Más de 5.2 millones de fieles se congregaron en Cebú, en el corazón de Filipinas, para celebrar la tradicional fiesta del Santo Niño el pasado 18 de enero. La masiva afluencia, confirmada por la Oficina de Reducción y Gestión del Riesgo de Desastres de la ciudad, subraya la profunda raigambre de una devoción católica que trasciende siglos, siendo un pilar fundamental para el pueblo filipino y distanciándose de la mera celebración folclórica o turística.
La festividad del Santo Niño, que honra la imagen del Niño Jesús, representa un acto de fe inquebrantable para los habitantes de Cebú y millones de peregrinos. Religiosos y expertos en cultura eclesiástica enfatizan que el espíritu central de este evento es eminentemente espiritual. “La fiesta del Santo Niño en Cebú no es un suceso turístico, sino una conmemoración espiritual y religiosa”, declaró la hermana Aileenette Pangilinan Mirasol, de las Misioneras Franciscanas de María. Crecida en Cebú, la hermana Mirasol rememoró que la celebración del Santo Niño precedía incluso al Sinulog, el renombrado festival cultural que anualmente atrae a multitudes. “El núcleo de la festividad no es el turismo, sino la adoración, la devoción y la gratitud hacia el Santo Niño, reflejo de una tradición y una fe religiosas centenarias”, puntualizó.
Coincidiendo con esta perspectiva, la hermana Jennibeth Sabay, de las Hermanas de Nuestra Señora de la Inmaculada Concepción de Castres, subrayó que la fiesta es “una celebración de amor y acción de gracias a Dios”. Para la comunidad católica y los devotos del Santo Niño, es un tributo al “Batobalani sa Gugma”, que se traduce como el “imán del amor”, una expresión que encapsula la atracción espiritual y el profundo afecto que sienten por el Niño Jesús.
**El mensaje del Vaticano y la exhortación del Arzobispo**
La magnitud y el significado de esta celebración fueron reconocidos por el Vaticano. A través del Cardenal Pietro Parolin, Secretario de Estado de la Santa Sede, el Santo Padre envió sus saludos a los congregados en la Basílica Menor del Santo Niño en Cebú. Su mensaje, fechado el 5 de enero, resaltó la fiesta como una valiosa oportunidad para reflexionar sobre la unidad y la gracia inherentes al sacramento del bautismo.
El Sumo Pontífice expresó su deseo de que la celebración anual, guiada por el lema “En el Santo Niño somos uno”, inspirara a los creyentes a vivir su compromiso bautismal. Esto se traduce en una existencia plena de gracia en Cristo, caracterizada por el servicio, la caridad y la solidaridad, especialmente hacia aquellos que se encuentran en las márgenes de la sociedad. Así, se busca un testimonio más palpable de la llamada de Cristo a la unidad y un reflejo de la caridad de la Santísima Trinidad.
En el epicentro de las celebraciones, el Arzobispo de Cebú, Monseñor Alberto Sy Uy, presidió la Misa pontifical en la Basílica Menor, que alberga la venerada imagen original. Durante su homilía en la 461.ª festividad, el Arzobispo instó a los fieles a fortalecer su vínculo con Dios y a cultivar el cuidado mutuo. “Cuando estamos conectados con Dios, cada instante se llena de amor y servimos a los demás con compasión”, afirmó Monseñor Uy, añadiendo que “en el Señor Santo Niño somos uno, lo que significa que estamos unidos a Cristo no por nuestros esfuerzos humanos, sino por su amor redentor”. Al finalizar las jornadas festivas, el prelado animó a que “el fuego de la fe siga ardiendo en nuestros corazones”, llevando las bendiciones del Santo Niño de vuelta a la vida cotidiana.
La oración constituyó un pilar central del festival, con decenas de miles de personas participando en la novena de nueve días que precedió a la fiesta principal en la Basílica del Santo Niño.
**Raíces históricas de una devoción nacional**
La fiesta no solo es un evento religioso de gran escala, sino también una profunda conexión con los orígenes del cristianismo en Filipinas. El 17 de enero, una emotiva procesión fluvial recreó la llegada de la imagen del Santo Niño a Cebú en 1521. Fue en aquel año cuando el explorador portugués Fernando de Magallanes desembarcó en la isla, marcando el inicio de la evangelización. La reina Juana de Cebú, esposa del rajá Humabón, recibió la imagen del Santo Niño como obsequio bautismal el 14 de abril de 1521, tras su conversión y adopción del nombre cristiano. Este acontecimiento histórico sentó las bases tanto del cristianismo como de la profunda devoción al Niño Jesús en el archipiélago filipino, un país con más de 116 millones de habitantes.
Hoy, la imagen del Santo Niño de Cebú no es solo el ícono cristiano más antiguo del país, sino que ocupa un lugar central en la fe y la práctica católica del pueblo filipino. La hermana Jennibeth Sabay destacó el poder del Señor Santo Niño como aquel que “responde a las oraciones, concede sanaciones, brinda fortaleza, iluminación, protección y guía, y derrama bendiciones sobre las familias”. Para los devotos, es fuente de consuelo y fortaleza en tiempos difíciles, y un refugio en momentos de prueba y adversidad.
Los fieles cebuano proclaman con fervor “Pit Señor”, una abreviatura de “Sangpit sa Señor”, que significa “invocar” y confiar todas las preocupaciones a Dios. A pesar de los constantes desafíos que ha enfrentado Cebú —desde tifones devastadores hasta terremotos—, su gente mantiene una esperanza inquebrantable, una resiliencia notable y una fuerza espiritual, atributos que atribuyen a la gracia y las bendiciones del Santo Niño, protector de Cebú y de toda Filipinas.





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