16 marzo, 2026

En un contexto de creciente malestar social y un inédito diálogo diplomático, el P. Alberto Reyes, sacerdote de la Arquidiócesis de Camagüey, ha lanzado un vehemente llamado a la transformación política en Cuba, afirmando que, además de la fe, la única salvación para la nación radica en la salida de los actuales gobernantes y la instauración de una democracia real. Su postura, articulada en su más reciente columna “He estado pensando”, resuena en un momento donde las calles cubanas manifiestan una palpable desesperación, llevando a incidentes como el reciente ataque a una sede del Partido Comunista.

El P. Reyes no ha dudado en señalar el profundo hartazgo de los cubanos frente a décadas de lo que describe como “engaño” acumulado a lo largo de 67 años de la Revolución comunista. Esta, que inició bajo el liderazgo de Fidel Castro, continuó con su hermano Raúl y actualmente es presidida por Miguel Díaz-Canel, prometió un futuro próspero que, según el sacerdote, nunca se materializó. “Nos dijeron que esta Revolución iba a ser verde como las palmas, cuando ya estaban preparados los grilletes de la ideología marxista y estábamos vendidos al imperialismo soviético”, evocó, destacando la contradicción entre el discurso inicial y la realidad que siguió.

Desde la perspectiva del P. Reyes, a pesar de los esfuerzos propagandísticos de los medios oficiales por sostener el discurso del régimen, la vida cotidiana de los cubanos está marcada por el hambre, la angustia por la escasez de medicamentos y la deficiente calidad de la educación pública. A estas privaciones materiales se suma un ambiente de represión sistémica, acoso policial e intimidación hacia cualquier voz disidente. El sacerdote desmintió categóricamente las narrativas oficiales, declarando: “No me digas que en Cuba se respetan los Derechos Humanos, que no hay presos políticos (…) porque es mentira”.

Asimismo, refutó la premisa de que el embargo económico de Estados Unidos, conocido como “Bloqueo”, es el único o principal causante de todos los problemas de la isla. Para el P. Reyes, esta afirmación no solo carece de veracidad, sino que representa “un insulto a nuestra inteligencia”. Su crítica se extiende a las promesas recurrentes de mejora y las peticiones de “resistencia creativa” o más tiempo para construir el socialismo, calificándolas de falaces. En este sentido, instó a no pedir al pueblo cubano que deposite su confianza y entregue “otros 70 años más de vida” bajo el mismo sistema, ni a jurar que la situación se arreglará en breve, porque, a su juicio, “es mentira”. Concluyó que la única vía, además de la fe, es un cambio “total, absoluto y radical” del sistema político hacia uno que garantice “libertad y democracia de modo real”, comprometido con la verdad, por dura que esta sea.

La contundencia de las declaraciones del P. Reyes coincide con una escalada de tensiones y un inusual escenario diplomático en la isla. El presidente cubano, Miguel Díaz-Canel, confirmó recientemente que funcionarios del régimen han sostenido “conversaciones con representantes del Gobierno de los Estados Unidos”. Estas reuniones, según Díaz-Canel, buscan “soluciones por la vía del diálogo a las diferencias bilaterales que tenemos entre las dos naciones”, abriendo una ventana a posibles acercamientos en medio de la polarización.

Sin embargo, el anuncio de estas conversaciones se produce en un telón de fondo de nuevas protestas a lo largo del país, que evidencian el profundo descontento popular. Un incidente particularmente significativo tuvo lugar en el municipio de Morón, en la provincia de Ciego de Ávila, donde un grupo de manifestantes atacó e incendió la sede del Partido Comunista de Cuba (PCC) en la madrugada de un sábado. Medios como Diario de Cuba han reportado que las manifestaciones se extendieron a otras ciudades clave como La Habana, Santiago de Cuba y Holguín. La respuesta del régimen ha sido la militarización de las calles y una intensificación de la protección alrededor de las sedes del PCC, señales claras de un endurecimiento ante el disenso.

Desde Washington, el entonces presidente estadounidense, Donald Trump, se pronunció sobre la situación, indicando que “Cuba también quiere llegar a un acuerdo” y sugiriendo la posibilidad de un entendimiento cercano o de “hacer lo que sea necesario”. No obstante, Trump también señaló su prioridad en la política exterior: “Estamos hablando con Cuba, pero vamos a tratar con Irán antes que con Cuba”, según informó la agencia EFE, lo que podría matizar las expectativas de una resolución rápida en las relaciones bilaterales.

El académico cubano Dagoberto Valdés, director del Centro de Estudios Convivencia, interpretó los sucesos de Morón como una “señal de alerta” crucial, reflejo de la desesperación creciente en la población. Valdés urgió al régimen a “escuchar, estar atento y responder efectivamente a estas ‘señales’” que advierten sobre la posibilidad de un colapso. En su análisis, el académico subrayó que, aunque nadie en el pueblo desea la violencia, “la única forma de evitar la violencia y el caos es abriendo las puertas al cambio que Cuba necesita en un clima de serenidad y paz, pero con la urgencia que el momento crítico exige”. Finalmente, Valdés recordó las palabras de San Juan Pablo II durante su visita a la isla en 1998, enfatizando que los cubanos están llamados a ser “los protagonistas de nuestra propia historia personal y nacional”, un proceso que, según él, debe construirse colectivamente, tanto por los cubanos de la isla como por los de la diáspora.

En síntesis, la situación en Cuba se presenta como una compleja intersección de un fuerte llamado eclesial a la libertad y la democracia, un innegable estallido de protestas sociales y un cauteloso acercamiento diplomático, todo ello bajo la atenta mirada de la comunidad internacional y la esperanza de un pueblo que anhela un cambio profundo y duradero.

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