27 marzo, 2026

El Cardenal Robert Sarah, reconocido por su profunda reflexión sobre la vida de la Iglesia y la liturgia, realizó una significativa visita a Estados Unidos a finales de 2025. Durante su estancia, el prefecto emérito del Dicasterio para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos presentó su reciente obra, *El canto del Cordero: Música sacra y liturgia celestial*, escrita en colaboración con el músico eclesiástico Peter Carter. Su mensaje central se articuló en torno a la vitalidad de la música sacra, la necesidad de una preparación espiritual constante para las “cuatro postrimerías” y la convicción de que solo el reinado de Cristo puede instaurar una paz genuina en el mundo.

La visita del Cardenal Sarah incluyó conferencias en la Universidad de Princeton los días 21 y 22 de noviembre, donde Carter ejerce como director de música sacra del Aquinas Institute. En estas intervenciones, el purpurado guineano abordó la instrumentalización y politización que, según él, ha sufrido la liturgia católica durante décadas. Enfatizó la urgencia de comprender la esencia del culto divino y la función primordial de la música sacra dentro de este.

**La Esencia de la Liturgia y la Música Sacra**

El Cardenal Sarah lamentó que, en los últimos tiempos, la liturgia haya sido objeto de manipulaciones. Defendió a aquellos que han denunciado legítimamente los abusos litúrgicos y criticó duramente a las autoridades eclesiásticas que han “perseguido y excluido” a estos críticos. Rememorando la “hermenéutica de la continuidad” propuesta por Benedicto XVI, que subraya la conexión entre la liturgia pre-reformada y la reformada, el Cardenal Sarah reiteró que “lo que las generaciones anteriores tenían por sagrado, también para nosotros sigue siendo grande y sagrado”. Sostuvo que los desvíos litúrgicos socavan el doble propósito de la liturgia: honrar a Dios con el culto debido y reconocer que no se trata de nuestras acciones, sino de lo que el Señor obra en nosotros y por nosotros.

El Cardenal Sarah explicó que, a través de los ritos litúrgicos de la Iglesia, somos santificados. Por ello, la “participación plena, consciente y activa” es esencial. Aclaró que esta participación no se refiere a una multiplicidad de acciones externas, sino a la sintonización profunda de “nuestra mente, nuestro corazón y nuestra alma” con el significado de los ritos sagrados, los cantos y las oraciones. “Así es como nos conectamos con la acción salvadora de nuestro Señor Jesucristo en los ritos litúrgicos”, afirmó, señalando que esta conexión es lo que confiere a la liturgia su carácter “sagrado”.

Insistió en que la liturgia “no es algo que se pueda inventar o cambiar” a capricho, ni siquiera por parte de expertos o obispos, sino que exige humildad ante la tradición de la Iglesia. Al profundizar en la música, distinguió entre la música litúrgica y la sacra de aquella que no lo es, llegando a calificar de “escandaloso” el uso de música inapropiada en los templos. Citando nuevamente a Benedicto XVI, recordó que “en lo que respecta a la liturgia, no podemos decir que una canción valga tanto como otra”.

Compartiendo su experiencia personal, el cardenal, de origen africano, destacó que aprendió de sus padres y misioneros que cada tipo de música tiene su lugar, y que la música litúrgica está reservada para el culto divino, razón por la cual es “sagrada”. Afirmó que la música litúrgica no tiene que ser idéntica a la de la propia cultura o lengua, y que su comunidad la “recibía” con devoción, inmersa en la tradición católica universal. La música sacra, concluyó, posee una “objetividad propia” arraigada en la tradición litúrgica, siendo verdaderamente “el canto del Cordero” que glorifica a Dios y eleva súplicas por su pueblo. El canto gregoriano, en este contexto, ocupa siempre el primer lugar. Animó a los responsables de la liturgia a formar a otros en esta rica tradición, reiterando que la música sacra no es un mero “adorno”, sino un “componente esencial” que nos prepara para la eternidad.

**La Realeza de Cristo y la Verdadera Paz**

En una homilía pronunciada en la capilla de la Universidad de Princeton el 23 de noviembre, Solemnidad de Cristo Rey, el Cardenal Sarah continuó el tema, explicando cómo la música sacra “eleva nuestros corazones y mentes hacia Dios”, purificándolos, sanándolos y fortaleciéndolos para el servicio divino.

Subrayó que “Cristo es el Rey de la paz entre las naciones del mundo” y que, sin Él y sin la sumisión a su ley de amor desinteresado, las esperanzas de una paz duradera son escasas, tanto en el ámbito privado como en la política. Recordó que el sufrimiento de Cristo en la cruz demostró que su paz y su reino no son de este mundo, sino que trascienden “incluso lo peor del sufrimiento que este mundo puede infligir”.

Explicó la naturaleza de la paz de Cristo a través del ejemplo de San Dimas, el ladrón crucificado junto a Jesús, quien humildemente pidió ser recordado en Su reino. La respuesta de Jesús —“Hoy estarás conmigo en el paraíso”— ilustra que, independientemente de la magnitud del sufrimiento personal, la oración humilde y la búsqueda del reino de Dios (Mateo 6,33) abren el camino al paraíso. El cardenal enfatizó que el reino de Cristo no es de este mundo y que la paz que Él trajo “no es, fundamentalmente, de carácter político”. Aunque es vital orar por la paz mundial, esta es inherentemente frágil. La verdadera paz, insistió, solo se logra cuando individuos, grupos y naciones se someten al “señorío salvador de nuestro Salvador, Jesucristo, Rey del Universo”.

**Vigilancia y Prudencia ante las Últimas Realidades**

Estos mismos temas resonaron en su homilía durante una Misa tradicional en latín celebrada en la parroquia de St. John the Baptist en Allentown, Nueva Jersey, también en la Solemnidad de Cristo Rey. El Cardenal Sarah instó a los fieles a no desanimarse por el estado actual de la Iglesia y las “muchas quejas” que, según él, “no carecen de fundamento”. Más bien, los animó a alegrarse por la gracia divina, especialmente a través de la liturgia sagrada que purifica y fortalece el alma.

Al final del año litúrgico, la Iglesia, como “una madre sabia”, nos invita a reflexionar sobre las “cuatro postrimerías: muerte, juicio, cielo e infierno”, realidades que, si son ignoradas, conducen a la perdición. El cardenal advirtió contra caer en una “trampa del diablo” de paranoia u obsesión sobre el fin de los tiempos, lo que impide a las almas cumplir su vocación. En su lugar, la respuesta adecuada es la “vigilancia” que el Señor exige a sus discípulos, concebida como “prudencia y sabiduría”. Así como uno se prepara para un viaje, es esencial prepararse para las últimas realidades.

“Demasiadas personas viven como si el día de su muerte nunca fuera a llegar”, observó, calificando esto como “el truco más insidioso del diablo”. Exhortó a la prudencia y a la preparación para rendir cuentas de nuestra vida, arrepintiéndonos y buscando la misericordia y el perdón de Dios mientras haya tiempo. La misericordia divina es para quienes se arrepienten, pero también respeta el libre rechazo. Concluyó con la confianza de San Pablo en su Carta a los Colosenses: vivir una vida digna del Señor, dando fruto en buenas obras y siendo vigilantes en las tribulaciones. “Porque si somos fieles a Cristo y a la enseñanza de su Iglesia”, aseguró el Cardenal Sarah, “no tenemos nada que temer. ¡En verdad, tenemos la promesa de la vida eterna!”.

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