23 febrero, 2026

La situación social y económica en Cuba ha alcanzado un punto crítico, generando una profunda preocupación en la jerarquía católica de la isla. En un reciente llamado, el Obispo de Santa Clara, Monseñor Arturo González Amador, enfatizó la urgencia de una transformación, declarando que “Cuba tiene que cambiar” ante el progresivo deterioro de las condiciones de vida, que describió como “inhumanas”. Este pronunciamiento coincide con la decisión de la Conferencia de Obispos Católicos de Cuba de posponer su esperada visita *ad limina* al Vaticano, un gesto que subraya la gravedad del panorama nacional.

Monseñor González Amador, durante una homilía celebrada el 15 de febrero, articuló el sentir de la Iglesia, indicando que “la situación no solo se ha mantenido grave y difícil desde nuestro mensaje por el pasado Jubileo, sino que ha empeorado”. La gravedad de este juicio episcopal es notable, reflejando una creciente desesperación en la sociedad cubana. Este empeoramiento se ha manifestado en múltiples dimensiones, desde la escasez de bienes básicos hasta el éxodo masivo de ciudadanos, elementos que configuran un escenario de profunda crisis humanitaria y social.

La postergación de la visita *ad limina apostolorum*, inicialmente prevista entre el 16 y el 20 de febrero y que había sido fijada por el Sumo Pontífice para este 2026 tras una programación inicial en 2017, responde directamente a este complejo momento que atraviesa Cuba y la región. Monseñor González Amador explicó que la decisión se tomó pensando en la responsabilidad pastoral de los obispos de permanecer junto a su pueblo en tiempos de adversidad. “Es muy preocupante que todos los obispos saliéramos de Cuba y estuviéramos ausentes si ocurría alguna situación difícil o dolorosa. Esto fue lo que nos motivó a pedirle al Santo Padre” el aplazamiento, afirmó. La figura del obispo como “padre” al lado de sus “hijos” en la dificultad es una metáfora poderosa que resalta el compromiso inquebrantable de la Iglesia con la población.

La visita *ad limina* es un encuentro protocolario que los obispos de todo el mundo realizan cada cinco años para informar al Papa sobre la situación de sus diócesis y venerar las tumbas de los apóstoles Pedro y Pablo. La postergación de este encuentro, pese al “profundo deseo” tanto del Papa como de la Conferencia Episcopal Cubana de reunirse, ilustra la primacía de la labor pastoral en la isla. El prelado de Santa Clara insistió en la importancia de “conservar la paz, buscar la verdad, buscar el servir y esto se hace acompañando, rezando en nuestro lugar, con nuestra gente”, reforzando la idea de que la presencia física y espiritual de los líderes eclesiásticos es fundamental en el contexto actual.

En este marco, el Episcopado cubano ha reiterado su llamado a establecer un “diálogo sincero y eficaz”. Monseñor Arturo González enfatizó la necesidad imperiosa de que “hay que sentarse, hay que hablar, hay que escuchar” y que, ante el sufrimiento del pueblo cubano, es crucial “dar pasos reales para el bien común”. La Iglesia interpela a las autoridades y a la sociedad a reconocer y actuar frente al dolor que padece la nación, urgiendo a una búsqueda activa de soluciones que beneficien a todos los ciudadanos.

Las declaraciones de los obispos encuentran eco y son complementadas por voces más directas desde el clero cubano. El Padre Alberto Reyes, de la Arquidiócesis de Camagüey, ha emitido una crítica contundente al “modelo cubano”, instando a la izquierda latinoamericana y europea a aceptar su “fracaso”. A través de una publicación en su cuenta de Facebook, el sacerdote confrontó a quienes aún defienden el sistema, argumentando que mientras ellos “se niegan a asumirlo y se ufanan en seguir diciendo a un muerto: ‘¡Ánimo, tú puedes seguir adelante!'”, el pueblo cubano “sufre, padece, se muere”.

El Padre Reyes describió la vida en Cuba como “similar a la de las naciones en guerra”, donde la ciudadanía carece de control sobre su presente y futuro. Para él, es tiempo de que los defensores del marxismo-leninismo reconozcan que “Cuba no es lo que ustedes hubiesen querido que fuera, y que 67 años es tiempo más que suficiente para demostrar que nunca lo será”. Su mensaje es una llamada a la honestidad intelectual y un rechazo a la idealización de un sistema que, a su juicio, ha probado ser insostenible.

El sacerdote de Camagüey no niega el derecho de otros a buscar soluciones desde el marxismo-leninismo, pero exige que no “aplaudan el fracaso del socialismo en mi tierra con discursos de fingido orgullo”. Incluso sugiere que, si no pueden admitir el fracaso abiertamente, “al menos guarden silencio, aprendan a callar, que también puede ser una opción digna”. Estas palabras reflejan una profunda frustración y un llamado a la responsabilidad moral de aquellos que, desde el exterior, influyen en la percepción de la realidad cubana.

Mientras tanto, el Padre Reyes reafirmó el compromiso de los cubanos de “seguir intentando construir una Cuba donde se pueda vivir en la verdad y la libertad”. Citando a Oscar Wilde, “Todos estamos en el fango, pero algunos miramos las estrellas”, el sacerdote concluyó con un mensaje de esperanza y resistencia, destacando la búsqueda persistente de un futuro mejor para la nación caribeña, a pesar de las adversidades.

Las voces de la Iglesia Católica en Cuba, tanto a través de sus obispos como de sus sacerdotes, se alzan unánimemente para demandar un cambio real y profundo en la isla. El aplazamiento de la visita *ad limina* al Vaticano y las declaraciones contundentes sobre la crisis y el “fracaso del modelo” subrayan la urgencia de atender las necesidades de un pueblo que clama por dignidad, diálogo y una transformación que ponga fin a un sufrimiento prolongado.

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