4 agosto, 2026

La Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM) ha marcado el centenario del inicio de la Guerra Cristera, un conflicto que sacudió a México y a la Iglesia católica a finales de la década de 1920, con un profundo mensaje de reconciliación y defensa de la libertad religiosa. Los obispos, a través de un videomensaje difundido este martes 4 de agosto, enfatizaron que esta conmemoración no es meramente un aniversario histórico, sino un “tiempo de gracia” para reflexionar sobre los dolorosos episodios del pasado y construir un futuro de unidad y respeto.

El conflicto conocido como Cristiada, o Guerra Cristera, que tuvo lugar entre 1926 y 1929, fue un levantamiento armado en defensa de la libertad de culto y contra las severas restricciones impuestas a la Iglesia católica por el gobierno mexicano. Este periodo dejó una profunda cicatriz en la sociedad y la fe del país, y vio surgir a numerosos mártires, como el Beato Miguel Agustín Pro, sacerdote jesuita fusilado el 23 de noviembre de 1927, cuya imagen con los brazos extendidos en cruz antes de su ejecución se ha convertido en un ícono de la resistencia pacífica y la fe inquebrantable.

Mons. Ramón Castro Castro, presidente de la CEM, y Mons. Héctor Mario Pérez Villarreal, secretario general, encabezaron la presentación de este mensaje episcopal. En su alocución, los prelados recordaron aquellos días sombríos en los que “hace cien años, en México, callaron las campanas de los templos” y, en su lugar, “habló su sangre”. Durante dos años, las iglesias permanecieron cerradas, sumergiendo a la nación en un conflicto religioso que enfrentó a los propios mexicanos.

Los obispos lamentaron la naturaleza trágica de lo ocurrido, describiéndolo como una división interna que desgarró el tejido social. “No fue una nación invadida por extraños, sino un pueblo que se dividió contra sí mismo”, señalaron. Recordaron que, a ambos lados del conflicto, en las trincheras y en los batallones, había “hijos de la misma tierra, bautizados en las mismas parroquias, herederos de la misma cultura, con la misma madre en el pecho: la Virgen de Guadalupe”. Esta dolorosa constatación subraya la necesidad de entender la Cristiada no como una lucha externa, sino como una herida autoinfligida en el corazón de la nación.

El mensaje del episcopado no busca reavivar viejas rencillas, sino emprender un camino de sanación. “Hoy, cien años después, los obispos de México queremos dirigirnos a todos ustedes no para reabrir heridas, sino para curarlas. No para juzgar a los muertos, sino para servir a los vivos”, afirmaron los prelados. Su objetivo es revitalizar la memoria histórica, conscientes de que “un pueblo que no recuerda queda a merced de quienes escriben la historia por él”. Sin embargo, aclararon que la “memoria cristiana no es nostalgia del pasado, es fuerza para el presente”.

La conmemoración, explicaron, no es una celebración de la guerra, una exaltación de las armas o una idealización de la violencia. Tampoco es una convocatoria a la revancha ni un fomento del resentimiento. Por el contrario, es un acto de recordación de la “fidelidad de un pueblo creyente que mantuvo viva la fe cuando los templos permanecieron en silencio”. Es un homenaje a los mártires, quienes, como el padre Pro, “no mataron por Cristo, sino que murieron por él”, dejando una lección aprendida a un costo altísimo.

Esta profunda reflexión sobre la Cristiada reafirma un principio fundamental: “la libertad religiosa no es un privilegio del clero, sino un derecho de toda persona humana”. Los mártires, con su sacrificio, “nos recuerdan que existen verdades por las que vale la pena vivir. Y también, si es necesario, morir, porque quien da la vida por amor no pierde: siembra”. En la actualidad, esta defensa se extiende a todos, “de creyentes y no creyentes, porque ninguna conciencia debe ser obligada, manipulada o silenciada”.

Los obispos visualizan este “tiempo de gracia” como una oportunidad para construir una Iglesia renovada, una comunidad “que escucha antes de hablar, que camina unida, que despierta en cada bautizado la conciencia de vivir su fe en familia, en el trabajo, en la vida pública”. Es una invitación a la reconciliación, a “nombrar la verdad sin odio, de perdonar sin olvidar y de construir juntos una nación donde ninguna conciencia sea coaccionada y ninguna vida sea descartable”. Con un llamado final a la protección divina, los obispos concluyeron: “Cristo reine en nuestros corazones y Santa María de Guadalupe proteja nuestra patria”.

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