Caracas, Venezuela – El cardenal Baltazar Porras, arzobispo emérito de Caracas, ha ofrecido una profunda reflexión sobre el futuro de Venezuela tras la destitución de Nicolás Maduro en una operación militar estadounidense el pasado 3 de enero de 2026. En una entrevista concedida a Venevisión el 5 de abril de ese mismo año, Domingo de Resurrección, el purpurado venezolano subrayó la imperiosa necesidad de que el país mire hacia adelante, desechando la idea de la venganza y priorizando la construcción de un camino de justicia y reconciliación nacional.
El cardenal Porras, una voz respetada dentro y fuera de la Iglesia venezolana, enfatizó que la dinámica de la venganza solo conduce a una fragmentación social más profunda. “Todo lo que se gesta con violencia, con conflicto, con muerte, siempre deja cicatrices duraderas”, afirmó el arzobispo emérito. En este contexto, destacó el rol fundamental de la Iglesia católica en Venezuela para contribuir activamente a la sanación de las heridas que han afectado al tejido social durante años. Ante las diversas controversias que rodearon la aprehensión de Maduro –incluyendo cuestionamientos sobre la legalidad y la soberanía del país–, Porras insistió en que la mirada debe fijarse en el porvenir.
El mensaje del cardenal se centró en la importancia de hallar soluciones consensuadas y de buscar aquello que une a los venezolanos, advirtiendo que, de lo contrario, “no se logrará progreso alguno”. Hizo un llamado a la unidad y a la convivencia pacífica, resaltando la urgencia de cultivar la fraternidad y la amistad entre ciudadanos. “Debemos aprender a convivir, a ser hermanos. El aprendizaje de la convivencia y la amistad puede allanar el camino hacia expresiones más elevadas del amor social”, declaró, delineando una visión de una sociedad donde el respeto mutuo sea la base de su desarrollo.
El 3 de enero de 2026 marcó el inicio de una nueva etapa política para Venezuela, un período que las autoridades del chavismo han descrito como una oportunidad para el perdón y la reconciliación. Prueba de ello fue la aprobación de una ley de amnistía en febrero de ese año, que ha permitido la liberación de miles de presos políticos. Sin embargo, diversas organizaciones independientes han señalado que esta medida no ha abarcado a la totalidad de los afectados.
En relación con el proceso de amnistía, el cardenal Porras expresó su preocupación por la lentitud de su implementación. Señaló que quienes impulsaron la legislación y los encargados de aprobar los sobreseimientos son, en muchos casos, “precisamente aquellos que cometieron, ampararon o fueron cómplices” de los abusos y atropellos del régimen anterior. El purpurado lamentó la instrumentalización del Estado como un juez ideológico y la ausencia de una auténtica división de poderes en Venezuela, insistiendo en que la libertad no debe ser vista como una dádiva, sino como un derecho fundamental y una cuestión de justicia innegociable. Para el arzobispo emérito, los recientes acontecimientos abren una valiosa ventana de oportunidad para restablecer el equilibrio en una sociedad que, para mantener la esperanza en el futuro, debe superar la inclinación de la balanza hacia un solo lado.
La recuperación de las libertades fundamentales es otro pilar en la visión del cardenal para la nueva Venezuela. Hizo hincapié en la necesidad de restaurar plenamente la libertad de expresión, argumentando que los ciudadanos no deben ser “esclavos” ni limitarse a seguir directrices externas. “Es crucial que cada individuo pueda realizar su propio análisis y discernimiento sobre lo que debe hacer. En la actualidad, una gran parte de nuestra población carece de la capacidad de discernir adecuadamente debido a la falta de información veraz y la manipulación que existe en los medios, impulsada por intereses diversos”, puntualizó.
El cardenal Porras también recordó que toda autoridad legítima existe “en función de la gente” y su propósito último es la búsqueda del bien común. Manifestó que es indispensable establecer normativas que permitan que los servicios esenciales para el progreso de una sociedad respondan a un bien común que garantice una mejor calidad de vida para todos.
Al abordar la posibilidad de una transición democrática efectiva, el purpurado rememoró una anécdota con el Papa San Juan Pablo II, quien en una ocasión le aconsejó: “No le hable a los que mandan, porque no hacen caso. Háblele a la gente”. Esta reflexión subraya la importancia de empoderar a la ciudadanía como motor de cambio. El cardenal explicó que el país debe avanzar en una transición paralela a la creación de las condiciones necesarias para celebrar elecciones genuinamente libres y transparentes. “No se trata de hacer una cosa primero y otra después; ambos procesos deben darse de manera simultánea”, afirmó. Para que haya un proceso electoral creíble, argumentó, lo primordial es que los ciudadanos puedan tomar decisiones por sí mismos, sin la imposición de quienes detentan el poder. “Existe una serie de pasos interconectados que deben cumplirse; no es una secuencia lineal, sino una trama compleja de acciones necesarias que irán abriendo el camino a procesos que, aunque desafiantes, son absolutamente indispensables”, añadió.
Finalmente, el arzobispo emérito enfatizó la urgencia de revitalizar la economía del país. Aclaró que este objetivo solo puede alcanzarse mediante la implementación de políticas realistas y eficientes que brinden seguridad jurídica a los inversionistas. “Con una actitud pesimista y derrotista, ya estamos perdidos. Somos nosotros, los propios venezolanos, quienes nos hemos adentrado en esta difícil situación y, entre todos, debemos encontrar la salida”, sentenció.
Concluyó su intervención con un mensaje de esperanza y optimismo, destacando que la búsqueda de un futuro mejor, aunque a menudo implique “sudor y lágrimas”, no puede prescindir de la alegría y la fe en el porvenir. “Que el Señor y la Virgen bendigan a todo el pueblo venezolano”, expresó, deseando un camino de prosperidad y paz para la nación.








