible de los organismos multilaterales, como la Organización de las Naciones Unidas (ONU), en la resolución de conflictos. Rememoró cómo los fundadores de la ONU, tras los horrores de la Segunda Guerra Mundial, establecieron reglas claras para la gestión de disputas internacionales. Sin embargo, lamentó que hoy en día, una diplomacia que prioriza el diálogo y la búsqueda de consenso esté siendo desplazada por una “diplomacia de la fuerza”, impulsada por la errónea convicción de que la paz puede ser impuesta por las armas.
El Cardenal Parolin insistió en que el recurso a la fuerza debe ser siempre un “último y gravísimo recurso”, solo aplicable tras agotar todas las herramientas del diálogo y en el marco de una gobernanza multilateral efectiva. De lo contrario, advirtió, prevalece la lógica de que la paz solo puede nacer de la aniquilación del adversario, un camino que históricamente ha conducido a más sufrimiento y resentimiento.
Asimismo, denunció la aplicación selectiva del derecho internacional, enfatizando que “no hay muertos de primera y de segunda categoría, ni personas con más derecho a vivir que otras”. Rechazó categóricamente la deshumanización de las víctimas civiles, a menudo reducidas a meros “daños colaterales”, y subrayó la importancia inquebrantable del derecho internacional humanitario. Su respeto, dijo, no puede depender de circunstancias particulares ni de intereses militares o estratégicos, recalcando la obligación de proteger siempre a los civiles y las infraestructuras esenciales como hospitales, escuelas y lugares de culto.
Para el Secretario de Estado vaticano, la actual crisis en el orden internacional responde a una pérdida de conciencia del bien común, donde se ha debilitado la convicción de que “el bien del otro es también un bien para mí”. Esta erosión ha provocado una profunda crisis del sistema multilateral y ha puesto en tela de juicio principios fundamentales como la autodeterminación de los pueblos y la soberanía territorial.
Finalmente, el Cardenal Parolin expresó su sincera esperanza de que los llamados a la paz, especialmente el del Santo Padre, sean escuchados y que “cese pronto el ruido de las armas” para que se retomen las negociaciones. “Nuestros pueblos piden paz”, concluyó, haciendo un vehemente llamado a los gobernantes para que este clamor les impulse a “multiplicar los esfuerzos en favor de la paz”, construyendo un futuro de coexistencia y estabilidad para todos.






