27 marzo, 2026

Inspirado por la máxima de San Ireneo de Lyon, “La gloria de Dios es un ser humano plenamente vivo”, el sacerdote paraguayo Hugo Ricardo Sosa encuentra en cada zancada una profunda conexión entre cuerpo, mente y espíritu. Recientemente, el Padre Sosa, miembro del equipo Athletica Vaticana, concluyó una nueva Maratón de Roma, una experiencia que lo impulsa a reflexionar sobre la intrínseca relación entre el desafío deportivo y el sendero de la fe, entrelazando sus raíces guaraníes con el legado de los santos.

A sus 45 años, este presbítero, oriundo de Yuty, Caazapá, Paraguay, ha dedicado dieciséis a la Congregación de la Misión, los Misioneros Vicentinos, fundada por San Vicente de Paúl. Actualmente, mientras cursa su Doctorado en Teología Bíblica en la Universidad Pontificia Gregoriana, lidera una comunidad internacional de vicentinos en la Rectoría de San Silvestro al Quirinale. La práctica del *running* irrumpió en su vida no como una vocación inicial, sino como una prescripción médica. Durante su gestión en un colegio en Buenos Aires, el estrés y las responsabilidades le causaron complicaciones de salud. Para eludir la medicación, su médico le recomendó unirse a un grupo de corredores. Esta decisión, recuerda el Padre Sosa, fue providencial, “me salvó de la medicina”. Ante sus evidentes beneficios, el *running* se convirtió en parte integral de su rutina, llevándolo a participar en maratones en Asunción y, en dos ocasiones, en la “Ciudad Eterna”.

Correr los 42.195 kilómetros de la Maratón de Roma no fue solo una proeza física para el Padre Sosa, sino un torbellino de emociones y significados. La gratitud fue la primera sensación, dirigida hacia sus hermanos de comunidad que generosamente cubren sus responsabilidades pastorales, permitiéndole el preciado tiempo para entrenar y competir. Más allá de la meta personal, la experiencia se enriqueció por el entorno histórico y espiritual. “La alegría de poder correr por lugares con una historia universal y cristiana tan rica”, describe, evocando la presencia de incontables santos que peregrinaron a Roma. Para él, cada paso sobre el pavimento romano era una conexión con “esas personas que han sabido buscar y encontrar a Dios”, transformando la carrera en una peregrinación sobre las huellas de la fe.

El Padre Sosa establece un paralelismo elocuente entre la resistencia del maratón y la constancia requerida en la vida espiritual. “La maratón es una carrera de resistencia, y la vida espiritual también lo es”, afirma. Así como hay días desafiantes para el entrenamiento físico, la senda espiritual presenta momentos de desmotivación. Sin embargo, en ambos campos, la disciplina y la perseverancia son clave. La práctica constante, incluso cuando la inspiración flaquea, es esencial porque en ella se reconoce un bien intrínseco: el encuentro con Dios, la fuente primordial que nutre todas las demás interacciones.

El entrenamiento, explica, se transforma en un espacio privilegiado para la oración, un momento de profunda conexión con el Creador. Es en ese “movimiento donde encuentro un espacio de quietud que conecta cuerpo, mente y espíritu con la fuente de la vida”, citando Hechos de los Apóstoles: “En Él vivimos, nos movemos y existimos”. Esta fusión de lo físico y lo trascendente da pleno sentido a la frase de San Ireneo de Lyon que tanto lo inspira. Además, amplía el concepto de San Vicente de Paúl: “El amor es inventivo hasta el infinito”. Si bien San Vicente lo aplicó a la Eucaristía como máxima expresión del amor divino, el Padre Sosa lo extiende a todas las facetas de la existencia humana. Para él, cada acción puede ser un “espacio creativo y abierto para encontrarnos con Dios”, y desde ahí, vivir plenamente el encuentro con los demás, especialmente con los más desfavorecidos.

La preparación para su última maratón no estuvo exenta de dificultades. El paso del tiempo y dos hernias de disco le provocaron dolores significativos. No obstante, el día de la carrera, cuando la fatiga se hizo insoportable a partir del kilómetro 34, el Padre Sosa apeló a su fuerza de voluntad. En esos momentos de exigencia máxima, experimentó lo que describe como “una hermosa comunión de los santos”. Recordó a su madre, fallecida un año antes, sintiendo su presencia vibrante a su lado. “Mamá tenía una sonrisa muy especial, y sentí que en esos últimos kilómetros ella corría y se reía a mi lado; fue como si el dolor y el cansancio quedaran atrás”, comparte con emoción.

Participar en la Athletica Vaticana, representando a Paraguay, es para el Padre Sosa una forma poderosa de honrar sus orígenes. Paraguay, un país profundamente religioso, “respira religiosidad en tantas cosas sencillas y cotidianas”, subraya. La rica tradición espiritual paraguaya es un legado de un “encuentro evangelizador muy fructífero”, donde la Buena Noticia de Jesucristo arraigó en la cultura guaraní, permeando cada aspecto de la vida con un sentido divino. Para él, “correr en la Athletica Vaticana es como unir ese sentimiento religioso propio de mis raíces guaraníes con lo institucional”, una simbiosis entre su identidad cultural y su misión eclesial global.

La travesía del Padre Hugo Sosa en la Maratón de Roma trasciende la mera competencia atlética. Se erige como un testimonio vibrante de cómo la disciplina física puede ser un camino para el crecimiento espiritual, una metáfora de la perseverancia en la fe y un recordatorio de la constante presencia de Dios en la vida. Su historia inspira a encontrar santidad en el movimiento, a conectar con lo divino en lo cotidiano y a llevar la misión evangelizadora, arraigada en profundas raíces culturales, hacia los desafíos de una nueva evangelización. Su viaje demuestra que “tenemos una rica historia con la que podamos seguir nutriendo nuestra misión evangelizadora”, un paso a la vez, con el corazón en Dios y los ojos en el horizonte.

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